martes, 24 de marzo de 2026

DE CÓMO PILATOS ENTREGÓ A CRISTO A LOS VERDUGOS PARA QUE LE AZOTASEN

 


Miércoles de Pasión.

DE CÓMO PILATOS ENTREGÓ A CRISTO A LOS VERDUGOS PARA QUE LE AZOTASEN.

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Miércoles de Pasión.

DE CÓMO PILATOS ENTREGÓ A CRISTO A LOS VERDUGOS PARA QUE LE AZOTASEN.

 

PUNTO PRIMERO. Considera cómo rindiéndose Pilatos como cobarde a las instancias de los sacerdotes y a las voces del pueblo, dio libertad a Barrabás y retuvo preso a Cristo: considera, pues, el gozo y los parabienes de aquel ladrón homicida, y la algazara de unos y otros viéndole con libertad, como cuando se da el victor al que ha salido con cátedra en oposición de otros, y los oprobios que dirían contra Cristo, que de esta manera trata el mundo a los buenos y honra a los malos, y después se trocará la suerte, y estos serán abatidos hasta el abismo, y aquellos ensalzados hasta el trono del Altísimo.

PUNTO II. Considera cómo el juez preguntó al pueblo qué haría de Cristo, que se llamaba Jesús, y todos a una voz respondieron que le crucificase: haz cuenta que te hallas allí presente, y que te hacen la misma pregunta, ¿qué responderás a ella? ¿qué se hará de Cristo, que se llama Jesús? Y responde que viva eternamente, que sea adorado y servido de todas las criaturas, que venga a tu corazón, que tome posesión de tu alma, que no se aparte de ti, ni tú te apartes de él eternamente.

PUNTO III. Viendo Pilatos la obstinación del pueblo, y que por ningún medio ponía en libertad a Cristo, determinó hacer en él un insigne castigo, para aplacar su ira con este medio, y así les entregó a los verdugos para que le azotasen. Contempla, alma mía, a tu dulce Esposo que le arrebatan de la presencia del juez a los ojos de su Santísima Madre, y le llevan a un lugar público, a donde solían azotar a los ladrones y malhechores, para que fuese mayor su afrenta, y que allí le desnudan de sus vestiduras y le dejan a la vergüenza a vista de todo el pueblo, para que con su desnudez cubriese la de Adán mejor que con las hojas de la higuera; mira su empacho y el tormento que le causaría aquella ignominia, y cómo luego le atan fortísimamente a la columna, y empieza aquella rigurosa y sangrienta disciplina, surcando sus delicadas carnes con los rigurosos azotes, que san Jerónimo dice fueron de nervios de toros nudosos y de cambrones y espinas, que ararían aquella tierra virgen, rasgarían sus carnes, correrían arroyos de sangre y ríos de leche de aquella piedra herida para alimento de las almas y purificación de los pecados. Ven a coger de aquel bálsamo saludable para medicinar las llagas de tus pecados. ¡Oh Señor! ¡oh Dios mío! ¿quién imaginara que azotes habían de llegar a Dios, y a vos que sois el Hijo verdadero de Dios? ¡Oh ángeles! ¿cómo sufrís tal cosa? ¡Oh Eterno Padre! ¿qué ha hecho vuestro Santísimo Hijo que descargáis tal disciplina sobre sus espaldas? ¿Yo lo pequé y él lo paga? ¿Qué repartimiento es este? ¡Oh mi Dios! y quién pudiera quitaros de esa columna y recibir los azotes por vos, bendita sea vuestra caridad, que pasa la raya de cuanto podemos imaginar.

PUNTO IV. Considera que en haciéndole una llaga sus espaldas, como eran los verdugos tan crueles, para que se verificase lo que había profetizado Isaías (1), que desde los pies a la cabeza no le había de quedar parte sana, le volvieron las espaldas a la columna, atándole segunda vez fuertemente, y empezaron de nuevo remudándose los verdugos a herirle y azotarle en el pecho y en todo el resto del cuerpo con indecible crueldad. ¡Oh Eterno Señor! ¿es ese el pecho en que descansaban vuestra Santísima Madre y el amado discípulo san Juan? ¡Oh Vírgen Piadosísima! ¿y quién dará consuelo a vuestro dolorido corazón en tan incomparable dolor y sentimiento? Está atento a toda la disciplina, contemplando las virtudes heroicas que te enseña el Salvador, y mira como acabada, según dice santa Brígida, llegó uno de los verdugos y cortó el cordel con que le tenían atado, y como estaba tan flaco y desangrado cayó en tierra en la balsa de su sangre, sin poderse sustentar, y allí de nuevo con increíble inhumanidad le dieron muchos golpes. ¡Oh dulce Jesús! ¿es este el lavatorio de rosas y flores y vinos preciosos que os han preparado para las llagas que os causaron mis pecados? ¿Qué es esto, Señor? ¿Adónde ha de llegar vuestro tormento, y qué fin ha de tener vuestra pasión? Mis ojos serán fuentes, que destilen arroyos de agua para lavar vuestras llagas, y mi corazón dará sus telas para enjugarlas: dadme licencia que llegue a vuestros pies para recoger vuestra sangre, y que lave y purifique mi corazón de las manchas de mis pecados.

(1) Isai. 1.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.