miércoles, 18 de marzo de 2026

DE CÓMO PILATOS EXAMINÓ A CRISTO, Y LO QUE PASÓ CON ÉL

 


Jueves de la IV semana de Cuaresma

DE CÓMO PILATOS EXAMINÓ A CRISTO, Y LO QUE PASÓ CON ÉL

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

Jueves de la IV semana de Cuaresma

DE CÓMO PILATOS EXAMINÓ A CRISTO, Y LO QUE PASÓ CON ÉL. (Math. 27, Luc. 23).

 

PUNTO PRIMERO. Considera como Pilatos, oída la acusación de Cristo, se retiró con él a solas, y le examinó y oyó acerca de los capítulos que le ponían, y habiéndole oído, dijo al pueblo, que no hallaba causa alguna en él; y aunque como mal juez no siguió la verdad; pero hizo bien en oír al Salvador, y no sentenciarle por sola la acusación de los judíos; en que debes aprender a no moverte por solas relaciones de otros, y más cuando son apasionados como estos, sino guardar un oído para la otra parte, y no condenar a nadie sin oírle: mira cómo este juez oyendo a Cristo, juzgó que le acusaban inocentemente, y cree que oída la parte hallarás la verdad, y conocerás que es inocente el que acusan por culpado.

PUNTO II. Considera a Cristo atado y preso delante de Pilatos, con la mesura y gravedad de su persona, y que le pregunta de su reino, y le responde que no es de este mundo sino del otro, y que vino a decir la verdad y a dar testimonio de ella; y preguntándole qué era verdad, le dejó sin esperar la respuesta: medita esta respuesta de Cristo, y no seas como este mal juez, que no esperó a oír la verdad; oye lo que dice el Salvador, que su reino no es de este mundo, y así no le has de buscar aquí sino en el otro: allí le has de esperar, alza los ojos al cielo y contempla aquel reino celestial en que reina Cristo con todos sus cortesanos; mira cómo se cumplió lo que dijo, y habiendo pasado tan brevemente su pasión, ha tantos años que reina, y reinará para siempre: contempla esto, y las verdades que dijo en esta ocasión el Salvador, y levanta tu espíritu y tus deseos a seguirle y servirle en este mundo, para merecer gozarle en su reino celestial.

PUNTO III. Salió Pilatos al pueblo y díjole, que no hallaba causa en Cristo para condenarle a muerte; y ellos le pusieron por acusación que había predicado y conmovido el pueblo con las señales que había hecho. ¡Oh buen Jesús! aquellos a quien hiciste bien, y los que eran de tu pueblo y de tu sangre, y en quien podías tener alguna confianza que te defenderían, te acusan; y los que eran extraños y habían recibido menos beneficios de tu mano, te escusan y confiesan públicamente, que no hallan en ti causa ni pecado ¡Oh Señor! ¿quién se fiará de parientes ni amigos terrenos, cuando vemos a los tuyos hacer tanto contra ti? En ti hallaré consuelo, Dios mío, pues veo que te ponen por crímenes las obras santas que hiciste, si haciendo bien me lo tuvieren a mal, y fuere acusado por las obras que hiciere de tu servicio.

PUNTO IV. Considera cómo volvió segunda vez Pilatos a Cristo, y le dijo que respondiese a las acusaciones que le ponían, y Cristo calló con profundo silencio y no respondió a alguna; de manera que el presidente se admiró vehementísimamente de su paciencia, humildad y mansedumbre, y trató de librarle con más fuerza: tal era la paciencia de Cristo, que admiró a los gentiles y les movió a estima suya. Medítala tú también, y admírate y gózate de tener un maestro de tan invencible paciencia, que rinda con ella a los fieles; y aprende cuánto más poderosa es para rendir los corazones de los enemigos la paciencia con silencio en las injurias, que la respuesta por ajustada que sea. Pídele al Señor que te dé esta virtud, y gracia para sufrir y callar en las ocasiones de injurias que se te ofrecieren.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.