El celosísimo pontífice de la
Iglesia san Simplicio, fue natural de Tibur, (que hoy se llama Tívoli) en la
campaña de Roma. Resplandecía ya a los ojos de todos por su virtud y sabiduría
y era decoroso ornamento del clero romano, cuando por muerte del gloriosísimo
papa san Hilario, fue elevado con grande aplauso y con sentimiento de todos a
la dignidad de Vicario de Jesucristo, para que como hombre enviado de Dios
gobernase la nave de la Iglesia, que a la sazón estaba combatida por grandes
olas de persecuciones y herejías. Odoacro que se había hecho dueño de Italia
era arriano; los vándalos que reinaban en África, y los godos que habían
invadido las tierras de España y de las Galias, eran aún idólatras; el emperador
Zenón, y el tirano del oriente Basílico favorecían a los herejes eutiquinos, y
a la ambición de los patriarcas causaba mayores estragos que las herejías en la
Iglesia de Dios. No es posible decir lo que trabajó el santo Pontífice para remediar
tan grandes males. Escribió cartas al emperador obligándole a anular los
edictos que Basílico había promulgado contra la religión católica, y a que
echase de Antioquía a ocho obispos eutiquianos. Convocó un concilio en Roma en
el cual excomulgó a Eutiques, a Dióscoro de Alejandría y a Timoteo Eluro.
Exhortó a defender la autoridad del Concilio de Calcedonia. Resistió a la
ambición de Acario, que pretendía elevar su Silla de Constantinopla sobre las
de Antioquía y Alejandría; extendió su solicitud sobre todas las iglesias,
consolando a los católicos con sus cartas y limosnas, y como Pastor universal y
verdadero padre de los pobres, ordenó que los bienes de la Iglesia se
distribuyesen en cuatro partes: la primera para el obispo, la segunda para los
clérigos, la tercera para la fábrica y reparación de los templos, y la cuarta
para los pobres. Finalmente, después de haber gobernado la grey de Cristo por
espacio de doce años, consumido por sus trabajos, descansó en la paz del Señor,
y recibió en el cielo la recompensa de sus grandes virtudes y merecimientos.
Reflexión: Cualquiera que ha
ya leído con atención la historia de la Iglesia de Cristo, se maravillará de su
firmeza inquebrantable, y espantado dirá: ¡Aquí está la mano de Dios: aquí está
el brazo del Omnipotente! Las obras y edificios de los romanos han perecido; y
la Iglesia del Señor, con estar apoyada sobre cañas frágiles (que no son otra
cosa aun los hombres de su jerarquía) persevera hace veinte siglos sin
menoscabo. Los hombres han hecho todo lo que podían por arruinarla: en eso han
empleado sus fuerzas los tiranos, herejes y perseguidores, y no han faltado
sacerdotes, obispos y patriarcas que en lugar de defenderla la combatieron como
los enemigos. Pon donde, cada siglo que pasa, es una ilustre prueba de la
divinidad de la Iglesia católica, y de aquella promesa que hizo Jesucristo,
diciendo: «Las puertas del infierno jamás prevalecerán contra ella.» (Matth.
XVI.) Persevera, pues, con toda fidelidad y confianza en la fe y en la moral de
la Iglesia católica, sin moverte un punto de ella por los vientos de las vanas
doctrinas y perniciosos ejemplos de sus enemigos. Todos los herejes y
perseguidores perecerán, mas nunca perecerá la verdadera Iglesia, de los fieles
de Cristo, a los cuales dijo también el Señor: “Yo estaré con vosotros hasta la
consumación de los siglos.”
Oración: Rogámoste, Señor, que
te dignes oír nuestras preces en la solemnidad de tu bienaventurado confesor y
pontífice Simplicio; y que por los méritos e intercesión de este santo que tan
dignamente te sirvió, nos absuelvas de todos nuestros pecados. Por Jesucristo,
nuestro Señor. Amén.
Los Santos
han ayudado de un modo singular a la expansión de la devoción a San José
en la Iglesia. Luego han sido los Papas los que han propuesto e
invitado a los fieles a invocar su intercesión para bien de la Iglesia.
La devoción a san José en la historia de la Iglesia
Para
conocer la evolución de la devoción a San José en la historia de la
Iglesia, acogemos la síntesis e interpretación que realizó el P.
Francisco Solá SJ, en una introducción a la exhortación apostólica Redemptoris Custos de Juan Pablo II.
