miércoles, 3 de agosto de 2022

LA MUERTE DEL PECADOR. San Alfonso María de Ligorio

 


SERMÓN PARA LA DOMINICA NONA DESPUÉS DE PENTECOSTÉS: SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO


DE LA MUERTE DEL PECADOR

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Circumdabunt te inimice tui vallo

Tus enemigos te circunvalarán (Luc. XIX, 43)

Cierto día, viendo Jesucristo de lejos la ciudad de Jerusalén, ciudad donde los judíos habían de quitarle la vida bien presto, derramó lágrimas sobre ella: Videns civitatem, flevit super illam. Consideró el castigo que la esperaba y la predijo: Circumdabunt te inimice tui vallo.

¡Desgraciada ciudad! has de verte rodeada un día de enemigos que te devastarán, y no te dejarán piedra sobre piedra de todos estos soberbios torreones que te defienden, y de los magníficos edificios que te sirven de ornamento.

Figurada está en esa infeliz ciudad, oyentes míos, el alma del pecador, que a la hora de la muerte se verá rodeada de enemigos de toda especie. Estos enemigos serán:

  • Los remordimientos de la conciencia.

  • Los demonios que la asaltarán.

  • Los temores de la muerte eterna.

Punto 1

Al pecador a la hora de la muerte le afligirán los remordimientos de conciencia.

Los desgraciados pecadores que viven en el pecado morirán de muerte violenta, como dice Job (XXXVI, 14): Morietur in tempestate anima eorum. Con ella les amenazó Dios anticipadamente por Jeremías con estas palabras: Tempestas erumpens super caput impiorum veniet: La tempestad, rompiendo la nube, descargará sobre la cabeza de los impíos. (Jer. XXIII, 19). Al principio de la enfermedad, no se aflige, ni teme mucho el pecador, porque entonces deudos, amigos y médicos, todos unánimemente le dicen, que aquello no será nada, y con tales declaraciones, el enfermo se lisonjea y espera. Pero cuando la enfermedad se agrava, y empiezan a manifestarse los síntomas malignos, que anuncian que la muerte se aproxima, entonces es cuando comienza el torbellino con que amenaza Dios a los pecadores: Cum interitus quasi tempestas ingruerit: La muerte se os arrojará encima como un torbellino. (Prov. I, 27). Este torbellino se formará contra el enfermo, tanto de los dolores de la enfermedad, como del temor que le causará tener que partir de éste mundo, y abandonarlo todo: pero especialmente, de los remordimientos de la conciencia, la cual le traerá a la memoria su vida mala pasada: Venient in cogitatione peccatorum suorum timidi, et traducent illos ex adverso iniquitates ipsorum. (Sap. IV, 20). Entonces se presentarán a su imaginación todos los pecados que cometió durante su vida, y se espantará de contemplarlos.

Sus culpas se levantarán contra él para acusarle,y le convencerán de que tiene merecido el Infierno.

Los enfermos que se hallan en tan deplorable estado, se confiesan; pero, como dice San Agustín (Serm. 37, de Temp.): La penitencia que hace el enfermo, es enferma: Penitentia, quœ infirmo petitur, infirma est. Y San Jerónimo escribe: que de cien mi pecadores que siguen viviendo en pecado hasta la hora de la muerte, apenas se salvará uno: Vix de centum millibus, quorum mala vita fuit, meretur in morte á Deo indulgentiam unus. (S. Hier. in Epist. de mort. Eus). San Vicente Ferrer añade: que es mayor milagro que se salve uno de esos pecadores que resucitar un muerto. Conocerán los desgraciados cuán mal obraron; querrán detestar sus pecados, pero no podrán. Antíoco llegó a conocer la malicia de sus pecados cuando dijo: “Ahora se me presentan  a la memoria los males que causé en Jerusalén” (I. Mach. VI, 12). Sí; entonces se acordó de los pecados, pero no se atrevió a detestarlos, y murió desesperado y oprimido de una gran tristeza diciendo: Et ecce pereo tristitia magna: “Ved aquí que muero de profunda melancolía”. Lo mismo aconteció a Saúl a la hora de la muerte, como dice San Fulgencio: conoció sus pecados, temió el castigo que merecía por ellos, pero no los detestó. No aborreció los pecados que había cometido, pero temió el castigo que no quería sufrir.

