domingo, 21 de agosto de 2022

21 de agosto. Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal, viuda

 

21 de agosto. Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal, viuda

Juana Francisca Fremiot de Chantal, nacida en Dijón (Borgoña), de ilustre familia, dio pronto indicios de santidad, pues con cinco años, confundió, según se refiere, con una argumentación superior a su edad, a un noble calvinista, y arrojó al fuego un obsequio que éste le había ofrecido, diciendo: He aquí cómo se abrasarán en el infierno los que rehúsan creer en la palabra de Jesucristo. Al perder a su madre, tomó como protectora a la Virgen María, y separó de su lado a una sirvienta que intentaba infundirle el amor del mundo. Nada era infantil en su conducta; llena de aversión hacia las delicias mundanas, anhelaba el martirio y se consagraba a obras de piedad y religión. Después que su padre la desposó con el barón de Chantal, continuó practicando todas las virtudes, y se dedicó a formar en la fe y en la moral a sus hijos, criados y demás personas de su dependencia. Socorría las necesidades de los pobres, viendo multiplicada muchas veces, de manera milagrosa, su provisión de víveres, y prometió no negar a nadie la limosna pedida en nombre de Cristo.

Al perder a su marido en una cacería, tomó el propósito de comenzar una vida más perfecta, e hizo voto de castidad, llevando con igualdad de ánimo su muerte, y dando un ejemplo de perdón a su causante, ya que, venciéndose a sí misma, fue madrina de un hijo suyo. Redujo al mínimo su servidumbre, y comía y vestía con parquedad y sencillez, destinando a usos piadosos sus más ricos vestidos. El tiempo que le dejaban libre sus cuidados domésticos, lo destinaba a la oración, a las lecturas devotas y al trabajo. Nadie la pudo decidir a contraer segundas nupcias, por convenientes que fuesen las proposiciones; y temiendo que se consiguiera disuadirla de guardar la castidad, renovó su voto y grabó en su pecho con un hierro candente el santísimo nombre de Jesús. Inflamada cada día más de la caridad, traía a su casa a los pobres, a los abandonados, a los enfermos y a los atacados de los males más repugnantes, a los cuales cuidaba y consolaba, lavaba sus vestido, y no rehuía besar sus llagas.

Al conocer la voluntad divina por su director espiritual San Francisco de Sales, abandonó con gran decisión a su padre, a su suegro y a su propio hijo. Y como este último se opusiera a la vocación de su madre, no vaciló ella en pasar sobre su cuerpo al salir de la casa. Puso entonces los fundamentos del santo Instituto de la Visitación de Santa María. Guardó con gran exactitud las reglas de este instituto, y era tan amante de la pobreza, que se alegraba de que le faltase lo necesario. Para todos era un ejemplo perfectísimo de humildad cristiana y de obediencia, como de todas las demás virtudes; y movida por su deseo de llegar a la cumbre de la vida espiritual, se obligó con el difícil voto de hacer siempre lo que creyese más perfecto. Por último, después de haber contribuido con sus trabajos a la amplia difusión que alcanzó en todas partes el piadoso Instituto de la Visitación, y de haber formado en la piedad y en la caridad a las religiosas, con la palabra, con el ejemplo y con sus escritos llenos de sabiduría divina, murió llena de méritos en Moulins, el 13 de diciembre del año 1741, habiendo recibido los santos sacramentos. San Vicente de Paúl vio entrar su alma en el cielo, recibida por San Francisco de Sales. Sus restos fueron trasladados a Annecy. Muchos milagros la hicieron célebre antes y después de su muerte; por lo cual Benedicto XIV la beatificó, y Clemente XIII la puso en el catálogo de los Santos; el Papa Clemente XIV ordenó que se celebrara su fiesta en toda la Iglesia doce días antes de las calendas de septiembre.

 

Oremos.

Omnipotente y misericordioso Dios, que a la bienaventurada Juana Francisca, inflamada en tu amor, le concediste un admirable espíritu de fortaleza en el camino de la perfección por todos los estados de la vida, y por ella quisiste esclarecer a tu Iglesia con una nueva familia: concédenos por sus méritos y preces, que desconfiando de nuestra propia flaqueza y puesta toda nuestra confianza en el auxilio de la gracia celestial, venzamos todo lo que nos es adverso. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. R. Amén.

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