San José en los escritos de los Santos
Los Santos han ayudado de un modo singular a la expansión de la devoción a San José en la Iglesia. Luego han sido los Papas los que han propuesto e invitado a los fieles a invocar su intercesión para bien de la Iglesia.
La devoción a san José en la historia de la Iglesia
Para conocer la evolución de la devoción a San José en la historia de la Iglesia, acogemos la síntesis e interpretación que realizó el P. Francisco Solá SJ, en una introducción a la exhortación apostólica Redemptoris Custos de Juan Pablo II.
“San José es, sin duda, uno de los personajes más misteriosos de la hagiografía. Y es, también sin duda, el mayor Santo después de Jesús y de María. Su nombre no aparece más que en el Nuevo Testamento: en San Mateo y en San Lucas; y esporádicamente en San Juan (6,42). Y siempre en función de Jesús. […]
Con muy pocas palabras los Evangelistas han dicho mucho. A José lo han propuesto, sin decirlo, como el mysterium que deposita los mysteria abscondita y a su debido tiempo los ha de manifestar. Por esto José permaneció en la oscuridad mientras el misterio, Cristo, se revelaba por sí mismo y por los Apóstoles y sus sucesores. Extraordinarios carismas acompañaban la predicación de los primeros seguidores de Jesús. A medida que la Iglesia iba adquiriendo dominio sobre la sociedad y las naciones, el misterio se hacía más patente. San José seguía en la oscuridad. Solo se hablaba de él a propósito de María o de Jesús, en homilías, sermones, exposiciones del dogma de la virginidad perpetua de María y de la concepción virginal de Jesús. Pero cuando ya comenzó la Iglesia a verse en serios peligros por los cismas, herejías y luchas entre pseudopapas… en la plenitud de la Edad Media, al prepararse el paso decisivo a la Edad Moderna con un cambio radical de las sociedades y naciones, surge la devoción a San José, se le da culto, se instituye su fiesta, y poco a poco se le invoca como protector de la Iglesia. Los teólogos, que han elaborado una Teología cada vez más sistemática y profunda, han visto la misión inigualable de José y de María en la vida de la Iglesia y en la que llaman Historia de la salvación. Y surgen la Mariología y la Josefología. La devoción al Santo se acrecienta con ello y con el impulso de Santa Teresa de Jesús y la Orden carmelitana”[1].
En un breve pasaje del capítulo VI del Libro de la Vida, Santa Teresa de Jesús da testimonio de su experiencia sobre el poder intercesor de San José e invita a todos a que lo invoquen, con palabras llenas de persuasión: “Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino” [2](Vida 6, 7-8).
Las palabras de Santa Teresa sobre san José recogidas en el capítulo sexto del Libro de la Vida, ha influido en difusión de la devoción San José, no solo en el seno de la Orden del Carmen, que a su vez ha ido expandiendo por doquier la devoción a San José, sino en la misma Iglesia. Algunos santos que leyeron los escritos de santa Teresa de Jesús, al constatar la veracidad de sus palabras sobre el Santo Patriarca, se convirtieron a su vez en pregoneros de la devoción a San José, entre ellos San Francisco de Sales, San Alfonso de Ligorio. Cuando ha habido problemas graves en la Iglesia, la semilla de la devoción a San José que habían sembrado algunos santos en la Iglesia da fruto en abundancia, pues ya no son los santos los que de un modo particular invitan a tener devoción a San José a sus compatriotas sino que son los mismos Papas los que invitan al pueblo de Dios a invocarlo en las graves necesidades en los que se encuentra la Iglesia.
Lucot, muestra la decisiva importancia de este texto de santa Teresa de Jesús: «Los papas encontraron un auxiliar poderoso para la propagación del culto de nuestro santo en la célebre reformadora del Carmelo. Gersón había hecho mucho por él, Teresa hizo mil veces más por sí misma, por los religiosos de su Reforma, y por las religiosas de su Carmelo. San José le es deudor, sobre todo de su gloria sobre la tierra»[3].
