INDULGENCIAS
EN RELACIÓN
A LA DEVOCIÓN
AL PURÍSIMO CORAZÓN
DE MARÍA
Enquiridion de las indulgencias
I
INVOCACIONES
386
Dulce Corazón de María, sed la salvación mía.
Indulgencia de trescientos días.
Indulgencia plenaria, en las condiciones de costumbre, si se repite esta invasión durante un mes entero, todos los días. (S.C. de Indulg. 30 sept.1852).
387
Oh Corazón purísimo de la Santísima Virgen María, alcanzadme de Jesús la pureza y la humildad de Corazón.
Indulgencia de trescientos días.
Indulgencia plenaria, en las condiciones de costumbre, si se repite esta invasión durante un mes entero, todos los días. (S. Pen. Ap. 13 enero 1922 y 23 abril 1934.)
II
EJERCICIOS PIADOSOS
388
A los fieles que, en cualquier tiempo del año, rezan devotamente algunas preces en honor del purísimo Corazón de María, con el propósito de repartir el mismo obsequio durante nueve días consecutivos, se les concede:
Indulgencia de cinco años, una vez, cualquier día.
Indulgencia plenaria, en las condiciones de costumbre, una vez terminado el ejercicio de la novena. (Pio IX, Audiencia, 3 enero 1849; S.C. de Ob y Reg, 28 enero 1850; S.C. de indulg., 26 noviembre 1876; S. Pen. Ap., 29 abril 1933).
389
A los fieles que, en cualquier día del mes de agosto rezan algunas preces o practican algún otro ejercicio de piedad en honor del Inmaculado Corazón de la B.V.M.; se les concede :
Indulgencia de cinco años, una vez.
A los que practican el mismo ejercicio durante todo el referido mes, se les concede: Indulgencia plenaria, en las condiciones de costumbre. (S.C. del S. Oficio, 13 marz 191; S.Pen. Ap. 2 juni 1935).
III
ACTOS DE CONSAGRACIÓN
390
¡Oh María, Virgen poderosa y Madre de misericordia, Reina del cielo y refugio de los pecadores!, nos consagramos a vuestro Inmaculado Corazón.
Os consagramos nuestro ser y toda nuestra vida; todo cuanto tenemos, todo lo que amamos, todo lo que somos. A Vos, nuestros cuerpos, nuestros corazones, nuestras almas. A Vos, nuestros hogares, nuestras familias, nuestra Patria.
Queremos que todo, en nosotros y en torno nuestro, os pertenezca, y participe de los beneficios de vuestras maternales bendiciones. Y, para que esta consagración sea verdaderamente eficaz y duradera, renovamos hoy, a vuestros pies, ¡oh María!, las promesas de nuestro bautismo y de nuestra primera Comunión.
Nos obligamos a profesar siempre y valerosamente las verdades de la Fe, a vivir como católicos, enteramente sumisos a todas las normas del Papa y de los Obispos en comunión con él.
Nos obligamos a observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, en particular la santificación del Domingo.
Nos obligamos a introducir en nuestra vida, en lo posible, las consoladoras prácticas de la Religión cristiana, sobre todo la Sagrada Comunión.
Os prometemos, finalmente, ¡oh gloriosa Madre de Dios y tierna Madre de los hombres!, consagrarnos de todo corazón al servicio de vuestro culto bendito, a fin de apresurar y asegurar, por el reinado de vuestro Corazón Inmaculado, el reinado del Corazón de vuestro adorable Hijo, en nuestras almas y en todas las almas, en nuestra Nación y en todo el universo, así en la tierra como en el cielo. Amén.
Indulgencia de tres años.
Indulgencia plenaria, en las condiciones de costumbre, si se repite este acto de consagración durante un mes entero, todos los días. (S. C. de Indulg. 21 febre 1907; S. Pen. Ap. 29 abril 1933.)
