Viernes de la XVII semana después de Pentecostés
DE LA SEGUNDA PALABRA DE LA ORACIÓN DOMINICAL: «QUE ESTÁS EN LOS CIELOS».
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Viernes de la XVII semana después de Pentecostés DE LA SEGUNDA PALABRA DE LA ORACIÓN DOMINICAL: «QUE ESTÁS EN LOS CIELOS».
PUNTO PRIMERO. Considera a tu celestial Padre, infinitamente bueno, sabio y poderoso, Rey y Señor de cielos y tierra; y que, aunque por su inmensidad está en todas partes, pero se dice por especialidad que está en los cielos. Lo primero, porque allí puso su corte y se manifiesta más especialmente a todos sus escogidos. Extiende los ojos por aquel amplísimo lugar del cielo empíreo; contempla su hermosura, su claridad, su riqueza, su seguridad, sus delicias, y la nobleza, belleza y multitud de sus cortesanos, que cada uno resplandece como el sol; y en todos resplandece la grandeza y majestad de Dios más que las estrellas y astros del firmamento. Gózate de tener tal Padre, tan rico, grande y poderoso, y tales hermanos en su corte, la cual tiene preparada para todos los que le temen, aman y sirven en la tierra.
PUNTO II. Considera que se dice estar Dios en los cielos porque, como dice el Apóstol, aquélla es nuestra patria y el lugar de nuestra morada, no la tierra, en la cual somos huéspedes y peregrinos por breve tiempo, que se pasa como el viento. Allí están nuestros tesoros y nuestras posesiones, y las verdaderas riquezas; que las del mundo son falsas y aparentes, y no las tenemos más que prestadas por poco tiempo, pues luego las hemos de dejar, y nos las han de embargar en la aduana de la muerte.
Saca de aquí la consecuencia que sacó el apóstol san Pablo, y es no atesorar en este mundo, ni poner nuestro cuidado en lo terreno, sino en lo celestial. Aquélla es nuestra patria; aquélla, nuestra posesión. Allí endereza tus deseos; dedica todos tus cuidados en adquirir aquellos bienes que duran y no se acaban, y han de permanecer sin fin, y los has de gozar para siempre.
PUNTO III. Considera que está Dios en los cielos mirándote y velando sobre ti, como el águila que se remonta siempre hacia el cielo y no aparta los ojos de sus hijos, mirando por ellos para defenderlos y sustentarlos, visitarlos y abrigarlos por el amor que les tiene. Así está Dios en el cielo mirando por todos sus hijos para ayudarlos y defenderlos, como le vio san Esteban (1) cuando estaba en la pelea, atendiendo a nuestras necesidades y consuelo, por el infinito amor que como Padre nos tiene.
Contempla el que te tiene a ti, y mira y considera cuándo mereciste tú ser amado de Dios, y que Dios se acordase de ti, y cuántas veces te hubieran derribado tus enemigos en el infierno, si no fuera por haberte defendido. Mírale atento a todas tus necesidades, y cuidadoso, como amoroso Padre, de tus aumentos y de todo tu bien; y exclama con afecto agradecido, admirado de tantos beneficios, y dale millares de gracias por ellos, ofreciéndote de corazón a su servicio.
PUNTO IV. Considera que está Dios en los cielos preparándote allí el premio de tus trabajos, y previniendo la corona para galardonar tus victorias. Anímate a pelear con esfuerzo hasta vencer, que presto se acabarán tus batallas y el premio durará eternamente. Pon los ojos en el que Dios tiene preparado en el cielo, y pídele favor para no perderle. Considera su grandeza y valor, y lo que los hombres hacen y padecen por no conseguir los premios de la tierra, que son como soñados respecto del cielo; y córrete de ver los riesgos a que se ponen por alcanzarlos, y cuán poco haces tú para alcanzar aquel eterno.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.