San Juan Crisóstomo (344-407)
Aparecido, pues, el ángel, habla no con María, sino con José, y le dice: Levántate y toma al niño y a su madre. Aquí ya no le dice: «Toma a tu mujer». Había tenido lugar el parto, se había disipado la sospecha, José estaba asegurado en su fe; el ángel, por ende, puede hablar ya con libertad, y no llama suyos ni a la mujer ni al niño. Toma—le dice— al niño y a su madre y huye a Egipto. Y ahora la causa de la huida: Porque Herodes —le dice— ha de atentar a la vida del niño.
Al oír esto, José no se escandalizó ni dijo: Esto parece un enigma. Tú mismo me decías no ha mucho que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y largo desplazamiento. Esto es contrario a tu promesa. Pero nada de esto dice, porque José es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que el ángel lo había dejado indeterminado, pues le había dicho: Y estáte allí hasta que yo te diga. Sin embargo, no por eso se entorpece, sino que obedece y cree y soporta todas las pruebas alegremente. Bien es verdad que Dios, amador de los hombres, mezclaba trabajos y dulzuras, estilo que Él sigue con todos los santos. Ni los peligros ni los consuelos nos los da continuos, sino que de unos y otros va Él entretejiendo la vida de los justos. Tal hizo con José. Si no, mirad. Vio preñada a la Virgen, y esto le llenó de turbación y angustia suma, pues pudo sospechar que su esposa hubiera cometido un adulterio; pero inmediatamente se presentó el ángel, que le disipó la sospecha y quitó todo temor. Ve al niño recién nacido, y ello le procura la más grande alegría; pero bien pronto a esta alegría le sucede un peligro no pequeño: la ciudad se alborota, el rey se enfurece y busca matar al recién nacido. A este alboroto síguele pronto otra alegría: la aparición de la estrella y la adoración de los magos. Tras este placer, otra vez el miedo y el peligro: Porque busca —le dice el ángel— Herodes el alma o vida del niño. Y nuevamente el ángel da orden de huir y cambiar de sitio a lo humano, pues no era aún tiempo de hacer maravillas. Si el Señor hubiera empezado a hacer milagros desde su primera edad, no se le hubiera tenido por hombre. De ahí que tampoco se construye de golpe el templo de su cuerpo, sino que primero viene la concepción, luego la gestación por nueve meses, luego el parto, luego la leche de los pechos, el silencio por todo aquel tiempo; en fin, el Señor espera la edad conveniente de varón a fin de que por todos estos medios sea fácilmente aceptado el misterio de la encarnación”[4].
San Bernardo (1091-1153)
Por estas razones fue desposada María con José, o, como dice el evangelista, con un varón cuyo nombre era José. Varón le llama no porque fuese marido, sino por ser hombre de virtud. O mejor, porque según otro evangelista fue llamado no varón simplemente, sino varón de María, con razón se le llama como fue necesario reputarle. Debió, pues, llamarse varón suyo, porque fue necesario reputarle tal; así como también mereció no ser con verdad, sino llamarse Padre de Dios; por donde se pensó que lo era, diciendo este mismo evangelista: Tenía Jesús, al comenzar su ministerio, como treinta años, y era reputado hijo de José. Ni fue, pues, varón de la Madre ni padre del Hijo, aunque, como se ha dicho, por una necesaria razón de obrar y permisión en Dios, fue llamado y tenido algún tiempo por lo uno y por lo otro. […]
Aquél, guardando lealtad a su señor, no quiso consentir al mal intento de su ama; éste, reconociendo virgen a su señora, Madre de su Señor, la guardó fidelísimamente, conservándose él mismo en toda castidad. A aquél le fue dada la inteligencia de los misterios de los sueños; éste mereció ser sabedor y participante de los misterios celestiales. Aquél reservó el trigo no para sí, sino para el pueblo; éste recibió el Pan vivo del cielo, no para sí, sino para todo el mundo. Porque, sin duda, este José con quien se desposó la Madre del Salvador, fue hombre bueno y fiel. Siervo fiel y prudente, repito, a quien constituyó Dios consuelo de su Madre, nutricio de su carne, finalmente, a él solo en la tierna, coadjutor fidelísimo del gran consejo.
