domingo, 1 de marzo de 2026

DE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE INTERVINIERON EN LA ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR

 


Lunes de la II semana de Cuaresma.

DE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE INTERVINIERON EN LA ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR.

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Lunes de la II semana de Cuaresma.

DE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE INTERVINIERON EN LA ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice Metaphraste (1), Cristo nuestro Señor envió con san Pedro la sagrada Comunión a la Santísima Vírgen María su Madre, y a las devotas mujeres que la acompañaban, todas las cuales estaban en otra pieza retirada de la casa, porque gozase aquella noche del singular favor que hacía a sus discípulos, de que no era justo privar a su benditísima Madre. Contempla con qué ternura y devoción, y con qué linaje de agradecimiento recibiría aquella beatísima Señora el don preciosísimo que le enviaba su Santísimo Hijo; qué lágrimas dulcísimas correrían por sus ojos, viendo ya establecida la ley evangélica que vino a promulgar el Salvador del mundo, y gozando ya de las fuentes caudalosas de los santos sacramentos, y en especial de aquel divinísimo en que le daba al Autor de la gracia, y volvía a recibir en su seno sacramentado al mismo Hijo que nació de sus entrañas; no hay lengua que lo pueda declarar, solo Dios y quien lo pasó puede decirlo. ¡Oh Virgen Purísima! gózome de vuestro gozo, y pido a todas las criaturas que se gocen con vos: sea mil veces enhorabuena, y acordaos de nos cuando recibís tan singular merced, hacednos dignos de recibirle nosotros.

PUNTO II. Considera lo que dice san Buenaventura (2); conviene a saber, que esta casa en que celebró Cristo la última cena quedó consagrada en iglesia y habitación de los apóstoles y discípulos del Señor, y el dueño que la dio gratamente fue san Marcial, a quien Cristo retornó tal gracia en pago de su hospedaje, que llegó a ser santo canonizado en su iglesia. Medita con atención cuánto le importó a este santo recibir a Cristo en su casa, qué glorioso empleo hizo de ella qué retornos de gracia recibió de la mano del Señor, qué gloria goza al presente por esta limosna que le hizo, y mira cuánto te importa hacer otro tanto á tí, cuando se ofreciere ocasión de recibir a Cristo en sus pobres en tu casa, y darles los bienes temporales porque te dé los eternos.

PUNTO III. Considera a san Juan Evangelista recostado en aquella mesa sobre el pecho de Cristo, aprendiendo los misterios soberanos que después declaró al mundo. Contempla el amor que Cristo le muestra, la confianza con que san Juan descansa sobre su pecho; y cómo en los otros discípulos no hubo envidia de este favor, teniéndole todos por digno de él por su grande santidad, y aprende a fiarte del Señor, a descansar con él en todas tus fatigas: dale gracias por los favores que hace a los suyos, y aliéntate a servirle con perfección, para que merezcas ser uno de sus escogidos.

PUNTO IV. Considera cómo en acabando la cena, dió gracias a su Eterno Padre con toda su santa compañía; solo Judas salió de la mesa con el bocado en la boca, sin detenerse a dar gracias, como dice san Cirilo, que fue causa de su perdición: escarmienta en su desgracia y no sigas sus pisadas; mira cuánto te importa detenerte a dar las debidas gracias a Dios, cuando comulgares, por las mercedes que te ha hecho, y en los demás beneficios que recibieres.

(1) Metaphr. apud Barrad. tit. 4, lib. 1, c. 17. (2) S. Bonavent. de med. Christi. c. 73.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.