“San José
es, sin duda, uno de los personajes más misteriosos de la hagiografía. Y
es, también sin duda, el mayor Santo después de Jesús y de María. Su
nombre no aparece más que en el Nuevo Testamento: en San Mateo y en San
Lucas; y esporádicamente en San Juan (6,42). Y siempre en función de
Jesús. […]
Con muy
pocas palabras los Evangelistas han dicho mucho. A José lo han
propuesto, sin decirlo, como el mysterium que deposita los mysteria
abscondita y a su debido tiempo los ha de manifestar. Por esto José
permaneció en la oscuridad mientras el misterio, Cristo, se revelaba por
sí mismo y por los Apóstoles y sus sucesores. Extraordinarios carismas
acompañaban la predicación de los primeros seguidores de Jesús. A
medida que la Iglesia iba adquiriendo dominio sobre la sociedad y las
naciones, el misterio se hacía más patente. San José seguía en la
oscuridad. Solo se hablaba de él a propósito de María o de Jesús, en
homilías, sermones, exposiciones del dogma de la virginidad perpetua de
María y de la concepción virginal de Jesús. Pero cuando ya comenzó
la Iglesia a verse en serios peligros por los cismas, herejías y luchas
entre pseudopapas… en la plenitud de la Edad Media, al prepararse el
paso decisivo a la Edad Moderna con un cambio radical de las sociedades y
naciones, surge la devoción a San José, se le da culto, se instituye su
fiesta, y poco a poco se le invoca como protector de la Iglesia. Los
teólogos, que han elaborado una Teología cada vez más sistemática y
profunda, han visto la misión inigualable de José y de María en la vida
de la Iglesia y en la que llaman Historia de la salvación. Y surgen la
Mariología y la Josefología. La devoción al Santo se acrecienta con ello
y con el impulso de Santa Teresa de Jesús y la Orden carmelitana”[1].
En un breve pasaje del capítulo VI del Libro de la Vida,
Santa Teresa de Jesús da testimonio de su experiencia sobre el poder
intercesor de San José e invita a todos a que lo invoquen, con palabras
llenas de persuasión: “Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de
este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que
alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y
haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud;
porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan.
Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por
experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y
tenerle devoción. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome
este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino” [2](Vida 6, 7-8).
Las palabras de Santa Teresa sobre san José recogidas en el capítulo sexto del Libro de la Vida,
ha influido en difusión de la devoción San José, no solo en el seno de
la Orden del Carmen, que a su vez ha ido expandiendo por doquier la
devoción a San José, sino en la misma Iglesia. Algunos santos que
leyeron los escritos de santa Teresa de Jesús, al constatar la veracidad
de sus palabras sobre el Santo Patriarca, se convirtieron a su vez en
pregoneros de la devoción a San José, entre ellos San Francisco de
Sales, San Alfonso de Ligorio. Cuando ha habido problemas graves en la
Iglesia, la semilla de la devoción a San José que habían sembrado
algunos santos en la Iglesia da fruto en abundancia, pues ya no son los
santos los que de un modo particular invitan a tener devoción a San José
a sus compatriotas sino que son los mismos Papas los que invitan al
pueblo de Dios a invocarlo en las graves necesidades en los que se
encuentra la Iglesia.
Lucot,
muestra la decisiva importancia de este texto de santa Teresa de Jesús:
«Los papas encontraron un auxiliar poderoso para la propagación del
culto de nuestro santo en la célebre reformadora del Carmelo. Gersón
había hecho mucho por él, Teresa hizo mil veces más por sí misma, por
los religiosos de su Reforma, y por las religiosas de su Carmelo. San
José le es deudor, sobre todo de su gloria sobre la tierra»[3].
San Juan Crisóstomo (344-407)
Aparecido,
pues, el ángel, habla no con María, sino con José, y le dice: Levántate y
toma al niño y a su madre. Aquí ya no le dice: «Toma a tu mujer».
Había tenido lugar el parto, se había disipado la sospecha, José estaba
asegurado en su fe; el ángel, por ende, puede hablar ya con libertad, y
no llama suyos ni a la mujer ni al niño. Toma—le dice— al niño y a su
madre y huye a Egipto. Y ahora la causa de la huida: Porque Herodes —le
dice— ha de atentar a la vida del niño.