Allégase a esto el referirse también que era de la casa de David. Verdaderamente de la casa de David. Verdaderamente de regia estirpe desciende este José; noble en linaje y más noble en el ánimo. Verdaderamente hijo de David, pues no degenera de David, su padre. Sí, repito, hijo de David, no sólo por la carne, sino por la fe, por la santidad, por la devoción; a quien halló Dios, como a otro David, según su corazón, para encomendarle con seguridad el secretísimo y sacratísimo arcano de su corazón; a quien, como a otro David, manifestó los secretos y misterios de su sabiduría, dándole a conocer aquel misterio, que ninguno de los príncipes de este mundo conoció; a quien, en fin, se concedió el ver aquel a quien muchos reyes y profetas, queriéndole ver, no le vieron; y queriéndole oír, no le oyeron; no sólo verle y oírle, sino tenerle en sus brazos, llevarle de la mano, abrazarle, besarle, alimentarle y guardarle”[5].
San Bernardino de Siena (1380- 1444)
«… Si lo comparas a toda la Iglesia de Cristo: ¿no es éste el hombre elegido y singular, por el cual y bajo el cual Cristo entró en el mundo ordenada y honestamente? Luego si a la Virgen Madre es deudora toda la Iglesia santa, porque ha sido hecha digna por Ella de recibir a Cristo; así ciertamente a éste, debe la Iglesia, después de Ella, agradecimiento y reverencia singular.
Pues ésta es la llave que cierra el Antiguo Testamento, en que la dignidad patriarcal y profética consigue el fruto prometido. Pues éste es el único que poseyó corporalmente, lo que a aquéllos les había prometido la divina dignación. Con razón pues es figurado por aquél Patriarca José, que guardó para los pueblos el trigo. Pero éste sobresale por encima de aquél porque no sólo da a los egipcios el pan de la vida corporal, sino que con mucha solicitud alimenta a todos los elegidos con el pan del cielo que da la vida celeste […]
En las palabras «siervo bueno y fiel-… se expresa también la sublimidad de su glorificación, al concluir: entra en el gozo de tu Señor. Ciertamente no hay que dudar de que Cristo no le negó en el cielo, antes bien completó y llevó a perfección, aquella familiaridad, reverencia y dignidad en gran manera sublime, que respecto a él mostró al tratarle en lo humano como trata un hijo a su padre. Por esto se añade: entra en el gozo de tu Señor.
Porque aunque el gozo de la eterna bienaventuranza penetra en el corazón del hombre, prefirió el Señor decir entra en el gozo. Para insinuar místicamente que aquel gozo no sólo está dentro de él sino que por todas partes le circunda y le absorbe y le sumerge como en un abismo infinito.
Hay que creer piadosamente, aunque no afirmarlo con certeza, que el piadosísimo Hijo de Dios, Jesús, dotó al que era considerado como su padre con el mismo privilegio que a su Madre Santísima, de modo que así como Ella fue asunta al cielo gloriosamente en cuerpo y alma, así también en el día de su Resurrección el Señor tomó consigo al Santísimo José en resurrección gloriosa. Así como aquella Santa Familia, Cristo, María y José, en esta trabajosa vida y amorosa gracia vivieron juntos en la tierra: así ahora con amorosa gloria reina en cuerpo y alma en el cielo; según la regla del Apóstol, II Cor. 1: Así como fuisteis compañeros de las penas, así lo seréis de la consolación; pues está escrito en Mateo, 27: resucitaron muchos cueipos de los Santos que habían dormido, es decir que habían muerto. Y esto fue obrado por el Señor al resucitar porque Él es primogénito de los muertos y Príncipe de los reyes de la tierra, como se dice en Apoc. I. Esto se narra por anticipación para manifestar que es obrado por la virtud y el mérito de su Pasión.
Resucitaron, digo, con Cristo como testigos de su Resurrección. Y esto lo expresa Mateo abiertamente cuando en el mismo cap. 27 dice: Y saliendo de los sepulcros después de su Resurrección vinieron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos. Entre estos resucitados hay que creer piadosamente que se contó este Santísimo Varón.
