viernes, 5 de junio de 2026

DIA 6. ORDEN QUE REINA EN EL CORAZON DE JESÚS.

 


DIA SEXTO.

ORDEN QUE REINA

EN EL CORAZON DE JESÚS.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

DIA SEXTO.

(Sexto año.)

ORDEN QUE REINA

EN EL CORAZON DE JESÚS.

 

Primer preludio. Ver a Jesús como un sol en el mundo, que ordena los corazones de los fieles.

Segundo. Pedir que ordene el mío en la caridad de Dios y la paciencia de Cristo.

Primer punto. El orden es la perfección. — Segundo. Reina en el Corazón de Jesús. — Tercero. Debe reinar en el mío.

 

PUNTO PRIMERO.

 

El orden es la perfección, porque la perfección está en el orden. Pide el orden supremo del alto Dios que la criatura pague fiel y constantemente el tributo que debe al Creador de todo, y que ponga en Él su fin último, amándole como a Bien sumo, y a todas las cosas en Él. Está en orden el entendimiento, cuando, creyendo en Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, sujeta su juicio al juicio divino y no se aparta un ápice del camino de la verdad. Está en orden la voluntad, cuando estima cada cosa en lo que vale, amando sobre las criaturas al Creador, y encalzando la corriente de sus apetitos y afectos para que no se derramen en busca de las criaturas, con ofensa del Señor de ellas. En orden estarán las demás potencias del alma, siempre que, sujetas y subordinadas a la voluntad, como la voluntad a Dios, sigan su dirección sin resistencia alguna. En orden estarán los sentidos, si sirven de instrumento a la razón alumbrada por la fe, y observan las leyes de la modestia cristiana. Todo el hombre está en orden, cuando ordena todas sus obras conforme a la voluntad divina, en la elección de ellas y en el modo de ejecutarlas, pues no hace sino lo que quiere Dios que haga, y lo hace del mejor modo posible.

En una palabra, está todo en orden, cuando es Dios el principio, la regla y el fin de nuestras obras, de suerte que no obramos sino a impulsos de la gracia, a la medida de la divina voluntad y por la gloria de Dios.

Considera si has llegado a esta perfección, o cuánto te falta para llegar a ella.

 

PUNTO SEGUNDO.

 

En el Corazón de Jesús reina el orden en toda su perfección. Todo en Él está ordenado, sin que jamás haya turbado el menor desconcierto la armonía de sus facultades. Jamás se vio en Él cosa menos conforme a la disposición divina, ni un pensamiento, ni una palabra, ni una mirada, ni un paso ni un movimiento. Y así pudo decir a los judíos: “¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?" (S. Juan, VIH.) Más no consiste en esto toda la perfección de Jesucristo. Lo principal de ella está en que no sólo carecieron de imperfección sus obras, sino que todo en ellas fue divino y perfectamente conforme a la divina ordenación. Pensamientos, obras y palabras, todo tenía al Verbo por principio, y al Verbo se atribuye todo, “Todo lo hizo bien" dice el Evangelista (Marc. VII), y en esto resume la santidad consumada del Hombre-Dios.

Y esto nos dará una ligera idea de la excelencia del Corazón de Jesús, puesto que en el corazón está la regla que dirige las acciones, y el orden que admiramos por de fuera tiene allí dentro su causa. Si nos encanta el concierto del Universo, ¿cuál será la armonía que reina en Jesucristo, compendio del Universo, donde se ven unidos Dios y el hombre, la criatura y el Creador?

 

PUNTO TERCERO.

 

El orden debe también reinar en el mío. Ya has podido conocer, alma mía, en qué está la santidad a que te llama Dios. Con sólo que mires al Corazón de Jesús, lo verás bien claro. Pero mucho tienes que andar para alcanzarla, porque anda tan descarriado tu corazón, que te ha de costar mucho el meterlo en vereda. Mira al Corazón de Jesús, y le verás tan arreglado como está desarreglado el tuyo. Verás en ti un general desorden: desorden en las facultades que están bien rebeldes; disipación en la fantasía; corrupción en el corazón; inclinaciones malas, deseos frívolos; aficiones bajas y terrenas. Hallarás desordenados tus sentidos, la vista sobre todo y la lengua; desordenadas las acciones por falta de pureza de intención, o por intención menos recta y fines torcidos, y aun cuando la intención sea buena, por el descuido y negligencia con que haces las buenas obras; desordenada la voluntad, que en vez de buscar a Dios y encaminarse a Él con amor puro, se apega a las criaturas.

