martes, 31 de marzo de 2026

DE LA CUARTA PALABRA QUE CRISTO HABLÓ EN LA CRUZ. (MATH. 27. LUC. 23.) DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME DESAMPARASTE?

 


Miércoles Santo.

DE LA CUARTA PALABRA QUE CRISTO HABLÓ EN LA CRUZ. (MATH. 27. LUC. 23.) DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME DESAMPARASTE?

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Miércoles Santo.

DE LA CUARTA PALABRA QUE CRISTO HABLÓ EN LA CRUZ. (MATH. 27. LUC. 23.) DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME DESAMPARASTE?

 

PUNTO PRIMERO. Considera lo que dice el sagrado Evangelista, que desde la hora de tercia hasta la de nona, en que hubo tres horas, se oscureció el sol y se cubrió todo el mundo de tinieblas, compadeciéndose la criatura de su Criador, y cubriéndose de luto por la muerte de su Señor, como cerrando los ojos a tan enorme pecado como cometían los hombres contra su Redentor. ¡Oh alma mía! y cuánto tienes aquí que aprender, que imitar, que temer y que llorar. Si las criaturas inanimadas se compadecen de tu Dios, y sin tener sentido dan muestras de sentimiento en su pasión, mira cuánta más razón es que te compadezcas tú, y des vivas muestras de sentimiento y dolor de lo que padece por ti; y si se cubre el sol los ojos por no ver aquel pecado, mira cuántas veces le crucificas tú con los tuyos, y teme no los cierre y te niegue su luz por no verlos, y ciego en las tinieblas de tus culpas te despeñen en el abismo de la maldad y del infierno.

PUNTO II. Considera lo que dice el Evangelista, que cerca de la hora de nona, que fue la de su muerte, clamó Cristo con voz grande, para mostrar que no le faltaba el sentido, sino que le tenía muy entero, y las angustias y dolores que padecía su alma en aquella cruz; que gran voz es indicio de gran sentimiento; mira el que tuvo de tus pecados, y de hallarse desamparado en aquella ocasión, pues le declara con voz grande, y duélete de haber dejado al Salvador y olvidádole en medio de tantas penas. ¡Oh Señor y bien mío! pésame de haber dado causa a tal angustia y sentimiento, yo os ofrezco de olvidarme de mí antes que olvidarme de vos, y de padecer todos los tormentos del mundo antes que dejaros solo en los trabajos.

PUNTO III. Medita las palabras que dijo Cristo, conviene a saber: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste? La reduplicación en las palabras, como dice san Gerónimo, es señal de sentimiento, y muestra Cristo el que tuvo duplicando la palabra Dios mío, Dios mío, ¿cómo me has desamparado? Mucho sentimiento fue que le desamparase su pueblo, a quien hizo tantos beneficios; mayor que le dejasen sus discípulos, a quien dió su propia sangre; pero que le dejase en un mar de angustias su propio Padre, esto excede a todo sentimiento; debía el hombre por el pecado ser desamparado de Dios, que quien a Dios deja, merece ser dejado de él; y como Cristo tomó todas sus penas, y las quiso padecer por el hombre, tomó también esta, y fue desamparado de su Padre en tantas angustias y dolores, porque no lo fuese el hombre. Por mí, Señor, padecéis la mayor pena, que es veros desamparado en los tormentos de vuestro propio Padre: yo os doy mil gracias por ello, y os pido otra de nuevo, y es que no sea yo desamparado de vos; no miréis a mis pecados, que por ellos merezco que me dejéis eternamente, más mirad a vuestra piedad y tenedla de mí, y no me desamparéis.

PUNTO IV. Contempla a Cristo en este desamparo, y vuelve los ojos a ti mismo, y aprende la lección que te lee en estas palabras en la cátedra de su cruz: si Dios dejó á su Hijo a todo padecer en los trabajos, en la forma que le pudo dejar, no extrañes si te dejare a ti en los tuyos para tu mayor corona; y si el Redentor no se despechó en este desamparo, más recurrió con viva oración a su Padre, llamándole con amor grande una y otra vez, no te despeches tú en los tuyos, más ten firme confianza en la bondad del Señor, y acude a él en la oración, multiplicando ruegos, clamores y gemidos, y confía que serás oído y favorecido de su mano, como lo fue su Benditísimo Hijo.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.