Acuérdate pues de nosotros, bienaventurado José, y con el sufragio de tu oración intercede ante tu Hijo putativo, y a la Bienaventurada Virgen tu Esposa háznosla propicia; ella que es Madre de Aquél que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por infinitos siglos de los siglos. Amén”[6].
Santa Teresa de Jesús (1515-1582)
«Tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra -que como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar-, así en el cielo hace cuánto le pide. Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad. […]
Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío. […]
Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino»[7].
Beata Ana de San Bartolomé (1549-1626)
De Santa Teresa de Jesús, aprenderá la beata Ana de san Bartolomé a confiar en la poderosa intercesión de San José:
«Pidámosle su ayuda y la de los santos, que mucho nos importa tenerlos por intercesores en nuestras necesidades. Y en particular al glorioso San José, como tan querido de Dios, no nos negará su Majestad cosa que por él le pidamos, que después de la Virgen, no dudo sino que Jesucristo le quiere y tiene más cerca a sí que otros santos, porque fue su padre en la tierra y le sustentó con el sudor de su trabajo y estuvo con él en el destierro de Egipto. […] Y nuestra Santa Madre Teresa dice que después que le tomó por abogado no le pidió cosa que se la negase. Y esta devoción de San José plantó la Santa en España, que casi no lo conocían, y ahora lo es tanto, que no solo en sus monasterios, mas hay grandes cofradías de él y en su día tantas devociones en las iglesias y misas con música y tañido de las campanas, como el día de Pascua. Harto ayuda a España este glorioso Santo»[8].
San Francisco de Sales (1567-1622)
«Glorioso San José, esposo de la Virgen María, dispénsanos tu protección paterna. Nosotros te suplicamos por el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo. Tú, cuya protección se extiende a todas las necesidades y sabe tornar posibles las cosas más imposibles, dirige tu mirada de padre sobre los intereses de tus hijos. Recurrimos a ti, con confianza en las angustias y penas que nos oprimen; dígnate tomar bajo tu caritativa protección este asunto importante y difícil que s la causa de nuestras inquietudes. Haz que su feliz desenlace sea para gloria de Dios y bien de sus servidores»[9]
San Alfonso María de Ligorio (1696-1787)
“A nadie se le oculta cuán poderosa debe ser ante Jesucristo la intercesión de San José, cuando se meditan las palabras del Evangelio: erat subditas illis (Le 2,51). Es decir, que durante tantos años el Hijo de Dios se ocupó en obedecer puntualmente a José y a María. Lo que vale tanto como afirmar que, apenas San José manifestaba su voluntad con una palabra o con un signo cualquiera, Jesús lo ponía al punto por obra. Esta humilde obediencia de Jesús eleva la dignidad de San José por encima de todos los Santos de la corte celestial, a excepción de la Madre de Dios.[…] Hemos de ser devotos de San José principalmente para que nos obtenga una buena muerte. Por haber librado a Jesús de los lazos que se le tendieron, tiene el privilegio especialísimo de librar a los moribundos de los asaltos del demonio; y por haber asistido durante tanto tiempo a Jesús y María, proporcionándoles con su trabajo el alojamiento y la manutención, tiene el privilegio de alcanzar para sus devotos una asistencia muy particular de Jesús y María en el trance supremo de la muerte.
¡Oh poderoso protector mío San José! Por mis pecados yo me he hecho indigno de una buena muerte. Pero, si Vos me defendéis, no puedo perderme. Vos fuisteis no sólo un íntimo amigo de mi soberano juez, sino además su guardián y su padre nutricio. Encomendadme a Jesús, que os ama a Vos tan tiernamente. Me pongo bajo vuestro patrocinio; aceptadme como vuestro perpetuo servidor. Por la compañía santísima de Jesús y María, de que gozasteis durante vuestra vida, obtenedme que no me separe nunca de su amor. Y por la asistencia que Jesús y María os dispensaron en la hora de vuestra muerte, obtenedme a mí la gracia de ser también asistido por ellos en ese trance supremo. ¡Oh Virgen Santísima! Por el amor que profesáis a vuestro esposo, José, no dejéis de socorrerme en los últimos instantes de mi vida”[10].
