viernes, 13 de marzo de 2026

DE LO QUE PASÓ CRISTO LA NOCHE QUE ESTUVO PRESO EN CASA DE CAIFÁS

 


Sábado de la III semana de Cuaresma.

DE LO QUE PASÓ CRISTO LA NOCHE QUE ESTUVO PRESO EN CASA DE CAIFÁS

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Sábado de la III semana de Cuaresma.

DE LO QUE PASÓ CRISTO LA NOCHE QUE ESTUVO PRESO EN CASA DE CAIFÁS. (Luc. 22.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera los maitines que le cantaron esta noche al Salvador en la tierra, tan diferentes de los que le cantaban los ángeles en el cielo, porque los verdugos que le guardaban tomaron por entretenimiento mofarle, escupirle y abofetearle, jugar con él como con un loco o insensato, haciendo burla de él como de rey fingido y como de falso profeta, diciéndole muchas blasfemias: no es tiempo de dormir cuando tu Redentor se halla en tan continuos tormentos, y cuando velan sus enemigos para deshonrarle y afligirle y darle nuevas penas. ¡Oh Redentor mío! qué noche esta tan oscura y tenebrosa en que el sol de justicia se ha eclipsado con tantas salivas, bofetadas y afrentas. ¡Oh quién pudiera volver por vuestros agravios, y desafrentar al que es la honra de los cielos y la tierra! Bendito seáis, que tales cosas padecéis por mí. Ángeles del cielo, venid y suplid mi cortedad y miseria, y no ceséis de glorificar a mi Dios para restaurar con vuestras alabanzas las afrentas que los hombres ignorantes y perversos le hacen en la tierra.

PUNTO II. Contempla a Cristo nuestro bien cómo le cubrieron los ojos con un vil y asqueroso paño, y mofando y escarneciendo su deidad, le daban bofetadas diciendo: profetiza quién te dio; y la paciencia, entereza, y la igualdad de ánimo con que llevó estas afrentas, sin despegar sus labios aquel manso Cordero. Duélete de sus penas, restaura con tus alabanzas algo de sus oprobios, y ruégale que no cubran tus culpas sus ojos, ni sean nubes que impidan mirarte con misericordia.

PUNTO III. Considera, alma mía, qué hicieras si te hallaras aquella noche en el palacio del pontífice y vieras a tu dulce esposo en tantos oprobios, blasfemado, escupido, abofeteado, mesada la barba y los cabellos, denegrido con la fuerza de los tormentos; llégate con reverencia y saca las telas de tu corazón y ve limpiando aquel rostro abofeteado, y componiendo aquel cabello desgreñado, y alegrando aquellos ojos sangrientos, y regalando aquel Señor que es las delicias del cielo y de la tierra; híncate de rodillas a sus pies y dile con más lágrimas que palabras: ¡Oh dulcísimo Jesús! grandes fueron mis pecados que hicieron tal estrago en vos. ¡Oh Señor, y cómo me pesa haberos ofendido! yo os he blasfemado cuando puse la lengua en los prelados y superiores que están en lugar vuestro; yo os escarnecí cuando hice burla de los que os sirven; y os escupí al rostro cuando llegué con mi saliva al vuestro sacramentado con menor reverencia que debía. De todo me pesa y os suplico que me deis gracia para no ofenderos más.

PUNTO IV. Considera lo que dice el seráfico doctor san Buenaventura (1); conviene a saber, que los soldados para tomar descanso pasando ya de medianoche, bajaron al Salvador a un hediondo sotanillo adonde estaba una columna partida, a la cual le ataron, y repartiéndose para velarle los que le guardaban, no cesaban de mofarle y decirle injurias; y porque tenía vista a la calle concurrían a mirarle los del pueblo escarneciéndole. Esta cama de descanso halló tu esposo después de tantos afanes; en este albergue le forzaste a entrar cuando llamando a tus puertas no quisiste abrirle; en otro tiempo se quejaba de que tenía rociada la cabeza con el sereno de la noche, ahora la tiene atormentada con los golpes de los soldados, y manchado el rostro con sus salivas. Las vulpejas tienen cuevas, los pájaros nidos, y el Hijo de la Virgen no tiene adonde reclinar su cabeza. Entra en aquel lugar a compadecerte de sus penas, y ofrécele tu corazón para que se recline un poco, que aunque sea más duro que las piedras se ablandará con la sangre que derrama este inocente Cordero.

(1) S. Bonav. med. 75.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.