DÍA 5
CONSAGRADO A HONRAR
LA PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO
MES DE MAYO
DE
MARÍA INMACULADA
POR EL PRESBÍTERO
Don Rodolfo Vergara Antúnez
Por la señal de la santa cruz…
DÍA 5
CONSAGRADO A HONRAR
LA PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO
Consideración
Tres años habían pasado desde el día del
nacimiento de María, cuando el prematuro desarrollo de su razón advirtió a sus
ancianos padres que había llegado la hora de la separación, dando cumplimiento
al voto que habían hecho de consagrar a Dios el primer fruto de su matrimonio.
Con el corazón partido de dolor, los dos ancianos esposos toman el camino de
Jerusalén para depositar en el templo el tesoro más caro de sus corazones, el
consuelo de su senectud y el único embeleso de su hogar tanto tiempo solitario.
Entre tanto, María deja alegre y contenta aquel hogar querido, porque si amaba
tiernamente a sus padres, suspiraba por vivir en la amable soledad del
santuario para consagrarse enteramente a Dios. Largos parecíanle los caminos
que veía serpentear al través de las montañas y llanuras; y cuando, desde el
fondo del valle, vio levantarse las altas cúpulas que protegían la santa casa
del Señor, su tierno corazón se derretía en santos afectos y palpitaba de la
más dulce alegría.
¿A dónde vas, tierna niña, cuando apenas despunta en ti la alborada de la vida? ¿Por qué tan presto abandonas el techo de tu hogar y el regazo y las caricias de tu madre? ¿Por qué te desprendes de sus brazos amorosos para entregarte en manos de personas desconocidas, en las cuales no hallarás la ternura maternal? «El pájaro encuentra abrigo, responde, y la tórtola su nido: y yo, tímida paloma, voy a buscar mi nido en los altares del Señor». Oigo una voz que me habla al corazón y me dice: «Hija mía, olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre, y el Rey se complacerá en tu belleza». «Yo voy en seguimiento de mi Amado, porque Él es todo para mí y yo soy toda para Él».
Colocada la hermosa niña a la sombra del
santuario del Dios de Israel, sólo se ocupó en prepararse para desempeñar la
más augusta misión que se haya jamás confiado a humana criatura. Puesta en
manos del Sumo Sacerdote, subió en compañía de los ángeles los escalones del
santuario y se incorporó entre las vírgenes de Sión. Tierna planta que crecerá
al abrigo del mundo, fecundada por el calor de la caridad divina y regada por
mano de los ángeles.
Así es como en la edad más tierna, María consuma su sacrificio, buscando en el
santuario un asilo para su inocencia. Allí, desprendida de todos los afectos
del mundo y profundamente recogida dentro de sí misma, se absorbe en la
contemplación de las verdades eternas y se embriaga en los purísimos goces del
amor divino. Desde el principio del mundo, jamás se había hecho al cielo una
oblación más pura, dice san Andrés de Creta; ninguna criatura había ejecutado
hasta entonces un acto de religión más agradable a Dios. El Sumo Sacerdote
acepta, en nombre de Yahvé, esa oblación de inestimable valor, coloca a la
sombra del tabernáculo ese precioso depósito y concluye bendiciendo a los dos
ancianos y felices esposos.
Hay en el mundo ciertas almas privilegiadas a quienes Dios llama al retiro y a la amable soledad del claustro. Con mano amorosa las escoge entre la multitud, las segrega del mundo y las conduce al silencio de su templo y de su casa para hacerlas sus esposas.
Esas almas comienzan a sentir entonces un vacío que no pueden llenar los más dulces placeres y los más agradables pasatiempos de la vida. Atraídas por un encanto irresistible, suspiran por la soledad y buscan en su seno la paz y el gozo que les niega el mundo, y como tímidas palomas, atraídas por el perfume del incienso, forman su nido en las grietas del santuario. Allí, Dios les habla al corazón, y al escuchar esa voz dulcísima, cortan todos los lazos que las ligan al mundo y se entregan enteramente a su servicio.
¡Almas afortunadas! Vosotras sois verdaderamente las hijas predilectas del mejor de los padres. Si Él os llama, es porque quiere regalaros con todos los tesoros de su bondad, porque quiere vivir con vosotras en toda la dulce intimidad en que viven los esposos. Considerad que esta gracia de inestimable precio no la otorga a todas, y ya que vosotras habéis tenido la suerte de fijar la elección divina sin merecimiento alguno de vuestra parte, no tardéis un instante en acudir a su llamado. ¡Qué ingratas seríais si, despreciando la vocación de Dios, rehusaseis enrolaros entre las santas vírgenes que viven a la sombra del santuario! A ejemplo de María, id presto a donde os llama el esposo de las almas. María no tarda, no delibera, no deja para después su resolución; oye y marcha.
Dios quiere víctimas sin mancha, y no los restos despreciables, sino las primicias del corazón. No querer pertenecer a Dios desde temprano, es exponerse a no pertenecerle nunca, porque esa dilación voluntaria y culpable lo aleja de las almas y acaso para no volver a tocar la puerta que no se abrió a sus primeros toques.