Beato Francisco Palau (1811-1872)
«En este gran Santo tenemos un poderosísimo abogado para todo. […] Parece que Dios ha encargado de un modo particular a San José la salvación de la Iglesia en estas borrascas, particularmente las de España. […] San José es sin duda después de María el más firme protector para lograr el triunfo de la religión católica en España. […] Tome a San José no sólo como abogado, sino aún maestro; le enseñará el manejo de las armas espirituales al modo que lo enseñó a Santa Teresa […], que agenció con Dios […] la conservación de la religión católica en España. Y en esta noble empresa, su director, protector y maestro fue San José». Para alcanzar con mayor seguridad la intercesión de la Virgen María, se debe interponer «la intercesión de todos sus ángeles y santos, especialmente la de su esposo San José». De modo, que si el alma con viva fe «puede comprometer en su favor el patriarca San José, con él tendrá a María, con María a Jesús y con Jesús al Padre». Ya que el «Padre hace lo que el Hijo le pide, el Hijo lo que le pide su Madre»[11].
Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)
«Desde mi infancia había sentido hacia San José una devoción que se confundía con mi amor a la Santísima Virgen». «Rogué también a San José que velase por mí. Todos los días le rezaba la oración: “San José, padre y protector de las vírgenes”. Con esto, emprendí sin miedo el largo viaje (a Italia) Iba tan bien protegida, que me parecía imposible tener miedo» (Ms A 57r).
Su amor y confianza a San José le acompañará en toda su vida, a él dedicará una poesía: «Vuestra admirable vida / en la sombra, José, se deslizó / humilde y escondida, / ¡pero fue augusto privilegio vuestro / contemplar muy de cerca la belleza/ de Jesús y María! / ¡Más de una vez, el que es Hijo de Dios, / y entonces era niño/ y sometido en todo a la obediencia vuestra, / sobre el dulce refugio de vuestro pecho amante / descansó con placer!/ Y como vos, nosotros,/ en la tranquila soledad, servimos / a María y Jesús, / nuestro mayor cuidado es contentarles, / no deseamos más. / A vos, Teresa, nuestra Santa Madre, / acudía amorosa y confiada / en la necesidad, / y asegura que nunca su plegaria / dejasteis de escuchar. / Tenemos la esperanza de que un día, / cuando haya terminado la prueba de esta vida, / al lado de María iremos, Padre, a veros. / Bendecid, tierno Padre, nuestro Carmelo, y tras el destierro de esta vida reunidnos en el cielo!»[12]
“¡Qué hermoso será conocer en el cielo todo lo que ocurrió en el seno de la Sagrada Familia! […] ¿Y san José? ¡Ay, cuánto lo quiero! El no podía ayunar, debido a su trabajo. Lo veo acepillar, y después secarse la frente de vez en cuando. ¡Qué lástima me da de él! ¡Qué sencilla me parece que debió de ser la vida de los tres! […] … Lo que me hace mucho bien, cuando pienso en la Sagrada Familia, es imaginármela llevando una vida totalmente ordinaria. […] No, el Niño Jesús no hacía milagros inútiles como ésos, ni siquiera por complacer a su Madre. Y si no, ¿por qué no fueron transportados a Egipto en virtud de un milagro, que, por lo demás, habría sido más necesario y tan fácil para Dios? En un abrir y cerrar de ojos habrían sido llevados allá. Pero no, en su vida todo discurrió como en la nuestra. ¡Y cuántas penas, cuántas decepciones! ¡Cuántas veces se le habrán hecho reproches al bueno de san José! ¡Cuántas veces se habrán negado a pagarle su trabajo! ¡Qué sorprendidos quedaríamos si supiésemos todo lo que sufrieron!”[13]
San Leonardo Murialdo (1828-1900)
