sábado, 6 de noviembre de 2021

EL ROSARIO DE HOY EN REPARACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

 


Santo Rosario.

Por la señal... 

Monición inicial:  Hoy, primer sábado de mes, ofrecemos este rosario en reparación al Corazón Inmaculado de María respondiendo así a su llamamiento en la ciudad de Pontevedra (ESPAÑA) por medio de Sor Lucía, vidente de Fátima: "Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que, durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación."

Meditamos el rosario con algunos pensamientos acerca de la santidad a la que todos hemos sido llamados.

Señor mío Jesucristo…

MISTERIOS GOZOSOS

1.- La encarnación del Hijo de Dios en las entrañas purísimas de la Virgen María.

“He aquí la esclava del Señor.”

Decía el Papa San Juan Pablo II: “La aventura de la santidad comienza con un «sí» a Dios.”

Virgen María, Reina de todos los santos,

haz que deseemos ardientemente la santidad

diciendo siempre “sí” a aquello que Dios nos pide.

Santos y Santas de Dios, interceded por nosotros.

OFREZCAMOS este misterio en reparación por las blasfemias y ultrajes que se comenten contra la Inmaculada Concepción de María.

 

2.-La Visitación de Nuestra Señora a su prima santa Isabel.

“María salió presurosa hacia la montaña.”

Decía la Madre Santa Teresa de Calcuta: “La santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con alegría.”

Virgen María, Reina de todos los santos,

danos la alegría de amar la voluntad de Dios

y de ponerla en práctica sin tardanza.

Santos y Santas de Dios, rogad por nosotros.

OFREZCAMOS este misterio en reparación por las blasfemias y ultrajes que se comenten con la Virginidad perpetua de la Nuestra Señora.

 

 

3.-El nacimiento del Niño Dios en el portal de Belén

“Los magos le ofrecieron oro, incienso y mirra.”

Santo Tomás de Aquino enseñaba que “La santidad no consiste en saber mucho ni en mucho meditar; la santidad es un secreto: el secreto de mucho amar.”

Virgen María, Reina de todos los santos,

enséñanos a amar a Jesús, el fruto bendito de tu vientre,

con toda nuestro corazón, toda nuestra alma, toda nuestra mente.
Santos y Santas de Dios, sed nuestros intercesores.

OFREZCAMOS este misterio en reparación por las blasfemias y ultrajes que se comenten contra la maternidad divina de María, rechazando al mismo tiempo recibirla como madre de los hombres.

 

4.-La purificación de Nuestra Señora y presentación del Niño Jesús en el templo

“A los cuarenta días, María  y José subieron a cumplir la ley de Moisés.”

Santa Maravillas de Jesús decía: Los santos fueron santos, porque quisieron, con inmenso querer, ser fieles.

Virgen María, Reina de todos los santos,

danos la gracia de la fidelidad en las pequeñas cosas de cada día,

para poder ser fieles en las grandes.

Santos y Santas de Dios, escuchas nuestras súplicas.

OFREZCAMOS este misterio en reparación por aquellos que infunden en los niños y en los jóvenes el desprecio hacia la Virgen Inmaculada.

 

5.- El niño Jesús perdido y hallado en el templo

“Bajó con ellos a Nazaret y les estaba sujeto.”

San Francisco de Sales enseñaba: "La santidad se encuentra en el camino que nos abre cada uno de nuestros días, en que se ofrecen a nosotros, con atractivo desigual, los deberes de nuestra vida cotidiana.”

Virgen María, Reina de todos los santos,

ayúdanos a cumplir con nuestras obligaciones diarias,

no permitas que el desaliento, el cansancio o la pereza

se apoderen de nosotros.

Santos y Santas de Dios, ayudadnos con vuestra intercesión.

OFREZCAMOS este misterio en reparación por las profanaciones e ultrajes que se comenten contra las sagradas imágenes y representaciones de la Virgen María.

 ***

*** PARA RECIBIR LA PROMESA DE LOS CINCOS PRIMEROS SÁBADOS ES NECESARIO, DURANTE CINCO SÁBADOS SEGUIDOS: 1) Rezar el rosario y meditar en sus misterios y 2) Confesar y comulgar con esta intención.

jueves, 4 de noviembre de 2021

Jesús Dios Con Nosotros, Dios de Piedad, Dios Escondido, Dios Enmanuel. San Pedro Julián Eymard

Jesús Dios Con Nosotros, Di... by IGLESIA DEL SALVADOR DE TOL...

