miércoles, 22 de julio de 2026

EL APOSTOLADO DE LA MAGDALENA. San Manuel González

 


EL APOSTOLADO DE LA MAGDALENA

San Manuel González

In toto mundo dicetur et quod hæc fecit...
«En el mundo entero se dirá lo que ésta ha hecho...»
(Mt. 26, 13).

ANTES

Madre Inmaculada, Tú que trataste tan íntimamente a mi hermana mayor, María Magdalena, y que tantas y tantas veces te consolarías con sus lágrimas y fidelidades en pos de tu Hijo desatendido, despreciado o groseramente tratado, ¿quieres enseñarme, en esta Comunión que voy a recibir, algo de lo que ella fue, hizo y obtuvo cerca de tu Jesús?

¡Me vendría tan bien, siendo María como ella, aprender sobre todo el estilo de su apostolado! Porque fue una gran apóstol, ¿verdad?

 

DESPUÉS

¿Pero fue apóstol la Magdalena?

Yo sabía que fue una gran penitente, una gran amante, una acompañante de Jesús..., pero ¿apóstol?

Sí, fue apóstol, y en este apostolado, en su singular apostolado, me conviene aprender.

¡Me vendrá tan bien aprenderlo y practicarlo!

Contra lo que es característico de todo apóstol, éste apenas habló y, aunque los términos parezcan antitéticos, fue un apóstol casi mudo.

Recorro las páginas del Evangelio y me detengo en aquellas en las que, directa o indirectamente, se alude a María Magdalena, y, ante las poquísimas palabras que cuenta dichas por ella, a pesar de sus tan repetidas y frecuentes apariciones en el relato evangélico, veo que, si fue un apóstol, lo fue casi mudo.

Y, sin embargo, ella predicó a su Jesús con la más arrebatadora de las elocuencias, con la más feliz de las originalidades, con la oportunidad más exacta, con el valor más denodado y con el fruto más copioso.

 

Su elocuencia

La de las lágrimas.

¡Qué bien le pega al Corazón de Jesucristo que el primer sermón que se ha predicado de Él no sea compuesto con palabras, sino con lágrimas!

 

Su originalidad

En que jamás predica hablando, sino haciendo.

 

Su oportunidad

La veo, entre otras muchas, en esto: en predicar a Jesús bueno y digno de ser honrado en casa del fariseo duro y descortés; a Jesús, Dios perdonador de pecados, ante un concurso que apenas si lo consideraba como hombre; a Jesús, Padre siempre, aunque deje morir a su hermano Lázaro; a Jesús, digno de ser seguido, aunque todos le abandonen, y digno de ser amado hasta después de muerto...

En el apostolado de la Magdalena se recrea el alma siempre ante este rasgo de oportunidad constante: suplir o prevenir con su amor celoso lo que los enemigos o los amigos dejan de hacer por odio, ignorancia, descuido o cobardía...

 

Su valor

¡Vano empeño el mío pretender encerrar en un renglón la frase que defina o dé una idea de ese valor!

Yo no sé dónde apareció más valerosa: si pisoteando las burlas, las extrañezas y las invectivas de los comensales del fariseo; o desafiando la furia y el odio de soldados y esbirros en el Calvario; o atreviéndose ella sola a buscar y a intentar recuperar a Jesús muerto.

 

Su fruto

Copioso en intensidad y extensión.

Lo primero porque, ¡oh sorpresa y elevación inefables del amor!, mereció ser el apóstol de los apóstoles y de la nueva más grata que han recibido oídos humanos:

«Di a Pedro y a los hermanos que resucitó y que lo esperen en Galilea; allí lo verán.»

Y lo segundo, porque: In universo mundo dicetur quod hæc fecit...

Por profecía indefectible del Maestro, se estará diciendo y alabando en el mundo entero, hasta el fin de los siglos, lo que aquella mujer hizo.

¡Hermoso apostolado!

 

FLORECILLA DE MI COMUNIÓN

¡Santa bendita, ven a enseñar a tus hermanas las Marías ese estilo de apostolado tuyo!

Madre Inmaculada, ¡nos hace falta tanto apostolado de ése!