Al
oír esto, José no se escandalizó ni dijo: Esto parece un enigma. Tú
mismo me decías no ha mucho que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es
capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de
emprender un viaje y largo desplazamiento. Esto es contrario a tu
promesa. Pero nada de esto dice, porque José es un varón fiel. Tampoco
pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que el ángel lo había
dejado indeterminado, pues le había dicho: Y estáte allí hasta que yo
te diga. Sin embargo, no por eso se entorpece, sino que obedece y cree y
soporta todas las pruebas alegremente. Bien es verdad que Dios, amador
de los hombres, mezclaba trabajos y dulzuras, estilo que Él sigue con
todos los santos. Ni los peligros ni los consuelos nos los da continuos,
sino que de unos y otros va Él entretejiendo la vida de los justos. Tal
hizo con José. Si no, mirad. Vio preñada a la Virgen, y esto le llenó
de turbación y angustia suma, pues pudo sospechar que su esposa hubiera
cometido un adulterio; pero inmediatamente se presentó el ángel, que
le disipó la sospecha y quitó todo temor. Ve al niño recién nacido, y
ello le procura la más grande alegría; pero bien pronto a esta alegría
le sucede un peligro no pequeño: la ciudad se alborota, el rey se
enfurece y busca matar al recién nacido. A este alboroto síguele pronto
otra alegría: la aparición de la estrella y la adoración de los magos.
Tras este placer, otra vez el miedo y el peligro: Porque busca —le dice
el ángel— Herodes el alma o vida del niño. Y nuevamente el ángel da
orden de huir y cambiar de sitio a lo humano, pues no era aún tiempo de
hacer maravillas. Si el Señor hubiera empezado a hacer milagros desde
su primera edad, no se le hubiera tenido por hombre. De ahí que tampoco
se construye de golpe el templo de su cuerpo, sino que primero viene la
concepción, luego la gestación por nueve meses, luego el parto, luego
la leche de los pechos, el silencio por todo aquel tiempo; en fin, el
Señor espera la edad conveniente de varón a fin de que por todos estos
medios sea fácilmente aceptado el misterio de la encarnación”[4].
San Bernardo (1091-1153)
Por estas
razones fue desposada María con José, o, como dice el evangelista, con
un varón cuyo nombre era José. Varón le llama no porque fuese marido,
sino por ser hombre de virtud. O mejor, porque según otro evangelista
fue llamado no varón simplemente, sino varón de María, con razón se le
llama como fue necesario reputarle. Debió, pues, llamarse varón suyo,
porque fue necesario reputarle tal; así como también mereció no ser con
verdad, sino llamarse Padre de Dios; por donde se pensó que lo era,
diciendo este mismo evangelista: Tenía Jesús, al comenzar su
ministerio, como treinta años, y era reputado hijo de José. Ni fue,
pues, varón de la Madre ni padre del Hijo, aunque, como se ha dicho, por
una necesaria razón de obrar y permisión en Dios, fue llamado y tenido
algún tiempo por lo uno y por lo otro. […]
Aquél,
guardando lealtad a su señor, no quiso consentir al mal intento de su
ama; éste, reconociendo virgen a su señora, Madre de su Señor, la guardó
fidelísimamente, conservándose él mismo en toda castidad. A aquél le
fue dada la inteligencia de los misterios de los sueños; éste mereció
ser sabedor y participante de los misterios celestiales. Aquél reservó
el trigo no para sí, sino para el pueblo; éste recibió el Pan vivo del
cielo, no para sí, sino para todo el mundo. Porque, sin duda, este José
con quien se desposó la Madre del Salvador, fue hombre bueno y fiel.
Siervo fiel y prudente, repito, a quien constituyó Dios consuelo de su
Madre, nutricio de su carne, finalmente, a él solo en la tierna,
coadjutor fidelísimo del gran consejo.
Allégase a
esto el referirse también que era de la casa de David. Verdaderamente de
la casa de David. Verdaderamente de regia estirpe desciende este José;
noble en linaje y más noble en el ánimo. Verdaderamente hijo de David,
pues no degenera de David, su padre. Sí, repito, hijo de David, no sólo
por la carne, sino por la fe, por la santidad, por la devoción; a quien
halló Dios, como a otro David, según su corazón, para encomendarle con
seguridad el secretísimo y sacratísimo arcano de su corazón; a quien,
como a otro David, manifestó los secretos y misterios de su sabiduría,
dándole a conocer aquel misterio, que ninguno de los príncipes de este
mundo conoció; a quien, en fin, se concedió el ver aquel a quien muchos
reyes y profetas, queriéndole ver, no le vieron; y queriéndole oír, no
le oyeron; no sólo verle y oírle, sino tenerle en sus brazos, llevarle
de la mano, abrazarle, besarle, alimentarle y guardarle”[5].
San Bernardino de Siena (1380- 1444)
«… Si lo
comparas a toda la Iglesia de Cristo: ¿no es éste el hombre elegido y
singular, por el cual y bajo el cual Cristo entró en el mundo ordenada y
honestamente? Luego si a la Virgen Madre es deudora toda la Iglesia
santa, porque ha sido hecha digna por Ella de recibir a Cristo; así
ciertamente a éste, debe la Iglesia, después de Ella, agradecimiento y
reverencia singular.