 

Puntos de Adoración

II

JESÚS, DIOS CON NOSOTROS

1.º Adorad a nuestro señor Jesucristo que instituye y perpetúa su Sacramento de amor con el objeto de permanecer siempre con el hombre, su amigo, y consolarle en su destierro; para ser el pan de vida de su caminar a la eternidad; su víctima de salvación, el comienzo del paraíso.

2.º Agradecer su infinita bondad por haber amado tanto al hombre; por habernos hecho conocer su amor eucarístico; por habernos llamado a su servicio eucarístico, a la más sublime de las vocaciones, pese a nuestra indignidad y miseria.

3.º Desagraviadle por haber sido tan tibios, tan indiferentes, tan ingratos, tan culpables para con la sagrada Eucaristía; desagraviadle por todos aquellos a quienes habéis escandalizado, por todos vuestros parientes, amigos, por todos los pecadores.

4.º Daos, consagraos a su servicio eucarístico como un buen servidor a su amo, un esforzado soldado a su rey, un verdadero adorador a su Dios.

III

JESÚS, DIOS DE BONDAD

1.º Adorad a nuestro señor Jesucristo, que ha hecho de la santísima Eucaristía el cenáculo permanente de su amor, donde convida nominalmente a todos los hombres a saciarse plenamente en este tesoro universal e inagotable de todas sus gracias; a sentarse a este banquete divino, a la Comunión sacramental, por la cual Él da al hombre todo lo que tiene y le pertenece, a fin de que, en cambio, el comulgante se dé todo a Él y le ofrezca el homenaje de su vida.

2.º Agradeced el amor inmenso del don inefable de la Eucaristía, que encierra todos los dones; agradeced todas las gracias que habéis recibido por medio de la Eucaristía.

3.º Humillaos a la vista de la gloria insignificante que habéis tributado a su amor; llorad vuestra ingratitud; implorad gracia a su infinita misericordia.

4.º Haceos discípulos y apóstoles del Dios de la Eucaristía, de la acción de gracias eucarística, tan descuidada, tan mal llevada a cabo; no obstante, la acción de gracias es la primera virtud del amor, la más bella flor de la Eucaristía.

IV

JESÚS, DIOS ESCONDIDO

1.º Adorad con fe viva a Jesús oculto en el santísimo Sacramento por amor de los hombres.

Adorad su bondad que vela su gloria para que el hombre se atreva a acercarse, a su Señor y Dios y conversar familiarmente con Él.

Adorad su santidad que encubre el esplendor y la perfección de sus virtudes para no desalentar la flaqueza del hombre, y las muestra gradualmente para elevar el alma hasta Él mismo. Nos las muestra por grados para elevar las almas hasta su altura.

Adorad su divina misericordia que, para obligar al hombre a recogerse en Dios, veló su santa humanidad, la belleza de su divinidad, con el objeto de que el adorador alabe a Jesús con fe pura y con amor puro y de esta suerte le adore en espíritu y verdad.

2.º Dad gracias a nuestro Señor por esos velos eucarísticos que os acarrean tantos bienes y por los que se os adapta este sol de la eternidad.

3.º Humillaos ante vuestro Dios, como anonadado bajo las santas especies, reparadle por todas las irreverencias y sacrilegios de los que Jesús oculto es objeto por parte de tantos cristianos. Pedidle perdón de vuestra poca fe, del poco respeto y del poco recogimiento en su santa presencia.

4.º Honrad con más devoción exterior y con más intenso amor al Dios escondido, desconocido para el mundo, pero visible a vuestra fe, querido de vuestro corazón y que constituye la dicha de vuestra vida.

 

V

JESÚS, SALVADOR

1.º Adorad a Jesús sacramentado como a vuestro salvador. Su amor ha hecho de la Eucaristía el calvario perpetuo de la redención.

Jesús está en el altar en estado de víctima como en la cruz. Es nuestro mediador perpetuo junto a su Padre, le muestra sus llagas para obtener su gracia. Es nuestro abogado poderoso, que continúa sobre el altar su oración del calvario. Derrama sobre vosotros esa sangre que nos ha redimido y que santifica nuestros cuerpos y nuestras almas. Adorad las cinco llagas de Jesús, de las que emanan raudales de gracia y de amor.

2.º Ofreced en acción de gracias a este buen Salvador el homenaje de vuestro cuerpo y de vuestra alma; el amor y el recogimiento de vuestra santa madre la Iglesia, y el de la santísima Virgen al pie del tabernáculo.

3.º Desagraviad a Jesús, crucificado por sus propios hijos hasta en su Sacramento de amor y en su mismo estado glorioso; reparad a este corazón que tanto ha amado a los hombres y que no recibe sino ingratitud y menosprecio de los desagradecidos, los cuales hieren profundamente su Corazón, porque tornan estéril su pasión y se privan de los méritos de su sufrimiento y de su muerte.

