sábado, 18 de julio de 2026

Parábola del administrador infiel.

 


VIII domingo después de Pentecostés.

Parábola del administrador infiel.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

VIII domingo después de Pentecostés.

Parábola del administrador infiel. (Luc. 16.)

 

Persuádenos Cristo en el Evangelio que ganemos el cielo con limosnas, a ejemplo de un mayordomo a quien su Señor quiso quitar el cargo porque trataba mal su hacienda, y él ganó amigos perdonándoles parte de sus deudas, los cuales obligados le recibiesen en su casa, cuando su señor le despidiese de la suya.

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo primero que Cristo te compara a un mayordomo de la casa de un señor; porque así como este no es dueño de los bienes, sino solo administrador, de la misma manera tú no eres dueño de los bienes que Dios te ha entregado, sino solo administrador para distribuirlos y gastarlos según su voluntad y no según la tuya; por tanto mira que no te los ha entregado para que te regales y triunfes en el mundo con ellos, sino para que hagas bien a los pobres y menesterosos, y los gastes en su santo servicio: mayordomo eres y no señor; piensa esto, y pide a Dios gracia para hacer bien tu oficio.

 

PUNTO II. Considera que cómo se llegó el día dela cuenta a este mayordomo, en el cual le dijo el señor: dame cuenta de tu mayordomía, así se ha de llegar el día, y será muy presto, en que te diga Dios a ti las mismas palabras: dame cuenta de tu mayordomía ¡Oh pecador! mira qué sentirás entonces, cuando oigas esta razón, y qué cuenta darás de la mayordomía de toda tu vida, de los males que has hecho y de los bienes que has dejado de hacer, de los talentos que Dios te ha dado, y de las ocasiones de hacer bien y ganar el cielo, de las palabras, obras y pensamientos, de la mínima risa, y de la hacienda y bienes temporales, hasta del cabo de agujeta: carga el peso de la consideración en el rigor de esta cuenta, en la severidad del juez, en la malicia y porfía de los acusadores, en los cargos que te harán y en la importancia de la sentencia, y haz ahora con tiempo lo que quisieras haber hecho después.

 

PUNTO III. Considera aquellas palabras de Cristo como dichas a ti en persona de este mayordomo: ya no podrás negociar más ¡Oh palabra digna de toda ponderación! y qué forzosamente la has de oír cuando te llame Dios a cuentas; ya se acabó el tiempo de negociar, granjear y merecer; ahora dura en el interín que vivimos; pero en llegando aquella hora de la cuenta se cierra la puerta, se remata el tiempo, se acaba la ocasión, la sazón y posibilidad de granjear el cielo; si entonces no le has ganado, no podrás aunque más hagas ganarle después. Saca de aquí grande aprecio del tiempo que Dios te da para negociar tu salvación y ganar el cielo, y un grande fervor para trabajar en él y granjear riquezas inmortales, antes que se ponga el sol de la vida y llegue la noche de la muerte, cuando ninguno pueda trabajar.

 

PUNTO IV. Considera cómo hallándose atajado este mayordomo, halló remedio en la limosna, perdonando a los deudores parte de sus débitos, y de esta suerte ganó amigos que le abrigasen en su adversidad y le recibiesen en su casa, cuando su dueño le despidiese de la suya, en que nos enseña el Redentor que con la limosna y la piedad se gana a Dios y sus santos por amigos, para que cuando salgamos de esta vida, nos reciban en los tabernáculos y moradas del cielo. Medita esto para bien de tu alma, y considera qué utilidad has sacado de los bienes que has gastado en comidas, bebidas, liviandades y fausto del siglo. Todo ha pasado como humo, y solo queda el remordimiento de conciencia y la cuenta que has de dar de ello, y lo que has gastado en limosnas está escrito en los libros de Dios y guardado en sus tesoros, para darte eterna gloria por ello. Toma luz de esta consideración para gastar lo que te queda, no en las vanidades y superfluidades del siglo, sino en limosnas y santas obras, para granjear con ellas la voluntad de Dios y de sus santos, los cuales cuando salgas de esta vida te reciban en las moradas eternas.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones