viernes, 27 de marzo de 2026

DE CÓMO PILATOS MOSTRÓ A CRISTO AL PUEBLO DICIENDO: ECCE HOMO

 


DE CÓMO PILATOS MOSTRÓ A CRISTO AL PUEBLO DICIENDO: ECCE HOMO

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Sábado de Pasión.

DE CÓMO PILATOS MOSTRÓ A CRISTO AL PUEBLO DICIENDO: ECCE HOMO. (Joann. 19.)

 

PUNTO PRIMERO. Considera ¡Oh alma mía! cuál estaría tu dulce Esposo en aquella ocasión; pues viéndole el presidente tan llagado y deshonrado y coronado de espinas, hecho un retrato de duelos, medio desnudo y cubierto con aquella púrpura de afrenta, le quiso mostrar al pueblo, persuadido que solo con su vista se movería a lástima, y se daría por contento y satisfecho de la venganza que pretendía tomar de él, viéndole tan dolorido. ¡Oh Jesús mío, qué corazón habrá que no se ablande, y qué entrañas que no se muevan a lástima y compasión de vuestras penas, cuando las de aquel juez gentil se movieron a ella! ¡Oh si mi corazón más duro que las peñas se ablandara y derritiera a la vista de tan indecible dolor y de tan inaudita afrenta! ¿Qué imagen es esta que veo delante de mis ojos? ¿Quién os ha puesto, así sino mis pecados? ¡Oh ángeles! venid a reconocer a vuestro Dios; mirad si es este el que bajó del cielo, y a quien reconocísteis y adorásteis en el pesebre, la luz del día, el resplandor del Padre, la alegría de la gloria y la consolación de todo el mundo. Mírale tú y contémplale despacio, y mírate en este espejo que tienes a tu vista, para regular tus acciones y corregir tus faltas.

PUNTO II. Considera el empacho que padecería el Salvador viéndose en alto, vestido de ignominia y a vista de todo el pueblo, levantando la púrpura Pilatos para descubrir las llagas y clamando: Ecce Homo. Veis aquí el Hombre: que estaba tal que con dificultad lo parecía. Pondera que si un hombre honrado siente verse mal vestido a vista de su pueblo, y así Adán tuvo empacho de verse desnudo delante de sola su mujer: ¿qué empacho y afrenta sentiría Cristo de verse, no solo desnudo y cubierto con una ropa vieja y rota, que dice san Buenaventura (1) era de seda por escarnio, y lleno de tantas llagas cuantas habían causado los azotes? ¡Oh alma mía! levanta los ojos a mirar a este Hombre, oye la voz del presidente que clama: Ecce Homo; pero mayor te la da el cielo repitiendo las mismas palabras: Ecce Homo. Mira al Hombre, principio de todos los hombres; mira al Hombre, que juntamente es Dios y Hombre; mira al Hombre, que fue formado por virtud del Espíritu Santo, y nació por tí y ahora muere por tí; mira al Hombre, que vino a enseñarte el camino del cielo y a darte el precio de tu rescate; mira al Hombre que fue deseado de todos los siglos pasados, y será envidiado de los venideros: Ecce Homo. Mírale en lo exterior y en lo interior aquella alma santísima en un cuerpo tan llagado, aquel espíritu tan constante, tan igual y sin turbación en todos sucesos, ofreciendo aquella afrenta a su Padre en recompensa de tus vanidades, ¡Oh Señor! bendito seáis, que a tanta costa me comprasteis; y a precio tan subido me redimisteis: dadme, Señor, que siquiera sea agradecido, reconociendo lo que pasasteis por mí y compadeciéndome de vuestros dolores.

PUNTO III. Considera que, como dice el Seráfico Doctor, estaría presente, aunque retirada, la Beatísima Virgen con su santa compañía, y levantaría el rostro a mirar a su Hijo, y el Hijo desde lo alto extendería los ojos a mirar a su Piadiosísima Madre, y se carearían aquellas dos lumbreras del cielo: qué sentimiento el de ambos en tal ocasión y con tal vista, y qué respondería la Virgen a las palabras del presidente: Ecce Homo. Mirad, Virgen Purísima, si es aquel vuestro Hijo, y si es aquella la cabeza que solíades recostar sobre vuestro pecho, y aquel el rostro en que os mirábades, y aquel pecho el de vuestro descanso: Ecce Homo. Contemplad aquel Hombre, y dadnos a todos gracia para conocerle y contemplarle.

PUNTO IV. Considera la respuesta que aquel pueblo dio al presidente, bajando los ojos y la cabeza y haciendo ademanes con las manos: quítale, quítale y crucifícale. ¡Oh qué dardo tan penetrante para los corazones de Cristo, de María y de todos sus devotos! y cómo debiera penetrar el tuyo, si tuvieses una centella de amor: atiende a la dureza en que cayeron estos malvados, por dar lugar a sus culpas y cerrar la puerta a las voces de Dios; pues tanto resplandor de virtudes como Cristo dió en su pasión y tanta sangre derramada, no pudieron hacer mella en su obstinado corazón, y no dejes a tus culpas enseñorearse de tí, porque no caigas en semejante dureza: atiende a la respuesta y hallarás en ella la causa de su perdición; quítale, dicen, de nuestros ojos y crucifícale. De lo primero se sigue lo segundo, porque aquellos crucifican a Cristo con sus pecados, que le quitan de sus ojos; y le pierden de vista los que no le miran ni contemplan sus virtudes, su santidad y las misericordias que usa continuamente con los hombres: como los que pierden el sol, quedan en tinieblas y se despeñan. ¡Oh buen Jesús mío! no os apartéis de mi vista, ni yo aparte mis ojos de vos. ¡Oh quién os estuviera mirando y contemplando continuamente sin cesar, como os miran y contemplan los ángeles en el cielo! Miradme vos, Señor, ya que yo no sé miraros a vos, y dadme esta gracia, que siempre os traiga en mi memoria, y contemple vuestra pasión, sin perderos jamás de vista mientras viviere en esta peregrinación.

(1) S. Buenav. medit 76.

 

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.