391
¡Oh Reina del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano, vencedora de todas las batallas de Dios! Ante vuestro Trono nos postramos suplicantes, seguros de impetrar misericordia y de alcanzar gracia y oportuno auxilio y defensa en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro maternal Corazón.
En esta hora trágica de la historia humana, a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, nos entregamos y nos consagramos, no sólo en unión con la Santa Iglesia, cuerpo místico de vuestro Hijo Jesús, que sufre y sangra en tantas partes y de tantos modos atribulada, sino también con todo el Mundo dilacerado por atroces discordias, abrasado en un incendio de odio, víctima de sus propias iniquidades.
Que os conmuevan tantas ruinas materiales y morales, tantos dolores, tantas angustias de padres y madres, de esposos, de hermanos, de niños inocentes; tantas vidas cortadas en flor, tantos cuerpos despedazados en la horrenda carnicería, tantas almas torturadas y agonizantes, tantas en peligro de perderse eternamente.
Vos, oh Madre de misericordia, impetradnos de Dios la paz; y, ante todo, las gracias que pueden convertir en un momento los humanos corazones, las gracias que preparan, concilian y aseguran la paz. Reina de la paz, rogad por nosotros y dad al mundo en guerra la paz por que suspiran los pueblos, la paz en la verdad, en la justicia, en la caridad de Cristo. Dadle la paz de las armas y la paz de las almas, para que en la tranquilidad del orden se dilate el reino de Dios.
Conceded vuestra protección a los infieles y a cuantos yacen aún en las sombras de la muerte; concédeles la paz y haced que brille para ellos el sol de la verdad y puedan repetir con nosotros ante el único Salvador del mundo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.
Dad la paz a los pueblos separados por el error o la discordia, especialmente a aquellos que os profesan singular devoción y en los cuales no había casa donde no se hallase honrada vuestra venerada imagen (hoy quizá oculta y retirada para mejores tiempos), y haced que retornen al único redil de Cristo bajo el único verdadero Pastor.
Obtened paz y libertad completa para la Iglesia Santa de Dios; contened el diluvio inundante del neopaganismo, fomentad en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y del celo apostólico, a fin de que aumente en méritos y en número el pueblo de los que sirven a Dios.
Finalmente, así como fueron consagrados al Corazón de vuestro Hijo Jesús la Iglesia y todo el género humano, para que, puestas en El todas las esperanzas, fuese para ellos señal y prenda de victoria y de salvación; de igual manera, oh Madre nuestra y Reina del Mundo, también nos consagramos para siempre a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, para que vuestro amor y patrocinio aceleren el triunfo del Reino de Dios, y todas las gentes, pacificadas entre sí y con Dios, os proclamen bienaventurada y entonen con Vos, de un extremo a Otro de la tierra, el eterno Magníficat de gloria, de amor, de reconocimiento al Corazón de Jesús, en sólo el cual pueden hallar la Verdad, la Vida y la Paz.
Indulgencia de tres años.
Indulgencia plenaria, en las condiciones de costumbre, si se repiten devotamente este acto de consagración, durante un mes entero, todos los días. (Pío XII, Rescr. Secret. Est., 17 nov 1942, exhib. doc., 19 noviembre 1942.)
IV
PRECES
392
V. Oh Dios, atended a mi socorro.
R. Acudid, Señor, luego a ayudarme.
V. Gloria al Padre, etc.
R. Como era al principio, etc.
V. Virgen Inmaculada, que, concebida sin pecado, enderezasteis hacia Dios todos los movimientos de vuestro purísimo Corazón, siempre dócil a su divino querer; alcanzadme que, aborreciendo de todo corazón la culpa, aprenda de Vos a vivir resignado en la voluntad del Señor.
Un Padrenuestro y siete Avemarías.
II. Admiro, oh María, aquella profunda humildad con que se conturbó vuestro bendito Corazón al anunciaros el arcángel san Gabriel que habíais sido escogida por Madre del Hijo del Altísimo, haciendo protestas de que erais su humildísima esclava; y, confundido a la vista de mi soberbia, os pido la gracia de un corazón contrito y humillado para que, conociendo mi miseria, pueda llegar a conseguir aquella gloria prometida a los verdaderos humildes de corazón.
