miércoles, 11 de marzo de 2026

DE COMO CAIFÁS Y SU CONCILIO CONDENARON A CRISTO

 


Jueves de la III semana de Cuaresma.

DE COMO CAIFÁS Y SU CONCILIO CONDENARON A CRISTO

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Jueves de la III semana de Cuaresma.

DE COMO CAIFÁS Y SU CONCILIO CONDENARON A CRISTO. (Math. 26. Marc. 14).

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo viendo Caifás a Cristo en tanto silencio, sin responder a ninguno de los falsos testimonios que le oponían, le conjuró por Dios vivo, que dijese si era su verdadero Hijo; y el Salvador rompió entonces el silencio, y respondió lo que convenía; y él y todo el concilio, ciegos con la luz de esta respuesta, se movieron a ira y descargaron su rabia en el Salvador del mundo. Contempla la humildad del Salvador en obedecer al pontífice, y en respetar el nombre de Dios, pues preguntado por él, no dilató la respuesta, sino que luego se la dió al pontífice con suma verdad y puntualidad, como se lo preguntaba; y aprende a decir la verdad a los jueces con toda claridad siempre que fueres preguntado de ellos, y a respetar, a ejemplo del Salvador, el nombre santo de Dios, de cualquiera boca que le oyeres, aunque sea tan inmunda y sacrílega como la de Caifás.

PUNTO II. Considera cuán falsos y engañosos son los juicios de los hombres, pues condenaron a Cristo nuestro Señor por digno de muerte, porque les dijo la verdad, y cuán poco hay que estribar en ellos; y mira otrosí cuánto puede la lisonja en los malos consejeros, pues por complacer al pontífice los de aquel concilio, vinieron todos en su parecer, siendo tan errado, y no dudaron de condenar con sus votos al autor de la vida. ¡Oh locura y perdición de los hijos de Adán y cuánta es vuestra ambición; pues por lisonjear a un hombre mortal no dudáis de condenar al inmortal, de quien depende vuestra vida! ¡Oh ángeles del cielo! venid a votar en este concilio, y a dar a conocer al mundo quién es el Salvador a quien condena; pero si no creen los hombres a la misma verdad que les habla, ¿cómo os creerán a vosotros ni a otro que se la diga?.

PUNTO III. Considera cómo sabiendo Cristo el efecto que había de hacer en aquellos malos ministros la verdad y las penas que le habían de venir por ella, no la quiso callar, sino decirla claramente para ejemplo nuestro, que no la callemos cuando convenga decirla, por ningún temor o respeto humano. Toma esta lección, y pide al Salvador gracia para decir siempre la verdad claramente, cuando fuere de su santo servicio.

PUNTO IV. Carga el peso de la consideración en todo lo que allí pasa: mira y contempla a Cristo en pie en medio de aquel concilio, preguntado y respondiendo con suma modestia la verdad, cómo era Hijo de Dios, y al sumo sacerdote alterado con esta respuesta, y tan enfurecido que rompió sus vestiduras, diciendo que había blasfemado, que era digno de muerte; y a todo el concilio diciendo lo mismo, sin haber voto en contrario; y a Cristo atropellada su justicia, condenado sin valerle la verdad. ¡Oh alma mía! compadécete de lo que padece por ti tu Salvador, y aprende paciencia y sufrimiento, si te vieres condenado sin culpa de los hombres, y no hagas caso de sus juicios, sino atiende solamente a los de Dios, que son los verdaderos, y aprecia todas las cosas como son.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.