Pues ésta
es la llave que cierra el Antiguo Testamento, en que la dignidad
patriarcal y profética consigue el fruto prometido. Pues éste es el
único que poseyó corporalmente, lo que a aquéllos les había prometido la
divina dignación. Con razón pues es figurado por aquél Patriarca José,
que guardó para los pueblos el trigo. Pero éste sobresale por encima de
aquél porque no sólo da a los egipcios el pan de la vida corporal, sino
que con mucha solicitud alimenta a todos los elegidos con el pan del
cielo que da la vida celeste […]
En las
palabras «siervo bueno y fiel-… se expresa también la sublimidad de su
glorificación, al concluir: entra en el gozo de tu Señor. Ciertamente no
hay que dudar de que Cristo no le negó en el cielo, antes bien completó
y llevó a perfección, aquella familiaridad, reverencia y dignidad en
gran manera sublime, que respecto a él mostró al tratarle en lo humano
como trata un hijo a su padre. Por esto se añade: entra en el gozo de tu
Señor.
Porque
aunque el gozo de la eterna bienaventuranza penetra en el corazón del
hombre, prefirió el Señor decir entra en el gozo. Para insinuar
místicamente que aquel gozo no sólo está dentro de él sino que por todas
partes le circunda y le absorbe y le sumerge como en un abismo
infinito.
Hay que
creer piadosamente, aunque no afirmarlo con certeza, que el piadosísimo
Hijo de Dios, Jesús, dotó al que era considerado como su padre con el
mismo privilegio que a su Madre Santísima, de modo que así como Ella
fue asunta al cielo gloriosamente en cuerpo y alma, así también en el
día de su Resurrección el Señor tomó consigo al Santísimo José en
resurrección gloriosa. Así como aquella Santa Familia, Cristo, María y
José, en esta trabajosa vida y amorosa gracia vivieron juntos en la
tierra: así ahora con amorosa gloria reina en cuerpo y alma en el cielo;
según la regla del Apóstol, II Cor. 1: Así como fuisteis compañeros de
las penas, así lo seréis de la consolación; pues está escrito en Mateo,
27: resucitaron muchos cueipos de los Santos que habían dormido, es
decir que habían muerto. Y esto fue obrado por el Señor al resucitar
porque Él es primogénito de los muertos y Príncipe de los reyes de la
tierra, como se dice en Apoc. I. Esto se narra por anticipación para
manifestar que es obrado por la virtud y el mérito de su Pasión.
Resucitaron,
digo, con Cristo como testigos de su Resurrección. Y esto lo expresa
Mateo abiertamente cuando en el mismo cap. 27 dice: Y saliendo de los
sepulcros después de su Resurrección vinieron a la ciudad santa y se
aparecieron a muchos. Entre estos resucitados hay que creer
piadosamente que se contó este Santísimo Varón.
Acuérdate
pues de nosotros, bienaventurado José, y con el sufragio de tu oración
intercede ante tu Hijo putativo, y a la Bienaventurada Virgen tu Esposa
háznosla propicia; ella que es Madre de Aquél que con el Padre y el
Espíritu Santo vive y reina por infinitos siglos de los siglos. Amén”[6].
Santa Teresa de Jesús (1515-1582)
«Tomé por
abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a él. Vi claro
que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de
alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir.
No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de
hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por
medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado,
así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor
gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo
experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender
que así como le fue sujeto en la tierra -que como tenía el nombre de
padre, siendo ayo, le podía mandar-, así en el cielo hace cuánto le
pide.Esto
han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendasen a
él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de
nuevo, experimentando esta verdad. […]
Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por
la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he
conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares
servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha
en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos
años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida.
Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío. […]
Sólo pido
por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por
experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y
tenerle devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de
ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los
ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den
gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare
maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no
errará en el camino»[7].
Beata Ana de San Bartolomé (1549-1626)
De Santa Teresa de Jesús, aprenderá la beata Ana de san Bartolomé a confiar en la poderosa intercesión de San José:
«Pidámosle
su ayuda y la de los santos, que mucho nos importa tenerlos por
intercesores en nuestras necesidades. Y en particular al glorioso San
José, como tan querido de Dios, no nos negará su Majestad cosa que por
él le pidamos, que después de la Virgen, no dudo sino que Jesucristo le
quiere y tiene más cerca a sí que otros santos, porque fue su padre en
la tierra y le sustentó con el sudor de su trabajo y estuvo con él en el
destierro de Egipto. […] Y nuestra Santa Madre Teresa dice que después
que le tomó por abogado no le pidió cosa que se la negase. Y esta
devoción de San José plantó la Santa en España, que casi no lo conocían,
y ahora lo es tanto, que no solo en sus monasterios, mas hay grandes
cofradías de él y en su día tantas devociones en las iglesias y misas
con música y tañido de las campanas, como el día de Pascua. Harto ayuda a
España este glorioso Santo»[8].