4.º Ofreceos como víctimas de reparación a vuestro amable Salvador, a fin de consolar su Corazón desolado y abandonado; haceos mediadores de misericordia entre Jesús y los pecadores; decidle: Oh Jesús, Salvador de todos los hombres, perdonadles, pues no saben lo que hacen; se hallan en el delirio de sus pasiones y faltos de razón; vuestro enemigo el demonio, en odio a vuestra gloria, los arrastra a la incredulidad, a la impiedad; perdonadles como perdonasteis a vuestros verdugos, y sean de esta suerte la más bella corona del triunfo de vuestra misericordia.

martes, 2 de noviembre de 2021

La muerte del justo. San Alfonso María de Ligorio

 

Muerte del justo

Es preciosa en la presencia de Diosla muerte de sus Santos.Ps. 115, 15

PUNTO 1

Mirada la muerte a la luz de este mundo, nos espanta e inspira temor; pero con la luz de la fe es deseable y consoladora. Horrible parece a los pecadores; mas a los justos se muestra preciosa y amable. "Preciosa -dice San Bernardo- como fin de los trabajos, corona de la victoria, puerta de la vida".

Y en verdad, la muerte es término de penas y trabajos. El hombre nacido de mujer, vive corto tiempo y está colmado de muchas miserias (Jb. 14, 1).

Así es nuestra vida tan breve como llena de miserias, enfermedades, temores y pasiones. Los mundanos, deseosos de larga vida -dice Séneca (Ep. 101)-, ¿qué otra cosa buscan sino más prolongado tormento? Seguir viviendo -exclama San Agustín- es seguir padeciendo. Porque -como dice San Ambrosio (Ser. 45)- la vida presente no nos ha sido dada para reposar, sino para trabajar, y con los trabajos merecer la vida eterna; por lo cual, con razón afirma Tertuliano que, cuando Dios abrevia la vida de alguno, acorta su tormento. De suerte que, aunque la muerte fue impuesta al hombre por castigo del pecado, son tantas y tales las miserias de esta vida, que -como dice San Ambrosio- más parece alivio al morir que no castigo.

Dios llama bienaventurados a los que mueren en gracia, porque se les acaban los trabajos y comienzan a descansar. "Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor". "Desde hoy -dice el Espíritu Santo (Ap. 14, 13)- que descansen de sus trabajos".

Los tormentos que afligen a los pecadores en la hora de la muerte no afligen a los Santos. "Las almas de los justos están en mano de Dios, y no los tocará el tormento de la muerte" (Sb. 3, 1).

No temen los Santos aquel mandato de salir de esta vida que tanto amedrenta a los mundanos, ni se afligen por dejar los bienes terrenos, porque jamás tuvieron asido a ellos el corazón. "Dios de mi corazón -repitieron siempre-; Dios mío por toda la eternidad" (Salmo 72, 26).

"¡Dichosos vosotros! -escribía el Apóstol a sus discípulos, despojados de sus bienes por confesar a Cristo-. Con gozo llevasteis que os robasen vuestras haciendas, conociendo que tenéis patrimonio más excelente y duradero" (He. 10, 34).

No se afligen los Santos a dejar las honras mundanas, porque antes las aborrecieron ellos y las tuvieron, como son, por humo y vanidad, y sólo estimaron la honra de amar a Dios y ser amados de Él. No se afligen al dejar a sus padres, porque sólo en Dios los amaron, y al morir los dejan encomendados a aquel Padre celestial que los ama más que a ellos; y esperando salvarse, creen que mejor los podrán ayudar desde el Cielo que en este mundo.

En suma: todos los que han dicho siempre en la vida Dios mío y mi todo, con mayor consuelo y ternura lo repetirán al morir.

Quien muere amando a Dios no se inquieta por los dolores que consigo lleva la muerte; antes bien se complace en ellos, considerando que ya se le acaba la vida y el tiempo de padecer por Dios y de darle nuevas pruebas de amor; así, con afecto y paz, le ofrece los últimos restos del plazo de su vida y se consuela uniendo el sacrificio de su muerte con el que Jesucristo ofreció por nosotros en la cruz a su Eterno Padre. De este modo muere dichosamente, diciendo: "En su seno dormiré y descansaré en paz" (Sal. 4, 9).

¡Oh, qué hermosa paz, morir entregándose y descansando en brazos de Cristo, que nos amó hasta la muerte, y que quiso morir con amargos tormentos para alcanzarnos muerte consoladora y dulce!

