sábado, 26 de septiembre de 2026

DÍA 27. PERDERSE A SÍ MISMO PARA ENCONTRARSE EN DIOS. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 27

PERDERSE A SÍ MISMO PARA ENCONTRARSE EN DIOS

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 27

PERDERSE A SÍ MISMO PARA ENCONTRARSE EN DIOS

¡Oh, Dios inmenso e infinito, y qué bien dices que vayan los hombres a aprender así humildad, a ver y conocer cuán pequeños y nada son! Es Dios una medida tan sin medida de nuestra pequeñez que jamás el hombre acaba de entender lo poco que es, si no es cuando con una consideración entra en este abismo de ser, y en este mar y océano profundo de infinitas perfecciones.

¡Oh, qué lejos anda de este tanteo y cercanía quien piensa que es algo!

¿Por qué el rústico se estima y piensa que es rico y rey en su aldea? Porque no salió de ella ni entró en la corte; que, si va donde está el rey con sus grandes dignidades, no procuraría otra cosa más que esconderse debajo de los bancos donde la gente se sienta. Cuando uno es soberbio, no se plantea aproximarse por los cielos ni siquiera con el pensamiento, porque, si viera el sitio donde habita Dios con toda su dignidad y grandezas, pensaría que es alguien grande y que sabe muchas cosas, cuando en realidad no es ni sabe nada, y, sabiendo menos que nada, no conoce a Dios.

Entre los demonios decimos que Lucifer es el más grande y el mayor; de la misma manera podemos decir que, entre todos los pecadores, el más grande y el mayor de todos es el soberbio; pero, entre los buenos, es nada, es escoria, es risa y, por mejor decir, demonio.

Cuando Cristo entró en la barca de Pedro y este le ve obrar y hacer grandes maravillas, no tiene más palabras y valor que pedirle a Cristo que se aleje de él, porque él es un pecador. Pues el justo no sabe dónde meterse cuando se ve o considera ante la presencia de Dios y en presencia de tan grande Majestad.

Así lo podemos ver en la reacción del apóstol Pedro al ver a Jesús en el lavatorio de los pies: «¿Tú, Señor, me lavas a mí los pies?». ¡Oh, cuánta humildad aprende Pedro, viendo sus pies pobres junto a manos tan ricas, pies tan llenos de polvo con manos tan llenas de cielos!

Acerquémonos a Dios y estemos seguros de que de esa cercanía hemos de aprender grande y profunda humildad, como el mismo Cristo nos invita diciendo: «Aprendan de mí».

En segundo lugar, es de suma importancia considerar esta virtud en el mismo Cristo, para que nosotros la aprendamos. En el hombre la virtud de la humildad nunca termina de madurar; pero solo en Cristo esta virtud llegó donde había de llegar, y de él la hemos de aprender porque él es el verdadero maestro.

Sabemos lo necesaria que es la humildad y que nadie sin vestirse de ella podrá entrar en el reino de los cielos. También sabemos que grandes santos han escrito sobre esta virtud, pero eso no quita que ellos hayan tenido algunas quiebras y roturas. Solo en Cristo está esta virtud en su punto y en sus cabales: el que la supo sazonar y llevar donde debía; el que, siendo Dios tan grande y tan rico de bienes, «se despojó de sí mismo tomando condición de siervo», se vació y se humilló hasta llegar a tomar forma de pecador.

Y solo él quiso ser nuestro maestro en esta virtud, pues en ella es un mar profundo sin suelo.

Solo hallo por discípula verdadera a tu bendita Madre, la cual ve tus obras y oye tus palabras, todas ellas las aprende y guarda en su corazón: «María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón».

Meditar quiere decir pasar lo que han oído, repetirlo, cotejarlo y hacer comparación. Habiendo nacido el Hijo de Dios en un pesebre desnudo, helado, llorando y sujeto, viendo la Virgen tales obras, todo lo guardaba en su corazón y lo meditaba.

Si el ángel dijo: «El que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios», grande que no cabe en los cielos y estrechado en un pesebre; cercado de millares de ejércitos de ángeles y espíritus divinos, y aquí acompañado de animales; cercado de gloria que en su casa no cabe y aquí envuelto en pañales; allí grande, inmenso, infinito, inmortal, y aquí niño chiquito, pasible, mortal.

¡Oh, qué lección la que aquí lee Dios, al mismo tiempo tan grande y tan dificultosa!

Esta es la que en su corazón pasa y medita la Virgen, por el asombro y admiración que le causa ver cómo su Hijo daba lecciones de humildad: tiene un nombre de niño pequeño el que es tan inmenso y grande; se hace igual a nosotros, los pecadores, y se hace siervo el que era Señor de cielos y tierra; se guarda también para él las injurias y los rechazos, y gustoso padece y muere por los mismos que lo crucifican.

Naciendo y muriendo tan pobre, que para el nacimiento tiene un pesebre y para la muerte una cruz.

Esto era lo que meditaba la soberana Virgen y la lección que nos transmitía.

 

JACULATORIA: Tu siervo medita tus decretos, Señor, tus preceptos son mi delicia, tus enseñanzas son mis consejeros.  (Salmo 119, 23).

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.