San Francisco de Sales (1567-1622)
«Glorioso San José, esposo de la Virgen
María, dispénsanos tu protección paterna. Nosotros te suplicamos por el
Corazón de Nuestro Señor Jesucristo. Tú, cuya protección se extiende a
todas las necesidades y sabe tornar posibles las cosas más imposibles,
dirige tu mirada de padre sobre los intereses de tus hijos. Recurrimos a
ti, con confianza en las angustias y penas que nos oprimen; dígnate
tomar bajo tu caritativa protección este asunto importante y difícil que
s la causa de nuestras inquietudes. Haz que su feliz desenlace sea para
gloria de Dios y bien de sus servidores»[9]
San Alfonso María de Ligorio (1696-1787)
“A
nadie se le oculta cuán poderosa debe ser ante Jesucristo la
intercesión de San José, cuando se meditan las palabras del Evangelio:
erat subditas illis (Le 2,51). Es decir, que durante tantos años el
Hijo de Dios se ocupó en obedecer puntualmente a José y a María. Lo que
vale tanto como afirmar que, apenas San José manifestaba su voluntad
con una palabra o con un signo cualquiera, Jesús lo ponía al punto por
obra. Esta humilde obediencia de Jesús eleva la dignidad de San José por
encima de todos los Santos de la corte celestial, a excepción de la
Madre de Dios.[…] Hemos de ser devotos de San José principalmente para
que nos obtenga una buena muerte. Por haber librado a Jesús de los
lazos que se le tendieron, tiene el privilegio especialísimo de librar a
los moribundos de los asaltos del demonio; y por haber asistido durante
tanto tiempo a Jesús y María, proporcionándoles con su trabajo el
alojamiento y la manutención, tiene el privilegio de alcanzar para sus
devotos una asistencia muy particular de Jesús y María en el trance
supremo de la muerte.
¡Oh
poderoso protector mío San José! Por mis pecados yo me he hecho indigno
de una buena muerte. Pero, si Vos me defendéis, no puedo perderme. Vos
fuisteis no sólo un íntimo amigo de mi soberano juez, sino además su
guardián y su padre nutricio. Encomendadme a Jesús, que os ama a Vos tan
tiernamente. Me pongo bajo vuestro patrocinio; aceptadme como vuestro
perpetuo servidor. Por la compañía santísima de Jesús y María, de que
gozasteis durante vuestra vida, obtenedme que no me separe nunca de su
amor. Y por la asistencia que Jesús y María os dispensaron en la hora de
vuestra muerte, obtenedme a mí la gracia de ser también asistido por
ellos en ese trance supremo. ¡Oh Virgen Santísima! Por el amor que
profesáis a vuestro esposo, José, no dejéis de socorrerme en los últimos
instantes de mi vida”[10].
Beato Francisco Palau (1811-1872)
«En este
gran Santo tenemos un poderosísimo abogado para todo. […] Parece que
Dios ha encargado de un modo particular a San José la salvación de la
Iglesia en estas borrascas, particularmente las de España. […] San José
es sin duda después de María el más firme protector para lograr el
triunfo de la religión católica en España. […] Tome a San José no sólo
como abogado, sino aún maestro; le enseñará el manejo de las armas
espirituales al modo que lo enseñó a Santa Teresa […], que agenció con
Dios […] la conservación de la religión católica en España. Y en esta
noble empresa, su director, protector y maestro fue San José». Para
alcanzar con mayor seguridad la intercesión de la Virgen María, se debe
interponer «la intercesión de todos sus ángeles y santos, especialmente
la de su esposo San José». De modo, que si el alma con viva fe «puede
comprometer en su favor el patriarca San José, con él tendrá a María,
con María a Jesús y con Jesús al Padre». Ya que el «Padre hace lo que el
Hijo le pide, el Hijo lo que le pide su Madre»[11].
Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)
«Desde
mi infancia había sentido hacia San José una devoción que se confundía
con mi amor a la Santísima Virgen». «Rogué también a San José que velase
por mí. Todos los días le rezaba la oración: “San José, padre y
protector de las vírgenes”. Con esto, emprendí sin miedo el largo viaje
(a Italia) Iba tan bien protegida, que me parecía imposible tener miedo»
(Ms A 57r).