“Resplandece entre los Santos con la luz más viva aquel gran Santo que conmemoramos hoy, el gloriosísimo Esposo de la divina Madre, San José. La gloria a la que en el curso de la vida mortal fue levantado por Dios es tan sublime, y los ejemplos que dejó de la más perfecta virtud y santidad son tan luminosos, que el que tiene que elogiarlos no acierta a pensar qué consideración pueda ser la más provechosa para sus oyentes, aquella que le arrebata en un santo entusiasmo de admiración, o la que te invita y empuja a la imitación de sus virtudes, o la que te infunde en el alma una santa confianza de que un santo tan glorificado por Dios en la tierra, será también de Dios plenamente oído en el cielo. […]
Desde aquel momento no vive sino para Jesús; sólo de él está solícito; asume hacia él, corazón y entrañas de padre, y llega a ser por afección lo que no era por naturaleza. El es efectivamente el que da nombre a Jesús, es él el que es avisado en sueños por los ángeles acerca de los peligros que amenazan a Jesús; es él quien lo pone a salvo en Egipto y desde allí lo reconduce a Galilea; es él quien lo sustenta en su infancia; en una palabra, es José quien cumple en el mundo el oficio de Padre respecto del Salvador. Jesús le está sujeto, le obedece, y él es verdaderamente como un padre: José tiene por Jesús solicitud y afecto de Padre, Jesús tiene por José obediencia y afecto de hijo. Representa al Eterno Padre. ¿Cómo habría podido un hombre ser más exaltado? […]
Y no sólo se le asignó a José la dicha de vivir con Jesús; sino también la de espirar su alma bendita entre los brazos de Jesús y María. ¿Qué otra muerte fue nunca más preciosa que la de San José? ¡Cuán bello y dulce morir confiando el propio espíritu en manos de Jesús, en manos del Hijo Jesús! ¡Qué privilegio, qué suerte feliz la del esposo de María, la del custodio y Padre de Jesús! No tengo yo palabras para decirlo: después de María ningún otro mortal fue más glorificado que José”[14]
Venerable Josep Torras i Bages (1846- 1916)
“Dios en su infinita bondad ha querido hacer participantes a las criaturas de este supremo dominio suyo. […] Hay un bienaventurado en el cielo a quien Cristo Señor Nuestro constituyó Padre, Protector e Intercesor de todo el linaje humano, porque fue padre, protector y custodio suyo en la tierra, y el amor de Cristo hacia nosotros es tan grande, que quiso darnos el mismo Padre y la misma Madre que El tuvo. La intercesión y patrocinio de San José es el más eficaz y poderoso del cielo, a excepción de María Santísima. Por esto ha sido declarado Patrón de la Iglesia universal. Porque un intercesor es más poderoso en cuanto es más amado de Dios. San José es el bienaventurado más amado de Dios, a excepción de María Santísima. Luego es el más poderoso intercesor”[15]
Siervo de Dios Josep Mª Vilaseca (1831- 1910)
«El poder de san José sobrepuja con mucho el poder de todos los ángeles y de todos los santos juntos, porque él es, a la vez, poderoso en el corazón de Dios y en el corazón de María. Poderosísimo José, escucha propicio los ruegos de tus hijos y preséntalos al Altísimo. María y Jesús te obedecían en Nazaret y del modo más perfecto ejecutaban tus mandatos. Te suplicamos ¡oh san José! Les digas, les instes y les mandes y pronto serás obedecido, pues tu paternal autoridad jamás fue derogada»[16] .
Santa Isabel de la Trinidad (1880-1906)
Fue toda la vida muy devota de San José, no dejaba de encomendarle con toda confianza sus intenciones. Su Diario es fiel reflejo de ello: «Esta mañana he comulgado por el comienzo del mes de San José y he pedido a este gran Santo, en quien tengo mucha confianza que me ayude en la conversión de este pecador» (n. 17). El 1 de enero de 1906, ella morirá el 9 de noviembre de este año, cada hermana de la comunidad saca por suerte su patrón para el año que comienza. A Isabel le toca San José y dice a todas: «San José es el patrono de la buena muerte, viene a buscarme para llevarme al Padre. Ya sabía yo que San José vendría a buscarme este año. Ya está aquí»[17].