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh amado Jesús mío, que para darme muerte feliz quisisteis sufrir muerte cruelísima en el Calvario! ¿Cuándo lograré veros?... La primera vez que os vea será cuando me juzguéis en el momento de expirar. ¿Qué os diré entonces?... Y Vos, ¿qué me diréis?... No quiero esperar a que llegue tal instante para pensar en ello; quiero meditarlo ahora.

Os diré: "Señor: Vos, amado Redentor mío, sois el que murió por mí... Tiempo hubo en que os ofendí y fui ingratísimo para con Vos e indigno de perdón. Mas luego, ayudado por vuestra gracia, procuré enmendarme, y en el resto de mi vida lloré mis pecados, y Vos me perdonasteis.

Perdonadme de nuevo ahora que estoy a vuestros pies, y otorgadme Vos mismo absolución general de mis culpas. No merecía volver a amaros por haber despreciado vuestro amor. Mas Vos, Señor, por vuestra misericordia atrajisteis mi corazón, que si no os ha amado como merecéis, os amó sobre todas las cosas, desasiéndose de ellas para complaceros... ¿Qué me diréis ahora?... Veo que la gloria, el contemplaros en vuestro reino, es altísimo bien de que no soy digno; mas espero que no viviré alejado de Vos, especialmente ahora que me habéis mostrado vuestra excelsa hermosura.

Os busco en el Cielo, no para más gozar, sino para mejor amaros. Ni quiero tampoco entrar en esa patria de santidad y verme entre aquellas almas purísimas, manchado como estoy ahora por mis culpas. Haced que antes me purifique, pero no me apartéis para siempre de vuestra presencia... Bástame que algún día, cuando lo disponga vuestra santa voluntad, me llaméis a la gloria para que allí cante eternamente vuestras alabanzas.

Entre tanto, amado Jesús mío, dadme vuestra bendición y decidme que soy vuestro, que seréis siempre mío, que os amaré y me amaréis perdurablemente...

Ahora, Señor, voy lejos de Vos, a las llamas purificadoras; pero voy gozoso, porque allí he de amaros, Redentor mío, mi Dios y mi todo... Gozoso voy; mas sabed que en ese tiempo en que he de estar lejos de Vos, esa separación temporal será mi mayor pena.

Contaré, Señor, los instantes hasta que me llaméis... Tened compasión de un alma que os ama con todas sus fuerzas y que suspira por veros para más amaros".

Espero, Jesús mío, que así os podré hablar. Mientras tanto, os pido la gracia de vivir de tal modo que pueda deciros entonces lo que ahora he pensado. Concededme la santa perseverancia, otorgadme vuestro amor..., y auxiliadme Vos.

¡Oh María, Madre de Dios, rogad a Jesús por mí!

PUNTO 2

Limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos, y la muerte no será ya más (Ap. 21, 4). En la hora de la muerte enjugará Dios de los ojos de sus siervos las lágrimas que hubieren derramado en esta vida, en medio de los trabajos, temores, peligros y combates con el infierno. Y lo que más consolará a un alma amante de su Dios cuando sepa que llega la muerte será el pensar que pronto ha de estar libre de tanto peligro de ofender a Dios como hay en el mundo, de tanta tribulación espiritual y de tantas tentaciones del enemigo.

La vida temporal es una guerra continua contra el infierno, en la cual siempre estamos en riesgo grandísimo de perder a Dios y a nuestra alma.

Dice San Ambrosio que en este mundo caminamos constantemente entre asechanzas del enemigo, que tiende lazos a la vida de la gracia. Este peligro hacía temblar a San Pedro de Alcántara cuando ya estaba agonizando: "Apartaos, hermano mío -dirigiéndose a un religioso que, al auxiliarle, le tocaba con veneración-, apartaos, pues vivo todavía, y aún hay peligro de que me condene".

Por eso mismo se regocijaba Santa Teresa cada vez que oía sonar la hora del reloj, alegrándose de que ya hubiese pasado otra hora de combate, porque decía: "Puedo pecar y perder a Dios en cada instante de mi vida".

De aquí que todos los Santos sentían consuelo al conocer que iban a morir, pues pensaban que presto se acabarían las batallas y riesgos y tendrían segura la inefable dicha de no poder ya perder a Dios jamás.

Refiérese en la vida de los Padres que uno de ellos, en extremo anciano, hallándose en la hora de la muerte, reíase mientras sus compañeros lloraban, y como le preguntaran el motivo de su gozo, respondió: "Y vosotros, ¿por qué lloráis, cuando voy a descansar de mis trabajos?". También Santa Catalina de Siena dijo al morir: "Consolaos conmigo, porque dejo esta tierra de dolor y voy a la patria de paz".