Su amor y
confianza a San José le acompañará en toda su vida, a él dedicará una
poesía: «Vuestra admirable vida / en la sombra, José, se deslizó /
humilde y escondida, / ¡pero fue augusto privilegio vuestro / contemplar
muy de cerca la belleza/ de Jesús y María! / ¡Más de una vez, el que es
Hijo de Dios, / y entonces era niño/ y sometido en todo a la obediencia
vuestra, / sobre el dulce refugio de vuestro pecho amante / descansó
con placer!/ Y como vos, nosotros,/ en la tranquila soledad, servimos /
a María y Jesús, / nuestro mayor cuidado es contentarles, / no deseamos
más. / A vos, Teresa, nuestra Santa Madre, / acudía amorosa y confiada /
en la necesidad, / y asegura que nunca su plegaria / dejasteis de
escuchar. / Tenemos la esperanza de que un día, / cuando haya terminado
la prueba de esta vida, / al lado de María iremos, Padre, a veros. /
Bendecid, tierno Padre, nuestro Carmelo, y tras el destierro de esta
vida reunidnos en el cielo!»[12]
“¡Qué
hermoso será conocer en el cielo todo lo que ocurrió en el seno de la
Sagrada Familia! […] ¿Y san José? ¡Ay, cuánto lo quiero! El no podía
ayunar, debido a su trabajo. Lo veo acepillar, y después secarse la
frente de vez en cuando. ¡Qué lástima me da de él! ¡Qué sencilla me
parece que debió de ser la vida de los tres! […] … Lo que me hace mucho
bien, cuando pienso en la Sagrada Familia, es imaginármela llevando una
vida totalmente ordinaria. […] No, el Niño Jesús no hacía milagros
inútiles como ésos, ni siquiera por complacer a su Madre. Y si no, ¿por
qué no fueron transportados a Egipto en virtud de un milagro, que, por
lo demás, habría sido más necesario y tan fácil para Dios? En un abrir y
cerrar de ojos habrían sido llevados allá. Pero no, en su vida todo
discurrió como en la nuestra. ¡Y cuántas penas, cuántas decepciones!
¡Cuántas veces se le habrán hecho reproches al bueno de san José!
¡Cuántas veces se habrán negado a pagarle su trabajo! ¡Qué sorprendidos
quedaríamos si supiésemos todo lo que sufrieron!”[13]
San Leonardo Murialdo (1828-1900)
“Resplandece
entre los Santos con la luz más viva aquel gran Santo que conmemoramos
hoy, el gloriosísimo Esposo de la divina Madre, San José. La gloria a la
que en el curso de la vida mortal fue levantado por Dios es tan
sublime, y los ejemplos que dejó de la más perfecta virtud y santidad
son tan luminosos, que el que tiene que elogiarlos no acierta a pensar
qué consideración pueda ser la más provechosa para sus oyentes, aquella
que le arrebata en un santo entusiasmo de admiración, o la que te invita
y empuja a la imitación de sus virtudes, o la que te infunde en el
alma una santa confianza de que un santo tan glorificado por Dios en la
tierra, será también de Dios plenamente oído en el cielo. […]
Desde
aquel momento no vive sino para Jesús; sólo de él está solícito; asume
hacia él, corazón y entrañas de padre, y llega a ser por afección lo que
no era por naturaleza. El es efectivamente el que da nombre a Jesús, es
él el que es avisado en sueños por los ángeles acerca de los peligros
que amenazan a Jesús; es él quien lo pone a salvo en Egipto y desde allí
lo reconduce a Galilea; es él quien lo sustenta en su infancia; en una
palabra, es José quien cumple en el mundo el oficio de Padre respecto
del Salvador. Jesús le está sujeto, le obedece, y él es verdaderamente
como un padre: José tiene por Jesús solicitud y afecto de Padre, Jesús
tiene por José obediencia y afecto de hijo. Representa al Eterno Padre.
