Jueves de la XVIII semana después de Pentecostés DE LA SEGUNDA PETICIÓN DE LA ORACIÓN DOMINICAL: «VENGA A NOS TU REINO».
MEDITACIONES DIARIAS
DE LOS MISTERIOS
DE NUESTRA SANTA FE,
DE LA VIDA DE CRISTO,
NUESTRO SEÑOR
PARA
EL TIEMPO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
ORACIONES PARA COMENZAR
Y TERMINAR TODOS LOS DÍAS
EL EJERCICIO DE LA MEDITACIÓN
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Jueves de la XVIII semana después de Pentecostés DE LA SEGUNDA PETICIÓN DE LA ORACIÓN DOMINICAL: «VENGA A NOS TU REINO».
PUNTO PRIMERO. Considera lo primero cómo Cristo es Rey; y aunque es Rey de los cielos y la tierra, pero el reino celestial es el que más aprecia y el que más estima. De éste dijo que vino a dar testimonio; de éste habló cuando empezó a predicar, y dijo que hiciesen penitencia porque se acercaba el reino de Dios; de éste dice san Lucas (1) que habló con sus discípulos cuarenta días, que conversó con ellos después de su Resurrección; y éste finalmente dijo que estaba preparado para los buenos desde el principio del mundo.
Considera, pues, a Cristo en el trono de su gloria, coronado como Rey y con el cetro de su potestad en la mano, en suma majestad, adorado y respetado de toda su corte celestial. Extiende los ojos por aquel reino amplísimo, lleno de todas las delicias, riquezas, honras y grandezas que son considerables, con eterna gloria y perpetua seguridad. Contempla su grandeza y hermosura, y gózate del premio que te espera por tus trabajos, y enciéndete en vivos deseos de alcanzarle.
PUNTO II. Considera que los reyes de la tierra ninguna cosa más celan que sus reinos, y ser solos en ellos, y que ninguno tenga parte en su mando, y mucho menos en su corona; pero el Rey del cielo es tan magnífico y liberal, que ninguna cosa más desea y procura que comunicar su reino y tener muchos consortes en su corona; y así nos manda que se la pidamos por el deseo anticipado que tiene de dárnosla.
¡Oh, bendito sea tal Rey, tal Señor y tal Padre, que no le parece es Rey si no tiene a sus vasallos y criados por consortes de su gloria en su reino, coronados con Él! Dale infinitas gracias por esta merced; y saca de aquí no ser escaso ni envidioso con tus prójimos, queriendo las honras para ti solo, sino dando parte a todos y gozándote de tener muchos consortes de tu felicidad.
PUNTO III. Considera lo que debes hacer para ganar este reino, y cuán infeliz serías si te perdieses, deseando el mismo Señor dártele. Entra en cuentas contigo, y mira cómo has vivido hasta aquí y qué obras has hecho dignas del reino de Dios, y con qué título le pedirás el día de tu cuenta. Carga la consideración en la importancia de este negocio, que es la suprema de todas cuantas puedes tener, y que, si una vez se yerra, no hay cómo ni con qué soldarle. Y resuélvete a no perdonar cuidado, ni diligencia, ni trabajo por conseguirle. Pídele a Dios que te ayude con su divina gracia, y a todos los santos que intercedan por ti y que te la alcancen; y anímate con su favor a pelear con valor hasta alcanzar esta corona.
PUNTO IV. Considera cómo Dios reina en los suyos por gracia, y quiere reinar en todos y en ti, y no el pecado, ni la carne, ni sus apetitos; porque aquéllos reinan con Dios en el cielo, en los cuales reina Dios en la tierra, haciendo su santa voluntad en todas las cosas, como la hacen los ángeles en su reino. Pide, pues, a Dios que venga su reino en ti y en todos ahora, porque merezcamos reinar con Él después. Reine ahora en todos y reine en ti, haciendo en todo y por todo su santa voluntad, sin dar lugar a los apetitos ni a las inclinaciones de la carne. Clama, ora, pide, insta y persevera, suplicando al Señor que reine en ti, y destierre de ti a todos sus enemigos, y no permita que seas avasallado de alguno, ni servir a otro que a su Divina Majestad.
(1) Luc. 10. Matth. 3. Act.
Al terminar
Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.
Ofrecimiento diario de obras
Ven Espíritu Santo
inflama nuestros corazones
en las ansias redentoras del Corazón de Cristo
para que ofrezcamos de veras
nuestras personas y obras
en unión con Él
por la redención del mundo
Señor mío y Dios mío Jesucristo
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón
y me ofrezco contigo al Padre
en tu Santo Sacrificio del altar
con mi oración y mi trabajo
sufrimientos y alegrías de hoy
en reparación de nuestros pecados
y para que venga a nosotros tu Reino.
Te pido en especial
Por el Papa y sus intenciones,
Por nuestro Obispo y sus intenciones,
Por nuestro Párroco y sus intenciones.