Un Padrenuestro y siete Avemarías.
III. Virgen bendita, que en vuestro Corazón dulcísimo conservabais el precioso tesoro de las palabras de vuestro Hijo Jesús y, meditando los sublimes misterios, no sabíais vivir sino para Dios: ¡cuánto me confunde la frialdad de mi corazón! ¡Ah, amada Madre mía!, alcanzadme la gracia de que, meditando constantemente la santa ley de Dios, procure imitaros en el fervoroso ejercicio de las virtudes cristianas.
Un Padrenuestro y siete Avemarías.
IV. Oh gloriosa Reina de los Mártires, cuyo sagrado Corazón, durante la Pasión del Hijo, fue acerbamente traspasado por aquella espada que había profetizado Simeón, alcanzad a mi corazón una verdadera fortaleza y una santa paciencia para soportar las tribulaciones y adversidades de esta vida y para que, crucificando mi carne con sus concupiscencias, me muestre verdadero hijo vuestro en el seguimiento de la mortificación de la cruz.
Un Padrenuestro y siete Avemarías.
V. Oh mística Rosa, María, cuyo amabilísimo Corazón, ardiendo en las llamas de la más viva caridad, nos aceptó por hijos al pie de la Cruz, llegando de esta manera a ser nuestra tiernísima Madre: ¡ah!, haced que sienta la dulzura de vuestro Corazón maternal y la fuerza de vuestro poder ante Jesús en todos los peligros de mi vida y, particularmente, en la hora terrible de mi muerte; y que mi corazón, unido al vuestro, ame siempre a Jesús, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.
Un Padrenuestro y siete Avemarías.
Indulgencia de tres años.
Indulgencia plenaria, en las condiciones acostumbradas, si se repiten estas preces durante un mes entero, todos los días. (S. C. de Indulg., 11 dic. 1854; S. Pen. Ap., 2 jul. 1931.)
V
ORACIÓN
393
Oh Corazón de María, Madre de Dios y Madre nuestra; Corazón amabilísimo, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad y digno de toda la veneración y ternura de los ángeles y de los hombres; Corazón el más semejante al de Jesús, del cual sois la más perfecta imagen; Corazón lleno de bondad y tan compasivo con nuestras miserias, dignaos romper el hielo de nuestros corazones y haced que se vuelvan enteramente al del divino Salvador.
Infundid en ellos el amor de vuestras virtudes; inflamadlos en aquel bendito fuego en que ardéis continuamente. Cobijad en Vos a la santa Iglesia; guardadla y sed siempre su dulce asilo y su torre inexpugnable contra todos los ataques de sus enemigos.
Sed nuestro camino para ir hacia Jesús y el canal por donde recibimos todas las gracias necesarias para salvarnos. Sed nuestro auxilio en las necesidades, nuestro alivio en las aflicciones, nuestro aliento en las tentaciones, nuestro refugio en las persecuciones y nuestra ayuda en todos los peligros, pero especialmente en el último combate de nuestra vida, en la hora de la muerte, cuando todo el infierno se desencadenará contra nosotros para arrebatar nuestra alma en aquel formidable momento, en aquel trance terrible del cual depende nuestra eternidad.
¡Ah!, entonces, oh Virgen piadosísima, haced que sintamos la dulzura de vuestro Corazón maternal y la fuerza de vuestro poder ante Jesús, abriéndonos en la fuente misma de la misericordia un seguro refugio, desde donde podamos llegar a bendecirle, con Vos, en el paraíso, por los siglos de los siglos. Amén.
Indulgencia de quinientos días.
Indulgencia plenaria, en las condiciones acostumbradas, si se reza devotamente esta oración durante un mes entero, todos los días. (S. C. de Indulg., 18 agost. 1807 y 1 febr. 1816; S. Pen. Ap., 15 sept. 1934.)