Si alguno -dice San Cipriano- habitase en una casa cuyas paredes estuvieran para desplomarse, cuyo pavimento y techo se bambolearan y todo ello amenazase ruina, ¿no desearía mucho salir de ella?... Pues en esta vida todo amenaza la ruina del alma: el mundo, el infierno, las pasiones, los sentidos rebeldes, todo la atrae hacia el pecado y la muerte eterna.

¿Quién me librará -exclamaba el Apóstol (Ro. 7, 24)- de este cuerpo de muerte? ¡Oh, qué alegría sentirá el alma cuando oiga decir: "Ven, esposa mía; sal del lugar del llanto, de la cueva de los leones que quisieran devorarte y hacerte perder la gracia divina" (Cant. 4, 8).

Por eso San Pablo (Fil. 1, 21), deseando morir, decía que Jesucristo era su única vida, y que estimaba la muerte como la mayor ganancia que pudiera alcanzar, ya que por ella adquiría la vida que jamás tiene fin.

Gran favor hace Dios al alma que está en gracia llevándosela de este mundo, donde pudiera no perseverar y perder la amistad divina (Sb. 4, 11). Dichoso en esta vida es el que está unido a Dios; pero así como el navegante no puede tenerse por seguro mientras no llegue al puerto y salga libre de la tormenta, así no puede el alma ser verdaderamente feliz hasta que salga de esta vida en gracia de Dios.

Alaba la ventura del caminante; pero cuando haya llegado al puerto -dice San Ambrosio-. Pues si el navegante se alegra cuando, libre de tantos peligros, se acerca al puerto deseado, ¿cuánto más no debe alegrarse el que esté próximo a asegurar su salvación eterna?

Además, en este mundo no podemos vivir sin culpas, por lo menos leves; porque siete veces caerá el justo (Pr. 24, 16). Mas quien sale de esta vida mortal, cesa de ofender a Dios. ¿Qué es la muerte -dice el mismo Santo- sino el sepulcro de los vicios? Por eso los que aman a Dios anhelan vivamente morir. Por eso, el venerable Padre Vicente Caraffa consolábase al morir diciendo: Al acabar mi vida, acaban mis ofensas a Dios. Y el ya citado San Ambrosio decía: ¿Para qué deseamos esta vida, si cuando más larga fuere, mayor peso de pecado nos abruma?

El que fallece en gracia de Dios alcanza el feliz estado de no saber ni poder ofenderle más. El muerto no sabe pecar. Por tal causa, el Señor alaba más a los muertos que a los vivos, aunque fueren santos (Ecl. 4, 2). Y aún no ha faltado quien haya dispuesto que, en el trance de la muerte, le dijese al que fuese a anunciársela: "Alégrate, que ya llega el tiempo en que no ofenderás más a Dios".

AFECTOS Y SÚPLICAS

"En tus manos encomiendo mi espíritu. Tú me has redimido, Señor. Dios de la verdad" (Sal. 30, 6). ¡Oh dulce Redentor mío! ¿Qué sería de mí si me hubieras enviado la muerte cuando me hallaba apartado de Vos?... Estaría en el infierno, donde no podría amaros.

Inmensa es mi gratitud porque no me habéis abandonado y por la innumerables gracias que me habéis concedido para que os entregue mi corazón. Duélome de haberos ofendido, os amo sobre todas las cosas, y os ruego que siempre me deis a conocer el mal que cometí despreciándoos, y el grande amor que merece vuestra infinita bondad. Os amo, y si así os agrada, deseo morir pronto para librarme del peligro de volver a perder vuestra santa gracia, y para estar seguro de amaros eternamente.

Dadme, pues, ¡oh amado Jesús!, dadme, en el tiempo que me queda de vida, esfuerzo y ánimo para serviros en algo antes que llegue la muerte. Dadme fortaleza para vencer la tentación y las pasiones, sobre todo aquellas que en la vida pasada más me movieron a ofenderos. Dadme paciencia para sufrir las enfermedades y las ofensas que el prójimo me hiciere.

Yo, por vuestro amor, perdono a los que me han ofendido, y os suplico que les otorguéis las gracias que desearen. Dadme también mayor esfuerzo para ser diligente y evitar las faltas veniales que a menudo cometo. Auxiliadme, Salvador mío; todo lo espero de vuestros méritos...

Y toda mi confianza pongo en vuestra intercesión, ¡oh María, mi Madre y mi esperanza!