¡Oh, cuan difícil es que un pecador, que ha vivido tantos años en el pecado, se convierta sinceramente a la hora de la muerte, teniendo la mente oscurecida con la tinieblas y el corazón endurecido! Tiene el corazón duro, dice Job, como piedra, y apretado como yunque de herrero. Es decir: el pecador, durante su vida, en vez de ablandarse a las gracias y a las divinas inspiraciones, se endureció más, como se endurece el yunque a los golpes del martillo. En pena, pues, de esta dureza, estará más duro a la hora de la muerte. Y se lee en el Eclesiástico, que el corazón duro lo pasará mal al fin de su vida; y que quien ama el peligro perecerá en él. Efectivamente; habiendo amado el pecado hasta la muerte, amó al mismo tiempo el peligro de su condenación; y por eso justamente permitirá Dios, que perezca en aquel peligro que quiso vivir hasta la muerte.

Escribe San Agustín: que el pecador que deja el pecado cuando se ve abandonado de él, difícilmente lo detestará como debe a la hora de la muerte; porque entonces lo detestará, no por odio al pecado, sino obligado de la necesidad. Pero ¿cómo podrá odiar de corazón aquel pecado que amó hasta la muerte? Deberá, además, amar aquel enemigo que hasta entonces aborreció: deberá olvidar aquella persona que hasta entonces amó. ¡Oh, que montañas serán estas tan difíciles de superar! Fácil es que le suceda entonces lo que acaeció a algunos ciudadanos, que tenían reservadas muchas fieras con el fin de quitarles las cadenas y soltarlas contra sus enemigos; más luego que las soltaron, en lugar de lanzarse sobre sus enemigos, los devoraron a ellos mismos. Cuando el pecador quiera desterrar de sí sus iniquidades, ellas acabarán de arruinarle, o con la complacencia de los objetos que hasta entonces amó, o con la desesperación del perdón, cuando contemple su enormidad y multitud. Asegura el real Profeta, que el hombre injusto no espere sino un fin desdichado. Dice San Bernardo, que el pecador a la hora de la muerte se verá encadenado con sus mismos pecados, que le dirán: Opera tua sumus, non te deseremus. “Somos obras tuyas, y no queremos dejarte; te acompañaremos al juicio, y después te haremos compañía eterna en el Infierno”.

Punto 2

El pecador será afligido por los demonios que le asaltarán

Dice San Juan en el Apocalipsis (XII, 12), que el demonio a la hora de la muerte acomete con mayor ira y furor al pecador, con el fin de aprovechar el poco tiempo que sabe le queda para que no se le escape aquella alma: Descendit diabolus ad vos habens iram magnam sciens quod modicum tempus habet. El Concilio de Trento dice: que Jesucristo nos dejó el sacramento de la Extremaunción como una firme defensa contra las tentaciones con que el demonio nos ataca a la hora de la muerte, y añade que nunca combate el enemigo con tanta violencia para hacernos perder la confianza en la Divina Misericordia, como al fin de nuestra vida. (Sess. 14 cap. 9, in Doctr. de Sacr. Ex. Unct.).

¡Oh cuán terribles son los asaltos y las asechanzas del demonio al fin de la vida contra el alma de los pobres moribundos, aun de aquellos que han vivido santamente!

El rey San Eleázaro, después que se vió libre de una grave enfermedad, exclamó: las tentaciones que el demonio presenta a la hora de la muerte, no se pueden comprender, sin experimentarlas. En la vida de San Andrés Avelino se lee, que tuvo a la hora de su agonía un combate tan fiero con el Infierno, que hizo temblar a todos los Religiosos que se hallaban presentes, pues vieron que por la agitación se le hinchó el semblante y se le puso negro; que le temblaba el cuerpo, y brotaba de sus ojos un río de lágrimas. Todos lloraban de compasión y estaban aturdidos, viendo que el Santo moría de este modo pero después se consolaron al ver, que presentándole una imagen de María Santísima, se serenó enteramente, y exhaló alegre su alma bendita.