Entra dentro de ti, y hallarás tu corazón tan agitado como las olas del mar, o como una nación que ha sacudido el yugo de su soberano y se divide en mil bandos. Todo el vicio de las obras exteriores nace del interior que está viciado. Empieza por sentar el fundamento de la santidad. El hombre ha sido criado para servir a Dios y salvar su alma.

          Medita esta verdad. Vienes de Dios, que te ha criado; vives en Dios, que te conserva; vas a Dios, que te llama al Cielo. Observa la ley divina, y vivirás en suma paz. El mundo está en desorden; pero mira a Cristo, que es tu modelo, y no te perderás.

 

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

¡Comparte con tus familiares y amigos!

 

San Norberto, fundador y arzobispo. — 6 de junio

 


San Norberto, fundador y arzobispo. — 6 de junio

(+ 1134)

El glorioso fundador de la orden Premonstratense, san Norberto, nació en Seten, en una de las más ilustres casas de Alemania y fue hijo de Heriberto conde de Gnepp y emparentado con el emperador. En su mocedad engolfóse en las vanidades del siglo y era como el alma de todas las diversiones de la corte; mas caminando un día a caballo hacia un lugar de Westfalia llamado Freten seguido de solo un lacayo, se levantó una furiosa tempestad, y cayó un rayo a los pies de su caballo, que le derribó, quedando como muerto por espacio de una hora. Vuelto en si, sintió de tal manera trocado su corazón que exclamó como Saulo: «Señor, ¿qué quieres que haga?» Y desde aquel día dejó los ricos vestidos, y dando de mano a todos los devaneos del mundo, resolvió entregarse del todo al servicio divino. No había querido recibir hasta entonces las órdenes sagradas a pesar de ser canónigo; y una vez recibidas, comenzó a predicar con gran fervor, y admiración de los oyentes, que veían convertido en santo misionero al que habían visto cortesano tan liviano y disoluto. Habiéndosele juntado trece compañeros, buscó un lugar solitario, áspero y apartado que se llamaba Premonstrato, en el obispado de Lauduno, donde asentó los fundamentos de un monasterio; y allí tuvo su origen la nueva religión que del mismo lugar se llamó Premonstratense, y tomó la regla de san Agustín y el hábito blanco de los canónigos reglares. Entabló con sus compañeros una vida muy penitente y más angelical que humana; y el Señor le ilustró con singulares dones de profecía y de milagros. Mas acompañando en un viaje a Alemania al conde de Champaña, fue elegido muy a pesar suyo para el arzobispado de Magdeburgo, y conducido con guardias de vista a aquella iglesia, a donde llegó con su pobre hábito y con los pies descalzos, pero con universal aplauso y gozo del clero y del pueblo. Vino a él un día un hombre para confesarse; y aunque llevaba traje de penitente, así que el santo le vio, mandó que le quitasen la capa y que mirasen lo que traía y hallaron que iba armado con un puñal para matar al Arzobispo, como él mismo, lo confesó arrepentido ya de su pecado. Finalmente habiendo provisto de prelado a la religión premonstratense, y gobernado santísimamente su iglesia de Magdeburgo por espacio de ocho años, a los cincuenta y tres de su vida preciosa entregó su espíritu en las manos del Criador, quedando su santo cadáver sin la menor señal de corrupción y expuesto nueve días a la veneración del pueblo.

Reflexión: Escribe Paulo Morigia en la Historia del origen de las religiones, cap. 17, que la religión premonstratense creció tanto, que tenía treinta provincias, y en ellas más de mil y trescientos monasterios, y cuatrocientos de monjas. Pero ¿quién podrá decir la muchedumbre de santos religiosos y las excelentes virtudes con que han ilustrado a la Iglesia de Dios? Toda esta gloria redunda en alabanza de san Norberto y es fruto de su conversión. Si hubiese permanecido en los peligros de la corte y en la vanidad del mundo, no hubiera hecho nada, y por ventura se hubiera perdido, y sido causa de la perdición de muchas almas. Convirtióse de veras al Señor, y de caballero mundano, vino a ser gran santo y padre de innumerables santos.

Oración: Oh Dios, que hiciste tan excelente predicador de tu divina palabra al bienaventurado Norberto, tu confesor y pontífice, y por su medio te dignaste aumentar tu santa Iglesia con una nueva familia; concédenos por sus merecimientos, que practiquemos lo que nos enseñó con sus ejemplos y palabras. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.