sábado, 7 de marzo de 2026

DEL PRENDIMIENTO DE CRISTO

 


III domingo de Cuaresma.

DEL PRENDIMIENTO DE CRISTO. (Math. 26. Marc. 14.)

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

III domingo de Cuaresma.

DEL PRENDIMIENTO DE CRISTO. (Math. 26. Marc. 14.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo se levantó Cristo de la oración encendido y sudado y teñido de su sangre, y vino a los discípulos y les dijo: dormid y descansad porque ya llega el que me ha de entregar; levantaos y vamos de aquí. Mira el aliento con que sale de la oración y cómo les dice que descansen, porque él toma sus trabajos; avísales del peligro, porque se pongan en cobro, solo él no mira por sí, antes con denuedo y resolución se ofrece a los peligros y se adelanta para recibir en sí los golpes y que no den en los discípulos. ¡Oh alma mía! y qué lección tan celestial tienes aquí para aprender a no cobardear en las ocasiones del servicio de Dios, sino entrar con aliento en las empresas arduas de su servicio, poner la vida por tus prójimos, y recibir los golpes por escusarles a ellos el trabajo. ¡Oh buen Jesus, y cuánto fué vuestro amor pues así ofrecísteis vuestra vida por escusarme el padecer! dadme gracia para que aprenda esta lección y ponga en ejecución todo lo que me enseñais.

PUNTO II. Considera cómo a la sazón que hablaba con sus discípulos, llegó Judas capitaneando a los soldados con armas y luces, y se llegó fingidamente a darle ósculo de paz, que era la seña con que le había de entregar conforme al concierto de los sacerdotes, y él besó a Cristo, y Cristo le beso a él, como quien besa el azote de su Padre y el instrumento de su pasión: mira aquellas dos bocas juntas, y que no tuvo asco el Salvador de ponerla suya en un muladar tan inmundo. ¡Oh cuál sería su sentimiento viendo a su apóstol hecho capitán de ladrones y homicidas! y qué lágrimas correrían de sus ojos llorando su perdición, y cómo levantaría el corazón al Eterno Padre, ofreciéndole aquella injuria que padecía de su amigo, y suplicándole por su salvación; oye aquellas palabras que le dijo tan llenas de mansedumbre y caridad: amigo ¿a que viniste?¿cómo entregas con señal de paz al Hijo del hombre? ¡pero con qué reclamo pudo ser cogido el autor de la paz, sino con seña de paz! ¡Oh Señor, cómo nos enseñáis paciencia y mansedumbre en medio de los mayores trabajos! ¡Oh alma mía! pondera todo lo que aquí pasa para tu bien y provecho, y guarda no imites a Judas, entregando a tu maestro a sus enemigos, que son los pecados, con beso de paz: esto es, en la oración y en los santos sacramentos, y en especial en el Santísimo Sacramento del altar; y ten como dichas para tí aquellas palabras: amigo ¿a qué venís? A tí las dice, y te pregunta a qué viniste a su servicio. ¿A qué entraste en su casa? Rumia estas palabras, y mira cómo cumples con tu obligación.

PUNTO III. Considera cómo se volvió Cristo luego a los soldados que venían a prenderle, y les preguntó a quién buscaban. Y ellos respondieron, que a Jesús Nazareno: pues yo soy, les dijo con todo señorío; y luego ellos atemorizados con el trueno de esta voz cayeron en tierra. Pondera qué espanto causará a los malos el día del juicio aquella terrible y formidable voz de su sentencia: Apartaos de mí malditos al fuego eterno. ¡Oh desdichados los que la han de oír! teme, y tiembla desde luego de la voz espantosa del Señor, y considera cuán fácil le fuera al Salvador lanzarlos a todos en el infierno abriendo la tierra y haciendo que se los tragase vivos, y no quiso usar de su potestad, sino entregarse a la muerte como manso cordero. ¡Oh dulcísimo Jesús! y cuánta es vuestra mansedumbre, y cómo os atáis las manos para ofreceros en sacrificio a vuestro Eterno Padre; grande es el poderío de vuestra palabra, en ella confío y confiaré siempre, y os suplico que habléis una por mí y me defendáis del poder y tiranía de mis enemigos y me deis gracia para que yo me ofrezca voluntariamente por vos, como os ofrecéis por mí.

PUNTO IV. Considera cómo se levantó aquel ejército de soldados temerosos del suceso pasado, y cómo los animaría Judas para que no descaeciesen, sino que ejecutasen la prisión; y Cristo nuestro Señor les diría segunda vez, cómo él era Jesús Nazareno a quien buscaban, y que dejasen ir libres a sus discípulos. ¡Oh que al contrario proceden los hombres! pues siempre procuran escapar ellos de la muerte y que la padezcan otros: bien quisieran prenderlos aquellos soldados, pero las palabras de Cristo, que los derribó en tierra, les ató las manos para que no las pusiesen en ellos y los dejasen ir. ¡Oh benditísimo Jesús! muchas gracias os doy por el cuidado que tenéis de mí, y porque me defendéis de mis enemigos; ¿qué fuera de mí si no fuera por vos? hablad una palabra en mi defensa, y con ella quedaré seguro.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.