¿Cómo habría podido un hombre ser más exaltado? […]
Y no sólo
se le asignó a José la dicha de vivir con Jesús; sino también la de
espirar su alma bendita entre los brazos de Jesús y María. ¿Qué otra
muerte fue nunca más preciosa que la de San José? ¡Cuán bello y dulce
morir confiando el propio espíritu en manos de Jesús, en manos del Hijo
Jesús! ¡Qué privilegio, qué suerte feliz la del esposo de María, la del
custodio y Padre de Jesús! No tengo yo palabras para decirlo: después
de María ningún otro mortal fue más glorificado que José”[14]
Venerable Josep Torras i Bages (1846- 1916)
“Dios en su
infinita bondad ha querido hacer participantes a las criaturas de este
supremo dominio suyo. […] Hay un bienaventurado en el cielo a quien
Cristo Señor Nuestro constituyó Padre, Protector e Intercesor de todo el
linaje humano, porque fue padre, protector y custodio suyo en la
tierra, y el amor de Cristo hacia nosotros es tan grande, que quiso
darnos el mismo Padre y la misma Madre que El tuvo. La intercesión y
patrocinio de San José es el más eficaz y poderoso del cielo, a
excepción de María Santísima. Por esto ha sido declarado Patrón de la
Iglesia universal. Porque un intercesor es más poderoso en cuanto es más
amado de Dios. San José es el bienaventurado más amado de Dios, a
excepción de María Santísima. Luego es el más poderoso intercesor”[15]
Siervo de Dios Josep Mª Vilaseca (1831- 1910)
«El poder
de san José sobrepuja con mucho el poder de todos los ángeles y de todos
los santos juntos, porque él es, a la vez, poderoso en el corazón de
Dios y en el corazón de María. Poderosísimo José, escucha propicio los
ruegos de tus hijos y preséntalos al Altísimo. María y Jesús te
obedecían en Nazaret y del modo más perfecto ejecutaban tus mandatos. Te
suplicamos ¡oh san José! Les digas, les instes y les mandes y pronto
serás obedecido, pues tu paternal autoridad jamás fue derogada»[16] .
Santa Isabel de la Trinidad (1880-1906)
Fue toda la vida muy devota de San José, no dejaba de encomendarle con toda confianza sus intenciones. Su Diario es
fiel reflejo de ello: «Esta mañana he comulgado por el comienzo del mes
de San José y he pedido a este gran Santo, en quien tengo mucha
confianza que me ayude en la conversión de este pecador» (n. 17). El 1
de enero de 1906, ella morirá el 9 de noviembre de este año, cada
hermana de la comunidad saca por suerte su patrón para el año que
comienza. A Isabel le toca San José y dice a todas: «San José es el
patrono de la buena muerte, viene a buscarme para llevarme al Padre. Ya
sabía yo que San José vendría a buscarme este año. Ya está aquí»[17].
Santa Teresa de los Andes (1900-1920)
Encomendó
Santa Teresa de los Andes su vocación religiosa a la Virgen María y a
San José, escribirá: «He puesto en defensa de mi causa dos grandes
abogados que no pueden ser vencidos: mi madre Santísima, a quien jamás
he invocado en vano y me ha sido mi guía verdadero toda mi vida, desde
muy chica y mi padre San José -a quien he cobrado gran devoción-, que lo
pueden todo cerca de su divino Hijo», «pues estoy segura que la Sma.
Virgen y mi padre San José no han podido hacerse sordos a ruegos tan
constantes y llenos de santa caridad». «¡Bendito sea Dios! Todo ha
sucedido de un modo providencial y he visto patente la voluntad de Dios,
pues tal como quería ha sucedido. El 7 de mayo la Sma. Virgen y San
José me abrirán las puertas de mi convento y ese día moriré al mundo
para vivir para siempre escondida en Dios». «Me retiro con él (Jesús)
en lo íntimo de mi alma, y allí, como en otro Nazaret, viviré en su
compañía con mi Madre y San José»[18].
Beato Tito Brandsma (1881-1942)
Quedó
fascinado por el espíritu del Carmelo, por ello el beato Tito Brandsma
procuró siempre vivir a fondo su vocación de carmelita, e invitaba a
otros hacer lo mismo teniendo por ejemplo a la Virgen María y a San
José:
«¡Qué
alegría para ellos poder servir al Niño Jesús! ¡Qué diligencia en
servirle, en atenderle y dispensarle sus cuidados! ¡Con qué respeto lo
hacen! Plenamente satisfechos, se conforman con su pobreza. Nada de
quejas ni críticas para sus semejantes: sólo atienden a sus deberes y
privilegios. La mala voluntad de los otros en nada entibia su celo,
sino que, por el contrario, los estimula más al cariño respetuoso y a
la solicitud. Jamás se les ocurre pensar: los otros no hacen nada, ¿por
qué he de hacerlo yo solo todo? No: lo que debemos nacer es demostrar
santo celo con el fin de que nuestro amor por nadie puede ser superado»[19].
«Admiramos
la elección de San José que en todo se sometió a las órdenes divinas y
continuó junto a María, para que en ella se cumpliesen los designios de
la Providencia. Coloquémonos con María bajo el patrocinio del Santo
Patriarca San José».
El
beato Tito que se había puesto con toda confianza bajo la protección de
san José, después de un calvario de cárceles, trabajos forzados y todo
tipo de sufrimientos morales y espirituales, su confianza en la
protección de San José junto a la de María y de Jesús será su única
esperanza. Así lo escribe en su última carta a su familia:
«Permanezcamos unidos bajo la protección de Jesús, María y José. No os
preocupéis por mí. En Cristo vuestro Anno (Tito)»[20].