Pues si acontece a los Santos, ¿que acontecerá a los desdichados pecadores que vivieron en pecado hasta la hora de la muerte? Entonces el Demonio no viene a tentarlos de mil modos para perderlos eternamente, sino que también llama a sus compañeros para que le ayuden. Cuando alguno va a morir, se llena su casa de Demonios que se unen en su daño. Todos estos perseguidores le estrecharán por todas partes durante las angustias de su muerte. (Thren. I,3). Uno de ellos le dirá: No tengas miedo, porque no morirás de esta enfermedad. Otro: ¿Con que has permanecido tantos años sordo a la voz de Dios, y ha de querer el Señor salvarte ahora? Esotro: ¿Pero como puedes reparar ahora aquellos fraudes y daños que causaste, aquellas reputaciones que quitaste? Otro, al fin añadirá: ¿Que esperanza te queda ya? ¿No ves que las confesiones que hiciste fueron todas malas, sin dolor, ni propósito de enmendarte? ¿Cómo puedes revalidarlas ahora, teniendo un corazón tan endurecido y obstinado? ¿No conoces que ya estás condenado? Y entre estas angustias y ataques, el pobre moribundo estará turbado y desesperado, y pasará a la eternidad lleno de turbación. Turbabuntur populi et pertransibunt (Job. XXXIX, 20). Para hacer un viaje largo y difícil es preciso prepararse de antemano con todas aquellas cosas que pueden sernos útiles o necesarias. Para el viaje a la eternidad, que debemos hacer entre enemigos duros y tenaces, como son los demonios, que no han de cesar de combatirnos hasta nuestro último aliento, no son necesarias las obras buenas, como lo es el agua  los que viajan por los áridos arenales de la Libia.

¿Que será, pues, de los pecadores en aquel último viaje de la eternidad, cuando se vean sin provisión de buenas obras, y cercados por todas partes de enemigos, que sólo pensarán en precipitarlos en el abismo del Infierno?

Punto 3

Le afligirán los tormentos de la muerte eterna

¡Ay de aquél enfermo, que cae en la última enfermedad, hallándose en pecado mortal! “El que vive en pecado hasta la muerte, vendrá a morir en su pecado”In pecatto vestro moriemini. (Joann. VIII,21) Es cierto, que en cualquier tiempo que se convierta el pecador, promete Dios perdonarle; pero a ningún pecador le ha prometido que lo hará que se convierta a la hora de la muerte. Isaías nos dice, que busquemos al Señor mientras podamos encontrarle. De donde se infiere, que habrá un tiempo para algunos pecadores, en el cual buscarán a Dios y no podrán hallarle (Joann. VII, 34). Se confesarán los desventurados a la hora de la muerte, prometerán, llorarán, buscarán piedad en Dios, pero sin saber lo que se hacen. A éstos les sucede lo mismo que sucedería a uno, que se viese bajo los pies de su enemigo que le tuviera puesto el puñal a la garganta en actitud de matarle: el infeliz lloraría entonces, le pediría perdón, prometería servirle como esclavo toda su vida; ¿pero acaso le daría crédito el enemigo? No; antes creería que aquellas eran palabras fingidas para poder librarse de sus manos, y que después, si le perdonaba, le aborrecería todavía más que antes. Del mismo modo, viendo Dios que todo arrepentimiento y promesas del pecador moribundo no salen del corazón, sino que son obra del miedo que tiene a la condenación eterna que ve tan próxima, no le concede el perdón; porque el temor que no va acompañado del amor de Dios no puede justificar al pecador, como dice el santo Evangelio: Qui non diligit menent in morte.

El sacerdote que asiste al moribundo, hace la recomendación del alma, y suplica al Señor diciendo: Reconoced, ¡oh Señor! a esta criatura vuestra. Pero Dios le responde:

Conozco que es criatura mía; pero él no me ha honrado como a su Criador, sino que me ha tratado como a enemigo. Sigue suplicando el sacerdote, y dice: No os acordéis de sus antiguas iniquidades. Y Dios responde: Yo le perdonaría sus culpas pasadas, cometidas en sus años juveniles; pero él ha seguido despreciándome hasta la hora de la muerte.

