Lunes de la III semana de Cuaresma.
DE LA PRISIÓN DE CRISTO NUESTRO SEÑOR
MEDITACIONES
SOBRE
LA PASIÓN
por el P. Alonso de Andrade,
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Al comenzar
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:
en tu presencia me postro de rodillas,
y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,
vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,
verdadero dolor de mis pecados
y propósito firmísimo de enmendarme;
mientras con gran afecto y dolor
considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,
teniendo ante mis ojos aquello
que ya el profeta David ponía en tus labios
acerca de ti:
'Me taladran las manos y los pies,
puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".
Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.
Lunes de la III semana de Cuaresma.
DE LA PRISIÓN DE CRISTO NUESTRO SEÑOR.
PUNTO PRIMERO. Considera cómo en dándoles permisión el Salvador, llegó toda aquella turba de los soldados atrevidamente y le echó mano y prendió como a malhechor: levantarían el grito y correría la voz con gran júbilo de todos que apellidaron victoria, y se darían el parabién del suceso unos a otros, y luego a porfía le asirían y maltratarían, diciéndole muchos baldones y haciéndole cuantas injurias pudiesen, así le cargarían de golpes y bofetadas y le atarían fuertemente, porque no se les fuese como les había advertido Judas. ¡O alma mía! ya es tiempo que des lugar a la compasión y a las lágrimas viendo lo que el Salvador pasa por tí: tú hiciste el delito, y él es puesto en cadenas y grillos por amor de tí. ¡Oh Señor y qué gracias os daré por tan grande merced! dadme gracia para que siquiera os acompañe con la compasión que debo y con el dolor de haberos ofendido.
PUNTO II. Considera cómo san Pedro viendo el atrevimiento de los soldados se puso en defensa al lado del Salvador, y del primer golpe cortó la oreja a un soldado, y Cristo le fue a la mano y le mandó que envainase y no impidiese el cáliz de su pasión, y juntamente se bajó y tomó la oreja del suelo y con suma piedad la puso en su lugar y sanó milagrosamente al soldado de la herida que había recibido. Bendito seáis, Señor, que aunque estáis preso, tenéis siempre libres las manos para hacer bien a todos y más a los que más os ofenden. Contempla aquella paz del Salvador del mundo en medio de aquella guerra y la compostura que guarda en medio de tan grande turbación; y la piedad y benignidad con que sana al herido, y como no quiere ser defendido de nadie, sino dejado a la voluntad de su padre, y aprende a no vengarte y a dejar tus agravios en las manos del Señor. Alza los ojos al cielo y mira los ejércitos celestiales que tiene este Señor en su servicio todos armados y detenidos por la voluntad, para no defenderle, alabando y engrandeciendo su paciencia: acompáñalos tú y no ceses de alabarle y engrandecerle con ellos.
PUNTO III. Considera cómo huyeron todos los que le seguían y los que habían blasonado de morir a su lado: pondera qué poco hay que fiar en ofertas de hombres, ni en amigos ni parientes, y pon toda tu confianza en Dios y no imites a los que le dejaron en sus trabajos, dejándole tú en el tiempo de padecer, porque si entonces le vuelves las espaldas y rompes en impaciencias y despechos, desamparas a Cristo Señor nuestro en su pasión.
PUNTO IV. Ahora has de hacer dos caminos, uno con los discípulos que huyeron, y otro con Cristo que va preso en medio de sus enemigos: mira a los discípulos descarriados, cada uno por su parte, sin saber qué consejo tomar, tristes, afligidos y avergonzados por haber dejado a su santo maestro en poder de los homicidas, que así se halla quien deja la compañía de Cristo por temores y respetos humanos; y si quieres camina con san Juan al retrete de la Beatísima Virgen, a donde sin duda iría a darle la nueva de lo que pasaba; entra con él, oye lo que dice y atiende el sentimiento que tendrían la Virgen y aquellas santas mujeres que la acompañaban, el dolor de su corazón y las lágrimas que correrían de sus ojos, y cómo procurarían consolarla, y mira lo que pasaron toda aquella triste noche, y luego vuelve con Cristo y acompáñale en su prisión. Mira cómo le llevan atadas las manos con lazos a la cintura y a los pies, dándole empellones, medio corriendo y a veces arrastrándole, el rostro encendido y acardenalado de los golpes, adelantándose unos y corriendo otros por ganar las albricias con los pontífices: y contempla en este mar de afrentas y dolores, la serenidad del Salvador del mundo y la paz de su alma, como cordero en medio de los lobos, sufriendo sus injurias sin despegar su boca, y muévete a compasión de tantas penas como pasa, y a imitación de tantas virtudes como ostenta.
Al finalizar
INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN
San Buenaventura
Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!
Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!
Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!
Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!
Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.
También puede terminarse recitando el viacrucis.