jueves, 12 de marzo de 2026

DE LA NEGACIÓN DE SAN PEDRO

 


Viernes de la III semana de Cuaresma.

DE LA NEGACIÓN DE SAN PEDRO

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Viernes de la III semana de Cuaresma.

DE LA NEGACIÓN DE SAN PEDRO. (Math. 26. Marc. 14.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera las causas que tuvo san Pedro para negar a Cristo que fueron la confianza de sí, blasonando que primero moriría que le negase. La segunda fue alejarse de él en el camino en el cual le iba siguiendo de lejos, como dice el Evangelista. La tercera entrar en palacio y sentarse al fuego con los soldados. La cuarta trabar pláticas con las mujeres libres, y de un escalón a otro vino a caer en el profundo el apóstol escogido para columna de la Iglesia. Considera despacio estos pasos que llevan a lamentable ruina y toma los contrarios porque no caigas en ella, sintiendo humildemente de tí, siguiendo a Cristo de cerca sin perder jamás su lado y huyendo de palacio y de la conversación de las mujeres para asegurar tu partido.

PUNTO II. Pon los ojos en san Pedro en casa del pontífice, sentado al fuego con los soldados en el ínterin que Cristo estaba preso, atado y en pie en el mismo palacio, y que le preguntan una, dos y tres veces por él, y dice y jura que no le conoce. ¡Oh Pedro! ¿Tan mal hombre es por quien os preguntan, que os afrentáis de conocerle? ¡Quién tal pensara de un san Pedro que le había confesado delante de todo el mundo por Hijo de Dios vivo! Conoce cuán terrible es la ocasión y huye de ella cuanto pudieres para no caer en pecado. ¡Oh Señor! tenedme de vuestra mano para no caer en tentación. ¿Qué será de mí, flaco y miserable, cuando la columna de la Iglesia cayó? Mira que tantas veces niegas a Cristo cuantas te desdeñas y afrentas de servirle, y si tú te afrentas de él, él también se afrentará de conocerte por suyo delante de su Eterno Padre.

PUNTO III. Considera lo que sentiría el Salvador viéndose en aquel trance, desamparado de sus discípulos, vendido del uno, negado del otro, cercado de enemigos; y cómo levantaría Cristo los ojos y el corazón a su Padre, diciéndole: Ya, Señor, no me ha quedado sino a vos, en vuestras manos me encomiendo, no me desamparéis. Aquí tienes consuelo en tus desamparos, y enseñanza, a quien has de recurrir en ellos, que es a Dios nuestro Señor, el cual nunca deja a los que no le dejan, y es amparo de los desamparados. Consuélate con Cristo y aprende de su confianza a tenerla en tu Dios, y ofrécete con valor a no dejarle hasta morir a su lado.

PUNTO IV. Considera cómo a la tercera negación cantó el gallo y se acordó Pedro de lo que Cristo le había dicho, que aquella misma noche antes del tercer canto le había de negar; y cómo luego le miró el Salvador misericordiosamente y traspasó con su vista como un dardo encendido su corazón, luego salió del palacio y lloró amargamente su pecado. ¡Oh cuántas cosas tienes aquí que meditar, y que aprender! el canto del gallo, símbolo de los predicadores que despiertan con su voz a los pecadores dormidos en las tinieblas del pecado. Pídele a Dios que envíe muchos fervorosísimos que despierten el mundo del letargo en que duerme, y en especial a tu alma tan dormida y olvidada de lo que le conviene; y ten en la vista de Cristo, cuyos ojos despiden centellas de amor y caridad que encienden las almas. ¡Oh Señor! miradme a mí y tened misericordia de mí, que mirarme será remediarme, y purificar con vuestro fuego mi alma y mi corazón. ¿Qué os cuesta, Señor, volver los ojos hacia mí como los volvisteis a Pedro? Mayor necesidad tengo yo que él. No os causen asco mis pecados, pues vinisteis a buscar los pecadores, de los cuales el mayor soy yo. Atiende otrosí, cómo san Pedro salió de palacio a hacer penitencia; en él se perdió, y fuera de él lloró y lavó las manchas de sus pecados. Sal de palacio, que es una sirena que encanta dulcemente y despeña con su engaño; llora y gime amargamente con san Pedro tus pecados, que si él negó tres veces, tú le has negado tres mil y nunca has hecho penitencia como debes de tus culpas.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.