Me volvieron la espalda y no la cara, y ahora, en el tiempo de su aflicción ¿quieren que los libre del castigo? Que llamen a sus dioses, esto es, a aquellas creaturas, aquellas riquezas, aquellos amigos a quiénes amaron más que a mi: pídanles que vengan ahora a librarles del Infierno que les espera. A mi solamente me toca el presente castigar las ofensas que me hicieron. Ellos despreciaron mis amenazas  hechas a los pecadores contumaces, y no hicieron caso a ninguna de ellas. Por tanto, mi deber es, castigar los crímenes que cometieron. Llegó el tiempo de mi venganza, y es justo que se ejecute.

Esto puntualmente sucedió a cierto vecino de Madrid, que llevaba mala vida, como cuenta el P. Carlos Bovío; pero, movido de la muerte desastrada de un compañero suyo, se confesó, y hasta determinó entrar en una religión observante; habiendo empero descuidado poner en práctica su resolución, volvió a su mala vida pasada. Redució a la miseria, anduvo vagando por el mundo, y llegó a Lima en la América, donde habiendo caído enfermo, envió a llamar un confesor, y prometióle de nuevo mudar de vida y entrar en una religión. Más luego que sanó, volvió a su mala vida, y la venganza divina cayó sobre él. Un día aquel confesor que era misionero, al pasar por un monte, oyó una voz que parecía aullido de fiera; se acercó al sitio donde salía, y vió un moribundo medio podrido, que era el desesperado que aullaba, y comenzó a consolarle con suaves palabras; pero aquel desgraciado, abriendo los ojos, le reconoció y le dijo: ¿Eres tú? sin duda has venido a ser espectador de la Justicia divina. Sepas, pues que soy aquel enfermo a quien confesaste en el hospital de Lima: te prometí mudar de vida, mas no lo hice, y ahora muero desesperado. Y luego el desventurado exhaló el alma.

Concluyamos oyentes míos, esta plática. Decidme, si uno se hallase en pecado, y le sobreviniera una enfermedad que le hiciese perder los sentidos, ¿que compasión no os causaría verle morir tan tristemente, sin sacramentos, y sin dar señales de arrepentimiento? ¿Y no es loco aquel, que teniendo tiempo para reconciliarse con Dios, sigue en el pecado, o torna a pecar, poniéndose en peligro de morir repentinamente? El Señor nos dice, que el Hijo de Dios vendrá a juzgarno a la hora que menos pensemos. Una muerte imprevista puede sucedernos a cualquiera de nosotros, como ha sucedido a tantos otros hombres. Y es necesario tener presente, que todas las muertes que tienen los hombres de mala vida son imprevistas, aunque la enfermedad de algún plazo de tiempo; porque los días que dura la enfermedad, son días de tinieblas, días de confusión, en los cuales es difícil, y aún moralmente imposible, ajustar una conciencia manchada con una larga serie de vicios y de pecados. Decidme, hermanos míos; si os hallaseis ahora en peligro inminente de morir, desahuciados de los médicos, y luchando ya con las agonías de la muerte, ¿con cuanta ansia desearíais que se os concediera un mes de tiempo, o una semana, para ajustar vuestras cuentas con Dios? Dios, pues, os concede este tiempo, os llama, y os hace conocer el peligro en que estáis de condenaros.

Ocupaos, por tanto, del negocio de vuestra salvación. ¿Que es lo que esperáis? ¿Acaso que Dios os envíe al Infierno? Obrad bien mientras tenéis tiempo, mientras vivís sobre la tierra, porque si os sorprenden las tinieblas de la muerte, nada podréis hacer ya para asegurar vuestra salvación. Mañana me enmendaré, dice el pecador enfurecido. Y ¿quién te asegura que llegarás a mañana? Lo que esa respuesta significa es, que amas más al vicio que a Dios, y que desprecias las divinas inspiraciones que el Señor te envía para separarte del borde del abismo en que te hallas. Sepas, pues, que cuando quieras desviarte de él, el Señor te abandonará por lo mismo que tu le desprecias al presente; porque escrito está, que el que ama el peligro perecerá en él: Qui amant periculu in illo peribit. ¡Ea, pues, cristianos! Dad la espalda al pecado hoy mismo, sin esperar a mañana; volveos a Jesucristo, que os llama a su redil con silbos amorosos, y os espera con los brazos abiertos para abrazaros.

Hacedlo así por las entrañas de Jesucristo, y yo en su nombre os aseguro, que este Padre amoroso de los pecadores os perdonará vuestras culpas, y os dará la vida eterna.