Santa Maravillas de Jesús (1841-1974)
Fue muy
devota de San José Santa Maravillas de Jesús y enseñaba a los demás a
descubrir su grandeza en el designio de Dios: “«Nuestro Padre San José
fue el elegido por Dios para poner en sus manos lo más grande, lo más
delicado, a la Santísima Virgen María y con ella le ha dado a su Hijo
Jesucristo. Nuestro Padre San José tuvo que sufrir mucho, pero ¡con qué
entrega y cuánta generosidad!»[21].
Lo
presentaba como maestro e intercesor para el progreso en la vida
espiritual: «Que nuestro Padre San José que tan especialmente ha querido
serlo suyo en el Carmelo, la enseñe más y más las virtudes que él
practicó, para que agrade como él Cristo nuestro bien» «Que nuestro
Padre San José me las llene del amor que él tenía a su Niño y me las
enseñe a conversar con El y a agradarle en todo, sustentándole con las
almas que le ganen; y que le pidan por mí, que quiero quererle tanto
como él»[22]
«Que sea nuestro modelo N. P. S. José; pidámosle que nos enseñe a vivir
sólo para Dios. Miren que el alma que de veras lo desea, el alma que es
fiel en todas las cosas, aunque caiga, nunca deja de recompensarla el
Señor»[23].
Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) (1891-1842)
Fue en el Carmelo donde nació, creció y
arraigó profundamente en su interior el amor y la confianza plena en la
protección de san José.
En el carmelo de Echt (Holanda) huyendo de los nazis escribirá la poesía ¡San José, ¡cuídanos!,
haciendo referencia a la terrible persecución que vivían los judíos.
Cuando se pregunta si hay algún salvador, alguien que les pueda ayudar:
«Un rayo se
abre paso victoriosamente entre las nubes,/ una lúcida estrella, que se
inclina amistosa y paternamente hacia nosotros, derramando bondad y
ternura, este es San José. Y así acepto todo lo que nos angustia, / lo
acepto y lo deposito en las manos fieles. / Acógelo! ¡San José,
cuídanos!».
«Si hay que
buscar posada de casa en casas, / vete por delante como guía fiel, tú,
compañero de camino de la Virgen Purísima, / tu, padre fielmente
preocupado del Hijo de Dios, / Belén, Nazaret, incluso Egipto,/ será
nuestro hogar, si tú permaneces con nosotros./
Donde
tú estás, está la bendición del cielo. / Como niños seguimos tus
pasos;/ llenos de confianza nos ponemos en tus manos./ Sé tú nuestro
hogar: San José cuídanos».
[1] Revista Cristiandad (n.703-705, X-XII, 1989). Publicada en el apéndice documental de la tesis doctoral de Francisco Canals. San José Patriarca del pueblo de Dios, Ed. Balmes, Barcelona 21994, 273-277.
[3] Lucot, Saint Joseph, Ètude historique sur son culte, Paris 1875, 53. Ibid., 71.
[4] Homilía sobre San Mateo. 4.a,
a. 6-7, 2-3. M. G. 57, 46-47, M. G. 57 85-86, Edición bilingüe en
griego y castellano en B.A.C., vol. 141. En Francisco Canals. San José Patriarca del pueblo de Dios, 438-439.
[5]
Fragmento de la Homilía «Super missus est», 2 a M. L. 183, 5530.
Edición castellana en B.A.C., Obras completas de San Bernardo, vol. I).
Francisco Canals. San José Patriarca del pueblo de Dios, 427-428.
[6] Texto latino en Summa Josephina de Vives y Tuto (Roma 1907; el fragmento traducido en págs. 7-9. En Francisco Canals. San José Patriarca del pueblo de Dios, 400-402.
3 Bta. Ana de san Bartolomé, Obras Completas, Monte Carmelo, Burgos, 1998. Meditaciones sobre el camino de Cristo, n. 32-33, pp. 730-731.
[9]Oración a san José extraído del blog Ite ad ioseph.
[10] Oeuvres ascétiques de St. Alphonse- Marie de Liguori, Edic. del P. L. Dujardin, t. VIII, p. 358-360. En Francisco Canals. San José Patriarca del pueblo de Dios, 348-349.
[11] Francisco Palau, Escritos, Monte Carmelo, Burgos, 1997. Lucha del Alma con Dios IV, 26-28, pp. 144-145.
[12] Santa Teresa del Niño Jesús, “A Nuestro Padre San José” (Poesía 14).
En aquel tiempo: Jesús tomó consigo a
Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte
alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y
sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron
Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a
Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas:
una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando
cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube
decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al
oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y,
tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a
nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No
contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los
muertos».