PUNTO 3

No solamente es la muerte fin de los trabajos, sino también puerta de la vida, como dice San Bernardo. Necesariamente, debe pasar por esa puerta el que quisiere entrar a ver a Dios (Sal. 117, 20). San Jerónimo rogaba a la muerte y le decía: "¡Oh muerte, hermana mía; si no me abres la puerta no puedo ir a gozar de la presencia de mi Señor!" (Cant. 5, 2).

San Carlos Borromeo, viendo en uno de sus aposentos un cuadro que representaba un esqueleto con la hoz en la mano, llamó al pintor y le mandó que borrase aquella hoz y pintase en su lugar una llave de oro, queriendo así inflamarse más en el deseo de morir, porque la muerte nos abre el Cielo para que veamos a Dios.

Dice San Juan Crisóstomo que si un rey tuviese preparada para alguno suntuosa habitación en la regia morada, y por de pronto le hiciese vivir en un establo, ¡cuán vivamente debería de desear este hombre el salir del establo para habitar en el real alcázar!...

Pues en esta vida, el alma justa, unida al cuerpo mortal, se halla como en una cárcel, de donde ha de salir para morar en el palacio de los Cielos; y por esa razón decía David (Sal. 141, 8): "Saca mi alma de la prisión". Y el santo anciano Simeón, cuando tuvo en sus brazos al Niño Jesús, no supo pedirle otra gracia que la muerte, a fin de verse libre de la cárcel de esta vida: "Ahora, Señor, despide a tu siervo..." (Lc. 2, 29), "es decir -advierte San Ambrosio-, pide ser despedido, como si estuviese por fuerza". Idéntica gracia deseó el Apóstol, cuando decía (Fil. 1, 23): Tengo deseo de ser desatado de la carne y estar con Cristo.

¡Cuánta alegría sintió el copero de Faraón al saber por José que pronto saldría de la prisión y volvería al ejercicio de su dignidad! Y un alma que ama a Dios, ¿no se regocijará al pensar que en breve va a salir de la prisión de este mundo y que irá a gozar de Dios? Mientras vivimos aquí unidos al cuerpo estamos lejos de ver a Dios y como en tierra ajena, fuera de nuestra patria; y así, con razón, dice San Bruno que nuestra muerte no debe de llamarse muerte, sino vida.

De eso procede el que suela llamarse nacimiento a la muerte de los Santos, porque en ese instante nacen a la vida celestial que no tendrá fin. "Para el justo -dice San Atanasio- no hay muerte, sino tránsito, pues para ellos el morir no es otra cosa que pasar a la dichosa eternidad".

"¡Oh muerte amable! -exclamaba San Agustín-. ¿Quién no te deseará, puesto que eres fin de los trabajos, término de las angustias, principio del descanso eterno?" Y con vivo anhelo añadía: ¡Ojalá muriese, Señor, para poder veros!

Tema la muerte el pecador -dice San Cipriano-, porque de la vida temporal pasará a la muerte eterna, mas no el que, estando en gracia de Dios, ha de pasar de la muerte a la vida. En la historia de San Juan el Limosnero se refiere que de cierto hombre rico recibió el Santo grandes limosnas y la súplica de que pidiera a Dios vida larga para el único hijo que aquél tenía. Mas el hijo murió poco después. Y como el padre se lamentaba de esa inesperada muerte, Dios le envió un ángel, que le dijo: "Pediste larga vida para tu hijo; pues sabe que ya está en el Cielo gozando de eterna felicidad".

Tal es la gracia que nos alcanza Jesucristo, como se nos ofreció por Oseas (13, 14): ¡Seré tu muerte, oh muerte! Muriendo Cristo por nosotros, hizo que nuestra muerte se trocase en vida.

Los que llevaban al suplicio al santo mártir Plonio le preguntaron maravillados cómo podía ir tan alegre a la muerte. Y el Santo les respondió: "Engañados estáis. No voy a la muerte, sino a la vida". Así también exhortaba su madre al niño San Sinfroniano cuando éste iba a recibir el martirio: "¡Oh, hijo mío, no van a quitarte la vida, sino a cambiarla en otra mejor!".

AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh Dios de mi alma! Os ofendí en lo pasado apartándome de Vos; mas vuestro Divino Hijo os honró en la cruz con el sacrificio de su vida. Por esa honra que tributó vuestro Hijo amadísimo, perdonadme las injurias que os he hecho.

Me arrepiento, Señor, de haberos ofendido, y prometo amar sólo a Vos en lo por venir. De Vos espero mi eterna salvación, así como reconozco que cuantos bienes poseo, de Vos los recibí; dones son todos de vuestra bondad. "Por la gracia de Dios soy lo que soy" (1 Co. 15, 10). Si antes os ofendí, espero honraros eternamente alabando vuestra misericordia... Vivísimo deseo tengo de amaros... Vos me lo inspiráis, Señor, por ello, amor mío, os doy fervorosas gracias. Seguid, seguid ayudándome como ahora, que yo espero ser vuestro, totalmente vuestro.