Santa Teresa de los Andes (1900-1920)
Encomendó Santa Teresa de los Andes su vocación religiosa a la Virgen María y a San José, escribirá: «He puesto en defensa de mi causa dos grandes abogados que no pueden ser vencidos: mi madre Santísima, a quien jamás he invocado en vano y me ha sido mi guía verdadero toda mi vida, desde muy chica y mi padre San José -a quien he cobrado gran devoción-, que lo pueden todo cerca de su divino Hijo», «pues estoy segura que la Sma. Virgen y mi padre San José no han podido hacerse sordos a ruegos tan constantes y llenos de santa caridad». «¡Bendito sea Dios! Todo ha sucedido de un modo providencial y he visto patente la voluntad de Dios, pues tal como quería ha sucedido. El 7 de mayo la Sma. Virgen y San José me abrirán las puertas de mi convento y ese día moriré al mundo para vivir para siempre escondida en Dios». «Me retiro con él (Jesús) en lo íntimo de mi alma, y allí, como en otro Nazaret, viviré en su compañía con mi Madre y San José»[18].
Beato Tito Brandsma (1881-1942)
Quedó fascinado por el espíritu del Carmelo, por ello el beato Tito Brandsma procuró siempre vivir a fondo su vocación de carmelita, e invitaba a otros hacer lo mismo teniendo por ejemplo a la Virgen María y a San José:
«¡Qué alegría para ellos poder servir al Niño Jesús! ¡Qué diligencia en servirle, en atenderle y dispensarle sus cuidados! ¡Con qué respeto lo hacen! Plenamente satisfechos, se conforman con su pobreza. Nada de quejas ni críticas para sus semejantes: sólo atienden a sus deberes y privilegios. La mala voluntad de los otros en nada entibia su celo, sino que, por el contrario, los estimula más al cariño respetuoso y a la solicitud. Jamás se les ocurre pensar: los otros no hacen nada, ¿por qué he de hacerlo yo solo todo? No: lo que debemos nacer es demostrar santo celo con el fin de que nuestro amor por nadie puede ser superado»[19].
«Admiramos la elección de San José que en todo se sometió a las órdenes divinas y continuó junto a María, para que en ella se cumpliesen los designios de la Providencia. Coloquémonos con María bajo el patrocinio del Santo Patriarca San José».
El beato Tito que se había puesto con toda confianza bajo la protección de san José, después de un calvario de cárceles, trabajos forzados y todo tipo de sufrimientos morales y espirituales, su confianza en la protección de San José junto a la de María y de Jesús será su única esperanza. Así lo escribe en su última carta a su familia: «Permanezcamos unidos bajo la protección de Jesús, María y José. No os preocupéis por mí. En Cristo vuestro Anno (Tito)»[20].
Santa Maravillas de Jesús (1841-1974)
Fue muy devota de San José Santa Maravillas de Jesús y enseñaba a los demás a descubrir su grandeza en el designio de Dios: “«Nuestro Padre San José fue el elegido por Dios para poner en sus manos lo más grande, lo más delicado, a la Santísima Virgen María y con ella le ha dado a su Hijo Jesucristo. Nuestro Padre San José tuvo que sufrir mucho, pero ¡con qué entrega y cuánta generosidad!»[21].
Lo presentaba como maestro e intercesor para el progreso en la vida espiritual: «Que nuestro Padre San José que tan especialmente ha querido serlo suyo en el Carmelo, la enseñe más y más las virtudes que él practicó, para que agrade como él Cristo nuestro bien» «Que nuestro Padre San José me las llene del amor que él tenía a su Niño y me las enseñe a conversar con El y a agradarle en todo, sustentándole con las almas que le ganen; y que le pidan por mí, que quiero quererle tanto como él»[22] «Que sea nuestro modelo N. P. S. José; pidámosle que nos enseñe a vivir sólo para Dios. Miren que el alma que de veras lo desea, el alma que es fiel en todas las cosas, aunque caiga, nunca deja de recompensarla el Señor»[23].
Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) (1891-1842)
Fue en el Carmelo donde nació, creció y arraigó profundamente en su interior el amor y la confianza plena en la protección de san José.
