DÍA 26
LA HUMILDAD: FUNDAMENTO DE TODAS LAS VIRTUDES
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado de la Humildad
de san Juan Bautista de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima Trinidad
DÍA 26
LA HUMILDAD: FUNDAMENTO DE TODAS LAS VIRTUDES
Supongamos que mi trabajo no haya sido hablar a propósito de la humildad; no sé por qué, pero no puedo dejar de hablar de ella, aunque sea solo de palabras, sabiendo que toda palabra que use siempre será imperfecta, por tratarse de una cosa que uno no la tiene, no sabe o no conoce qué es. Es una virtud que al hombre no le es fácil encontrarla, de manera que, mientras más se abaja el hombre para encontrarla, esta más se esconde; y si uno diese con ella y se mostrase orgulloso por haberla encontrado, estemos por seguros que no es humildad, porque donde la humildad está no puede haber presunción de que hay humildad.
La humildad es como un pozo hondo o un mar sin suelo, en quien el que nada jamás haya suelo firme para fabricar cosa alguna. Y siendo la humildad un «ser» y el hombre «nada», la humildad es una virtud tan grande que todo lo puede, todo lo alcanza y todo lo posee. Sobre esa nada del hombre y esa grandeza de esta virtud se asientan y toman firme fundamento todas las demás virtudes; y donde ella no vive, las demás no habitan, y donde ella se deshace, las demás se destruyen.
Acá solemos decir que el humo es el que echa al hombre de su casa; y el soldado, por más fuerte que sea, con el humo se rinde. Por ello, cuando la virtud de la humildad se convierte en presunción y soberbia, deshecha y vuelta humo, las demás virtudes se salen de casa y el mismo hombre, por fuerte que sea, se rinde y sujeta a los vicios más viles y apocados de cuantos hay en el mundo.
Humo, soberbia y presunción echaron a los ángeles del cielo. A estos Dios no consiente que estén en su casa. Y fue la soberbia la que destruyó y deshizo las demás virtudes, los dones y las gracias sobrenaturales que Dios había puesto en ellos, de suerte que, de ángeles de luz que eran, pasaron a ser demonios de las tinieblas y del cielo hicieron infierno perpetuo.
Así como la soberbia es el principio y el origen de todo pecado, principio y origen de toda miseria y pena, de la misma manera la humildad es el cimiento, el fundamento, la casa y estabilidad de las otras virtudes; y ella propia tiene su fundamento en el mismo Dios, de cuyo conocimiento le nace al hombre el echar de ver cuán nada es él.
¡Oh, qué gran cosa si de esta manera nos perdiésemos en Dios!: que, perdiéndonos a nosotros mismos de vista, a nuestras virtudes, nuestras cosas, hallásemos a Dios. El que piensa que ha de encontrarse con la humildad sin encontrarse con Dios es muy ignorante, porque Su Majestad es un abismo de perfecciones y un depósito de todo lo bueno.
Y habiéndonos Dios dado para otras virtudes maestros diferentes, para ser humildes no nos quiso remitir a nadie, sino que quiso que su propio Hijo fuese nuestro maestro. Y así dice él por medio del evangelista: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».
No es poca cosa que nos remitiera a sí mismo para aprender esta virtud. Ver aquella majestad y grandeza de Dios, en cuya comparación no hay monte, por empinado que sea, que no se humille; no hay cedro tan alto que dé con sus ramas en el cielo y no se abaje; no hay gigante que no sea hormiga y quede deshecho.
Pues ¿qué será el hombre junto, pegado y cotejado con Dios? Todas las cosas de la tierra, dice el profeta, comparadas con Dios, son como si no fuesen. Pues ¿qué será un hombre solo y tan solo que de su cosecha nada tiene que sea de consideración?
JACULATORIA: Señor, apártate de mí que soy un pecador. (Lucas 5,8).
LETANÍAS DE LA HUMILDAD
Venerable Cardenal Merry del Val
Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.
Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave María Purísima, sin pecado concebida.