Renuncio a los placeres del mundo, pues ¿qué mayor placer pudiera lograr que el de complaceros a Vos, Señor mío, que sois tan amable y que tanto me habéis amado?

No más que amor os pido, ¡oh Dios de mi alma! Amor y siempre amor espero pediros, hasta que, en vuestro amor muriendo, alcance la señal del verdadero amor; y sin pedirlo, de amor me abrase, no cesando de amaros ni un momento por toda la eternidad y con todas mis fuerzas.

¡María, Madre mía, que tanto amáis a Dios y tanto deseáis que sea amado, haced que le ame mucho en esta vida, a fin de que pueda amarle para siempre en la eternidad!

 

EVANGELIO DEL DÍA: LOS MUERTOS OIRÁN LA VOZ DEL HIJO DE DIOS

2 de noviembre
CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS
Forma Extraordinaria del Rito Romano
 En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “En verdad, en verdad os aseguro que llega la hora, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán. Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella, y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre. No os asombréis: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio”.
Juan 5, 25-29

 

lunes, 1 de noviembre de 2021

POR QUÉ Y COMO LA IGLESIA HONRA Y CELEBRA A LOS SANTOS. Beato Dom Columba Marmion, O.S.B.

 

POR QUÉ Y COMO LA IGLESIA HONRA Y CELEBRA A LOS SANTOS 
Tomado del libro "Jesucristo Vida del Alma" del Beato Dom Columba Marmion, O.S.B. 

Además de los misterios de Cristo, la Iglesia celebra también las fiestas de los santos.

¿Por qué la Iglesia celebra a los santos? -Por el principio siempre fecundo de la unión que existe, después de la Encarnación, entre Cristo y sus miembros.- Los santos son los miembros gloriosos del cuerpo místico de Cristo: Cristo está ya «formado en ellos»; ellos «han conseguido su plenitud», y alabándolos a ellos, Cristo es glorificado en ellos. «Alábame, decía Cristo a Santa Matilde, porque soy la corona de todos los santos». Y la santa monja veía toda la hermosura de los escogidos alimentarse en la sangre de Cristo, resplandecer con las virtudes por El practicadas, y ella, dócil a la divina recomendación, honraba con todas sus fuerzas a la bienaventurada y adorable Trinidad «por haberse dignado ser la admirable gloria y corona de los santos» (Libro de la gracia especial, P. I, c. 31).

A la Santísima Trinidad es, en efecto, como todos saben, a quien la Iglesia ofrece sus alabanzas, festejando a los Santos. Cada uno de ellos es una manifestación de Cristo; lleva en sí los rasgos del divino modelo, pero de una manera especial y distinta. Es un fruto de la gracia de Cristo, y a honra y gloria de esta gracia se complace la Iglesia en ensalzar a sus hijos victoriosos. «Para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6).

Tal es la característica del culto de la Iglesia hacia los Santos: la complacencia. Esta buena madre se siente orgullosa con las legiones de sus escogidos, que son el fruto de su unión con Cristo, y que ya forman parte, en los resplandores del cielo, del reinado de su Esposo, a quien honra, finalmente, en ellos: «Señor, ¡cuán admirable es vuestro nombre, pues habéis coronado de honor y gloria a vuestro santo!» (Sal 8, 2-6). La Iglesia renueva en los santos el recuerdo de la alegría que inundó sus almas, cuando merecieron penetrar en el reino de los cielos: «Entra, bueno y leal servidor, en el gozo de tu Señor... Ven, Esposa de Cristo, a recibir la corona que el Señor te tiene preparada desde toda la eternidad...»; enaltece las virtudes y méritos de sus apóstoles y mártires, de sus pontifices, confesores y vírgenes; se alegra de su gloria y presenta sus ejemplos, si no siempre a la imitación, al menos a la alabanza de sus hermanos de la tierra. «Si no eres capaz de seguir a los mártires en el derramamiento de sangre, síguelos en el afecto» (San Agustín, Sermo CCLXXX, c. 6).

