Martes de la XVIII semana después de Pentecostés
DE LA CONFIANZA EN DIOS Y LA INTERCESIÓN DE LOS SANTOS.
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Martes de la XVIII semana después de Pentecostés
DE LA CONFIANZA EN DIOS Y LA INTERCESIÓN DE LOS SANTOS.
PUNTO PRIMERO. Pon los ojos en el Evangelio, y considera que dice el evangelista san Mateo que, llegando con este enfermo a Cristo, se movió a sanarle por la fe de los que le traían; y hablando con él, dijo: «Confía, hijo, que tus pecados son perdonados», enseñándonos el valor que tiene para con Dios la fe y confianza en su bondad, y que éste es el primer paso que hemos de dar para alcanzar salud y las mercedes que pretendiéremos de su mano.
Toma las palabras de Cristo como dichas a ti: «Confía, hijo.» Llámale hijo, porque tenga confianza en Él como en Padre. «Confía, hijo», si te hallares cargado de culpas, que te perdonará tus pecados. «Confía, hijo», si te vieres enfermo, tullido y paralítico, y podrido en una cama, sin poderte mover, como éste, que si tienes fe como él, alcanzarás entera salud. «Confía, hijo», si te vieres desamparado, pobre y necesitado, como se halló este enfermo, que te amparará y consolará, y remediará tu necesidad. «Confía, hijo», si te hallares perseguido, que te defenderá. «Confía, hijo», si te hallares olvidado, que se acordará de ti, como se acordó y defendió a este mendigo.
Saca de aquí una firme confianza en Dios, y acude a Él en todas tus necesidades, y le tendrás a tu lado.
PUNTO II. Considera la piedad de estos hombres, los cuales, viendo a este mendigo imposibilitado de venir a Cristo, le tomaron en hombros en su propia cama y le trajeron al Salvador.
¡Oh grande caridad! ¡Oh virtud digna de eterna alabanza, traer los enfermos a Cristo sobre sus hombros, no solo los del cuerpo, sino mucho más los del alma! Ésta es la verdadera amistad y la fina caridad: traer, a costa de cualquiera trabajo, los pecadores a Dios. Toma esta lección y aprende la fineza de este amor, así para con Dios como para con el prójimo, y pon todo tu cuidado en traer a Cristo los que, detenidos en las cadenas de sus vicios, no pueden venir a Él; y resuélvete a traerle todos los enfermos en el alma para que los cure y dé salud.
PUNTO III. Considera cómo por la intercesión y virtud de los que le trajeron le dio Cristo la salud; y pondera cuánto importa la intercesión de los buenos para con Dios, y válete de ellos para que su virtud y merecimientos alcancen lo que tú no mereces y suplan lo que a ti falta. Pon por intercesores a la Santísima Virgen, a los santos y a todos los buenos y justos; y pídele a Dios que te haga merced por sus merecimientos, y que no mire a tu indignidad, sino a la fe, virtud y santidad suya, como miró a los méritos de los que trajeron a este enfermo.
PUNTO IV. Considera cómo, viendo este milagro los fariseos, dijeron que Cristo blasfemaba; y los del pueblo temblaron y glorificaron a Dios. Pondera que no hay acción tan santa y ajustada que no tenga contradicción; mas aprende a no dejarla por la contradicción de los hombres, como no la dejó el Redentor. Ármate con su gracia y Dios será en tu favor. Persevera en el bien comenzado y no hagas caso de los juicios de los hombres, que tienen por blasfemias las alabanzas de Dios.
Considera cómo Cristo defendió a éste, y cómo volvió por la honra de su Padre y suya, y los muchos que le engrandecieron por ello; y cobra esfuerzo y ánimo para no hacer caso del mundo y confiar en Dios.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.