lunes, 21 de septiembre de 2026

San Mauricio y la legión Tebea. — 22 de septiembre

 


San Mauricio y la legión Tebea. — 22 de septiembre

(+ 287)

 

El martirio del esforzado caballero de Cristo san Mauricio capitán de la legión de los Tebeos sucedió de esta manera. Después que Diocleciano tomó el cetro del imperio hizo cesar a Maximiano y envióle a Francia con un ejército poderoso a sosegar algunos alborotos que habían levantado Amando y Esiano. Entre la otra gente que llevaba consigo había una legión de seis mil seiscientos sesenta y seis soldados, los cuales eran de la provincia de Tebas y cristianos confirmados en la fe por el santo pontífice Marcelino. Parecióle a Maximiano que era bien hacer la reseña de su gente y ofrecer sacrificio a los dioses, y sobre sus aras tomar a los soldados juramento de fidelidad y de pelear animosamente. San Mauricio, que era capitán de aquella legión, entendida la resolución del emperador, para no contaminarse con aquel sacrílego juramento y sacrificio abominable, se apartó con sus tropas ocho millas lejos del resto del ejército a un lugar que se llamaba Agauno y ahora se llama San Mauricio. Como supo Maximiano la retirada de la legión Tebea y la causa, le envió un mensaje, mandándole que viniese y se juntase con el ejército e hiciese lo que los demás soldados hacían. Todos los santos soldados con un mismo ánimo y determinación respondieron que estaban dispuestos a obedecer a Maximiano en todo lo que no fuese contra Dios, y a pelear por él como lo habían hecho muchas veces, pero que, siendo como eran cristianos, no querían sacrificar ni conocer por dioses a los ídolos vanos. Enojóse sobremanera Maximiano con esta respuesta y mandó diezmar aquella legión. Ejecutóse aquella rigurosa orden en los valerosos guerreros de Jesucristo y creyendo Maximiano que escarmentados los que quedaban estarían más blandos y rendidos a su voluntad, tornó otra vez a mandarles que viniesen a juntarse con los demás soldados para hacer el solemne juramento y sacrificio, mas ellos se quedaron firmes como antes y no quisieron obedecer, prefiriendo dar la vida por Jesucristo y obedecer antes al emperador del cielo que al de la tierra. Cuando Maximiano vio el ánimo de aquellos fortísimos caballeros de Cristo, teniéndolo por obstinación y pertinacia, se embraveció con increíble saña y mandó que todo el ejército diese sobre ellos y no dejase de aquella legión hombre con vida. Bien pudieran los santos soldados resistir y pelear y defenderse pues eran harto temibles; pero armados de fe y espíritu del cielo, no quisieron tomar las armas, sino con una nueva manera de victoria vencer sin pelear y alcanzar la gloriosa corona del martirio, no meneando las manos, sino ofreciendo sus cervices al cuchillo. Y así, animados de su capitán el glorioso san Mauricio, sin alzar la espada para defenderse, puestos de rodillas y levantando las manos y los corazones al cielo, recibieron todos la muerte y se ofrecieron en sacrificio a Jesucristo.

 

Reflexión: Solía antiguamente la Iglesia romana invocar en las batallas contra los enemigos de la fe el favor de Dios por intercesión de san Mauricio, de san Sebastián y de san Jorge, como se saca del Orden romano. Resucitemos ahora aquella tan pía costumbre, pues nos hallamos con tanta frecuencia cercados de enemigos que con infernal astucia y con mil artes diabólicas hacen guerra a nuestra santa fe y desean quitarnos este tesoro que hemos de conservar a todo trance, aunque nos costara la sangre y la vida como a san Mauricio y a sus soldados.

 

Oración: Haz, Señor, que nos alegremos en la solemne fiesta de tus santos mártires, Mauricio y sus compañeros, y que nos gloriemos en el nacimiento para el cielo de estos santos, en cuya intercesión tenemos puesta nuestra confianza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.