Y después de haberlos alabado, se encomienda a sus oraciones e intercesión. ¿Menoscaba por esto el poder infinito de Cristo, sin el cual nada podemos hacer? Ciertamente que no. Se complace Cristo (no para disminuir su radio de acción, antes más bien para ensancharle), oyendo a los santos, que son los príncipes de la corte celestial, y otorgándonos por su intercesión cuantas gracias le pedimos, se establece así una corriente sobrenatural de intercambio entre todos los miembros de cuerpo místico.[Hæec vero nostra et sanctorum cohærentia est, ut nos congratulemur eis, ipsi compatiantur nobis, militent pia intercessione. San Bernardo, Sermo V, In festo omnium sanctorum].

En fin, no pudiendo la Iglesia festejar a cada uno de los santos en particular, al fin del ciclo litúrgico, estableció la solemne fiesta de Todos los Santos, en la cual multiplica y extrema, si así puede decirse, sus alabanzas jubilosas.

Transportándonos al cielo en seguimiento del Apóstol San Juan, nos presenta aquella gloriosa porción del reino de su Esposo; las legiones innumerables de los escogidos, aquella «muchedumbre de santos que nadie podrá contar», que asisten al trono de Dios, revestidos de blancas túnicas, con palmas en las manos, de cuyas filas se levanta la grandiosa aclamación: «Gloria a Dios, gloria al Cordero inmolado por nosotros que con su sangre nos rescató de toda tribu, de toda lengua, de todo pueblo, de toda nación» (Ap 7, 9-10; 5,9).

Ante tan gloriosa visión, la Iglesia experimenta transportes de alegría. Oíd con qué expresiones se dirige a sus hijos triunfantes: «Bendecid al Señor, vosotros todos que sois sus escogidos; disfrutad días dichosos y cantad sus alabanzas; pues el cantar es la herencia de todos los santos, del pueblo de Israel, del pueblo que constituye su corte; es la gloria propia de todos los santos» [Benedicite Domino, omnes electi eius; agite dies lætitiæ et confitemini illi; hymnus omnibus sanctis eius... gloria hæc est omnibus sanctis eius. Antífona de las Vísperas de Todos los Santos. +Tob 13,10; Sal 148,14; ib. 149,9].

También nosotros estamos llamados a participar de este triunfo; a formar el cortejo de Cristo... «en los esplendores de los santos», a participar en el seno del Padre, de la gloria del Hijo, después de habernos asociado en la tierra a sus misterios. Anticipémonos a esta melodía de los cielos donde resuena el eterno Alleluia, asociándonos cuanto podamos desde ahora, con gran fe y abrasado amor, a la oración de la Iglesia, Esposa de Cristo y madre nuestra.

 

TODA SANTIDAD CONSISTE EN EL AMOR. San Alfonso María de Ligorio

 


Toda la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y nuestro redentor. La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto.

¿Por ventura Dios no merece todo nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. «Considera, oh hombre –así nos habla–, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo».

Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo: «Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor». Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haber dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad, y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas criaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a él en atención a tantos beneficios.

Y no sólo quiso darnos aquellas criaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros. El Padre eterno llegó a darnos a su Hijo único. Viendo que todos nosotros estábamos muertos por el pecado y privados de su gracia, ¿que es lo que hizo? Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado.

Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?

 

EVANGELIO DEL DÍA: BIENAVENTURADOS



1 de noviembre
 Solemnidad de Todos los Santos
Forma Extraordinaria del Rito Romano 
En aquel tiempo: Viendo Jesús a las turbas, subióse a un monte y como se hubo sentado, se le acercaron sus discípulos. Abriendo entonces su boca, les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los manos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que hacen obra de paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os ultrajen y os persgan y digan todo mal contra vosotros por mi causa. Gozaos entonces y alborozaos, porque es grande vuestra recompensa en los cielos. 
Mateo 5, 1-12

COMENTARIOS AL EVANGELIO
Homilía de maitines POR MEDIO DE SU HIJO DIO PRECEPTOS MAYORES San Agustín
HAY QUE CONSIDERAR CON MUCHA DILIGENCIA ESTE NÚMERO DE LAS SENTENCIAS. San Agustín 
 LAS BIENAVENTURANZAS. Comentario de san Jerónimo
LOS QUE GUARDAN LOS MANDAMIENTOS DE DIOS, ESTÁN MÁS PRÓXIMOS AL VERBO Y SON LLAMADOS PARA QUE SE APROXIMEN TODAVÍA MÁS. Orígenes
 LA FELICIDAD DE LOS SANTOS. San Juan Bautista de la Salle
LA PUREZA: SIN ELLA NADIE VERÁ A DIOS. San Juan María Vianney
EN LOS SANTOS VEMOS LA VICTORIA DEL AMOR benedicto XVI
LOS SANTOS Y LA INTERPRETACIÓN DE LA ESCRITURA Reflexión diaria acerca de la Palabra de Dios.