DÍA 29
APRENDER LA HUMILDAD EN CRISTO Y EN MARÍA
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado de la Humildad
de san Juan Bautista de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima Trinidad
DÍA 29
APRENDER LA HUMILDAD EN CRISTO Y EN MARÍA
Una gran confusión es el fruto de una profunda humildad, de un justo temor de las muchas obligaciones, las cuales se descubren muy al vivo en presencia de su bienhechor. Y viendo que con ellas y con la correspondencia que debe no se puede esconder, todas se las deja en las manos a quien se las dio, y él se retira pobre, desnudo y sin nada en la nada.
Como quien dice: «Todo cuanto en mí hay, Señor, es tuyo, tú me lo diste, reconócelo por tal».
Que yo me tendré por dichoso si no me alcanzas más que solo en lo principal. Estoy dispuesto para que de mí hagas lo que tú quieras; si quieres, Señor, que volvamos a ver y tratar de las cuentas, que vaya a cuenta tuya tanto las ganancias como las pérdidas; que la ganancia, que es tuya, sea para tu honra y tu gloria, y si es pérdida, que tú las perdones y nos libres de ella.
Consideremos una mujer aldeana de la sierra que los domingos se arregla muy bien y toda su aldea la tiene por hermosa y la llama «la galana»; pero si se encontrara con una cortesana que, con una ropa simple y sin maquillajes, tiene una hermosura admirable, la aldeana solo querría esconderse y desaparecer, pues sabe que la hermosura de la que tanto la alaban es puro maquillaje.
¡Oh, santo Dios! ¿Quién pudiera considerar la humildad de un alma cuando se ve delante de Dios, que esencialmente es santo, bueno, rico, poderoso, con otra infinidad de atributos; y ella, que toda su hermosura la tiene comunicada, prestada, y que de su propia cosecha no tiene nada?
En tal ocasión esta alma se confunde y en su pensamiento se esconde y desaparece. En cualquier género de estimación que de sí quiera hacer, da en una nada tan nada que siempre busca menos para menos estimarse y más humillarse.
De la luz que tienen los bienaventurados dice san Juan que su sol es el Cordero: «y su lámpara es el Cordero».
Si criaturas a criaturas se humillan así, ¿qué no hará un alma santa delante de su Creador, sabiendo que ella es nada y su Creador es en sí infinito y tiene infinito poder?
Viene Abigaíl cargada con un poderoso presente para David de pan, vino, carneros, pasas y otras muchas cosas. Y, arrodillada a sus pies, mil veces le llama «Señor mío» y ella se llama sierva. Todo lo que llevaba le parecía poco, por ello lo quería entregar todo con gran afecto.
Pues, si esto pasó a David, ¿por qué nos hemos de espantar de que un alma, compareciendo ante Dios, aunque esté cargada de mil bienes y resplandores, considerando los muchos dones que Dios le hizo, se tenga por pobre y miserable?
Por mucho que hubiera hecho, siempre será poco en comparación con lo que Dios nos da. Por ello, aunque un alma delante de Dios esté cargada de mil bienes para presentarle, todo se le hace poco, y tan solo quisiera con palabras humildes y afectos encendidos completar lo que le falta.
Así veremos que jamás se cansará de llamar a Dios mil veces: «¡Señor mío, Dios mío, Rey mío!», y a sí misma llamarse sierva, esclava, pobre y miserable.
JACULATORIA: Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, Roca mía, Redentor mío. (Salmo 19, 15).
LETANÍAS DE LA HUMILDAD
Venerable Cardenal Merry del Val
Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.
Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave María Purísima, sin pecado concebida.