En el carmelo de Echt (Holanda) huyendo de los nazis escribirá la poesía ¡San José, ¡cuídanos!, haciendo referencia a la terrible persecución que vivían los judíos. Cuando se pregunta si hay algún salvador, alguien que les pueda ayudar:
«Un rayo se abre paso victoriosamente entre las nubes,/ una lúcida estrella, que se inclina amistosa y paternamente hacia nosotros, derramando bondad y ternura, este es San José. Y así acepto todo lo que nos angustia, / lo acepto y lo deposito en las manos fieles. / Acógelo! ¡San José, cuídanos!».
«Si hay que buscar posada de casa en casas, / vete por delante como guía fiel, tú, compañero de camino de la Virgen Purísima, / tu, padre fielmente preocupado del Hijo de Dios, / Belén, Nazaret, incluso Egipto,/ será nuestro hogar, si tú permaneces con nosotros./
Donde tú estás, está la bendición del cielo. / Como niños seguimos tus pasos;/ llenos de confianza nos ponemos en tus manos./ Sé tú nuestro hogar: San José cuídanos».
[1] Revista Cristiandad (n.703-705, X-XII, 1989). Publicada en el apéndice documental de la tesis doctoral de Francisco Canals. San José Patriarca del pueblo de Dios, Ed. Balmes, Barcelona 21994, 273-277.
[2] Libro de la Vida, cap. 6, 6-8.
[3] Lucot, Saint Joseph, Ètude historique sur son culte, Paris 1875, 53. Ibid., 71.
[4] Homilía sobre San Mateo. 4.a, a. 6-7, 2-3. M. G. 57, 46-47, M. G. 57 85-86, Edición bilingüe en griego y castellano en B.A.C., vol. 141. En Francisco Canals. San José Patriarca del pueblo de Dios, 438-439.
[5] Fragmento de la Homilía «Super missus est», 2 a M. L. 183, 5530. Edición castellana en B.A.C., Obras completas de San Bernardo, vol. I). Francisco Canals. San José Patriarca del pueblo de Dios, 427-428.
[6] Texto latino en Summa Josephina de Vives y Tuto (Roma 1907; el fragmento traducido en págs. 7-9. En Francisco Canals. San José Patriarca del pueblo de Dios, 400-402.
[7] Libro de la Vida, cap. 6, 6-8.
3 Bta. Ana de san Bartolomé, Obras Completas, Monte Carmelo, Burgos, 1998. Meditaciones sobre el camino de Cristo, n. 32-33, pp. 730-731.
[9] Oración a san José extraído del blog Ite ad ioseph.
[10] Oeuvres ascétiques de St. Alphonse- Marie de Liguori, Edic. del P. L. Dujardin, t. VIII, p. 358-360. En Francisco Canals. San José Patriarca del pueblo de Dios, 348-349.
[11] Francisco Palau, Escritos, Monte Carmelo, Burgos, 1997. Lucha del Alma con Dios IV, 26-28, pp. 144-145.
[12] Santa Teresa del Niño Jesús, “A Nuestro Padre San José” (Poesía 14).
[13] Ultimas conversaciones, 20.8.14
[14] Citado por Francisco Canals, San José, Patriarca del Pueblo de Dios, 344-347.
[15] Obres completes II, Balmes, Barcelona 1954, 3-15.
[16] Muy piadosas preces al Señor San José, México 1887. En Francisco Canals, San José, Patriarca del Pueblo de Dios, 323-325.
[17] Citado por Roman Llamas, San José, fundador y padre del Carmelo Teresiano, Ed. Arca de la Alianza, Madrid 2011, 116.
[18] Teresa de los Andes, Obras Completas, Monte Carmelo, Burgos 1995, Cartas: 26.3.1919; 12.4.1919; 28.4.1919.
[19] Beato Tito Brandsma, Camino del Cielo, Onda 1985, 82-83.
[20] Citada por Miguel María Arribas, El precio de la verdad. Tito Brandsma, carmelita, Postulación General de los Carmelitas, Roma 1998,306.
[21]San José en la vida y espiritualidad de la Madre Maravillas de Jesús, La Aldehuela, 1992, 22-23.
[22] M. Maravillas, Era Así. Ed. La Aldehuela, Madrid 1993, 244, Cta. 1401.
[23] San José en la vida y espiritualidad de la Madre Maravillas de Jesús, 22.

