lunes, 9 de marzo de 2026

DE CÓMO CRISTO FUE PRESENTADO DELANTE DE ANÁS

 


Martes de la III semana de Cuaresma.

DE CÓMO CRISTO FUE PRESENTADO DELANTE DE ANÁS

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Martes de la III semana de Cuaresma.

DE CÓMO CRISTO FUE PRESENTADO DELANTE DE ANÁS. (Joann. 81).

 

PUNTO PRIMERO. Esta es la segunda estación que debes andar en compañía del Salvador: entra con la consideración en casa de Anás, que era pontífice aquel año, y mírale sentado con majestad en un trono alto, asistido de ministros y soldados, y a Cristo en lo bajo descubierto, aprisionado, con una soga al cuello como reo, diciendo contra él varios testimonios, tan callado, modesto, compuesto, humilde en el cuerpo, y el alma levantada al cielo, careándose con su Eterno Padre, por cuya obediencia padecía. Mira, pues, al Rey del cielo y tierra preso por tu amor, y al Juez de vivos y muertos juzgado como reo, y al inocente culpado, sin haber cometido culpa, sufriendo con tanta paciencia, y callando como manso Cordero. ¡Oh dulcísimo Jesús! y cuán a vuestra costa nos enseñáis la mansedumbre, la paciencia, la humildad y el resto de las virtudes que son el camino del cielo. ¡Oh alma mía! ven a este tribunal y está atenta a lo que pasa, y aprende la lección altísima que callando te lee, y enmudecido te enseña este divino maestro celestial. ¡Oh Señor! y quién pudiera trocar las suertes y tomar esas prisiones, y ser el juzgado y condenado, pues fui el reo por quien vos estáis así; pésame, Señor, de haber dado ocasión a tan injusta prisión, y a tan dolorosa tragedia como ha venido por vos.

PUNTO II. Considera lo que el pontífice habla, el cual preguntó a Cristo por sus discípulos y doctrina; y advierte que Cristo no respondió cosa alguna de sus discípulos, porque en aquella sazón le habían desamparado y no quiso manifestar su falta, sino sepultarla en silencio; enseñándote a tí y a todos a sepultar las faltas de tus hermanos, mas respondió de su doctrina, en lo cual nunca permitió poner dolo, lo que convenía responder; y un criado, que según algunos fue el mismo a quien sanó en el huerto, levantó la mano y le dió una gran bofetada en su divino rostro, por lisonjear al pontífice. ¡Oh mano sacrílega, cómo no te secaste como la de Geroboan, cuando la extendió contra el Profeta? Y ¡oh rostro en quien se miran los ángeles! ¿cómo estáis ahora tan afeado? ¿Vos, que sois la honra del cielo, os veis tan deshonrado? Contempla la paciencia y el silencio, la compostura y modestia que guarda el Salvador en esta injuria, y cotéjala con la ira, saña y descompostura que tienes tú en el menor agravio que recibes. Llora tu miseria, compadécete de Cristo, y aprende a sufrir afrentas por su amor, como él las sufrió por el tuyo.

PUNTO III. Considera aquellas palabras que dijo el Salvador al que le hirió: si mal hablé, muéstrame en qué; y si bien, ¿por qué me hieres? Mostrándose rendido con humildad a enmendar cualquiera falta que hubiese cometido, y ostentando el respeto que tenía al pontífice como pontífice, y el que debemos tener todos. Considera otrosí las que dijo al pontífice: yo siempre he hablado en público; pregunta a los que me han oído. Bien pudiera el Salvador declarar allí su doctrina, y dar cumplida cuenta de ella sin remitirla a testimonios ajenos, pero no quiso hacerlo para nuestra enseñanza; porque es sospechosa la alabanza en la propia boca, y como dice el Sabio (1), más calificada de la boca ajena, y quiso darnos esta lección de nunca tomar en la boca nuestras propias alabanzas, aunque sea para defender la doctrina, sino dejarlas a la ajena. Vuelve los ojos a ti mismo, y toma esta divina enseñanza, pidiendo a Dios nuestro Señor favor para cumplirla.

PUNTO IV. Entra en cuenta contigo, escudriña tu corazón, y mira si caes en alguno de estos pecados, y entiende que aquellos censuran la doctrina de Cristo como Anás, que censuran la de sus prelados y superiores, por cuya boca habla el mismo Señor, y aquellos le abofetean, que por lisonjear a otros, o contemporizar con ellos, le ofenden y afrentan por los pundonores humanos. ¡Oh miserable pecador! mira cuántas veces le has abofeteado y deshonrado, por seguir las leyes del mundo y lisonjear a los poderosos y puestos en dignidad. Mira otrosí cuántas veces has censurado su doctrina y juzgado mal de ella, censurando y condenando la de tus superiores; llora, gime y hiere tu rostro con entrañable contrición, y no te tengas por digno de parecer en la presencia del Señor, a quien tan gravemente ofendiste.

(1) Proverb. 27.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.