Ejemplo
María, Virgen Clemente
Santa María Egipcíaca, célebre penitente
que hace recordar en sus extravíos y penitencia a la pecadora del Evangelio,
debió a María su maravillosa conversión. Diecisiete años hacía que esta joven
disoluta llevaba en Alejandría una vida de escándalos, cuando se embarcó un día
para Jerusalén entre muchos cristianos que iban a celebrar la fiesta de la
Exaltación de la Santa Cruz. Allí continuó en sus desórdenes sin tener
consideración que se hallaba en el teatro mismo en que se operó la redención
del mundo. Pero un día en que los fieles penetraban en el templo para adorar la
Santa Cruz, quiso ella seguirlos, pero sin intención de ejecutar un acto de
cristiana piedad. Era allí donde la divina misericordia la aguardaba para
torcer el rumbo de esta barca rota, que fluctuaba en medio de la tempestad
mundana. Cuando intentó penetrar en la iglesia, sintió que una mano invisible
la detenía; y cuanto mayores eran sus esfuerzos, tanto más poderosa era la
fuerza que la repelía.
Este prodigio abrió los ojos de la pecadora, y comprendió que sus enormes
delitos la hacían indigna de ver y adorar el sagrado madero en que Jesucristo
obró nuestra redención. Una luz interior iluminó todo su pasado y presentáronse
a su mente todas sus culpas como un escuadrón de espectros infernales. Confusa,
avergonzada de sí misma y deshecha en lágrimas, alzó la vista al cielo, y vio
una imagen de María que coronaba la fachada del templo. Se acordó entonces de
que en los años de su inocencia había oído decir que María era Madre de
misericordia, y exclamó en medio de sus sollozos: «¡Tened compasión de esta
infeliz criatura, oh, vos, que sois refugio de pecadores! pues siendo yo la
mayor de todas, tengo particular derecho a vuestra protección. No merezco que
Dios derrame sobre mí las gracias que derrama hoy sobre tantas almas fieles que
se aprovechan de la sangre de Jesucristo; pero, a lo menos, no me niegues el
consuelo de ver y adorar en este día el sacrosanto madero en que mi dulce
Redentor obró la salvación de mi alma. ¡Yo os prometo, Señora, que después de
este favor, me iré a un desierto a llorar mis pecados por el resto de mi vida,
y a perder en la soledad hasta la infeliz memoria del mundo a quien he
servido!».
Animada entonces de una dulce confianza, entra en la iglesia sin resistencia; y postrada de nuevo a los pies de la Santísima Virgen, le pide que sea su conductora en el camino de la salvación. No bien había terminado su oración, cuando oye como de lejos una voz que le dice: «Pasa el Jordán, y hallarás descanso».
Salió entonces de la ciudad, llevando tres panes por toda provisión. Llegó al anochecer a las orillas del Jordán, y pasó toda la noche orando en una iglesia dedicada a San Juan Bautista. A la mañana siguiente purificó su alma en las aguas de la penitencia, recibió la sagrada Eucaristía y pasó el río en una embarcación que halló en la ribera. El desierto la recibió en sus impenetrables soledades y la ocultó durante cuarenta y siete años a las miradas del mundo. Allí no tuvo más sustento que raíces silvestres, ni más compañía que las aves del cielo. La oración y la penitencia eran sus ocupaciones y su delicia, las lágrimas su pan de cada día y los recuerdos del mundo y las sugestiones de la concupiscencia sus implacables enemigos.
Dios permitió que al morir recibiese la visita de San Zósimo, primera y única persona a quién vio durante los años que vivió en el desierto. De su mano recibió el viático de los moribundos, después de haberle revelado los secretos de su conversión y de su vida penitente para edificación del mundo y eterno testimonio de la misericordia de María.
Jaculatoria
Ven a mi amparo, Señora,
Que un pecador os implora.
Oración
¡Oh María!, al considerar vuestra pronta, entera e irrevocable consagración a Dios en los más tiernos años de vuestra vida, al veros, como la paloma, ir a construir vuestro nido en el silencio de la casa del Señor y lejos de la Babilonia del mundo, venimos a suplicaros, os dignéis despertar en nosotros el deseo de imitaros en vuestra entera consagración al servicio de Dios, esposo y padre de nuestras almas. Los años de nuestra vida han transcurrido, Señora nuestra, en la disipación y en la tibieza, dividiendo nuestro corazón entre Dios y el mundo y acaso dando a este la mejor parte. ¡Cuántas veces hemos desoído los llamamientos divinos y seguido las inspiraciones de nuestro amor propio y las sugestiones del demonio! ¡Cuántas veces Jesús ha venido a tocar a la puerta de nuestro corazón en solicitud de un recibimiento amoroso, y lo ha encontrado sordo a sus clamores y ocupado en afectos terrenos y miserables! ¡Ah, Señora nuestra!, vos que sois nuestra guía y maestra, nuestro modelo y protectora, dignaos inspirarnos un amor ardiente a Dios para consagrarnos desde hoy a su servicio, ahogando todo afecto que no lo tenga a Él por principal objeto. No más afecciones puramente terrenas, no más horas perdidas en vanos intereses, no más pensamientos pecaminosos, no más entretenimientos inútiles, no más amor por las riquezas, honores y deleznables placeres del mundo. Yo quiero seguiros, dulce Madre, y penetrar con vos en el santuario del Dios de las virtudes y buscar allí mi reposo y mi morada para no pensar ya en otros intereses que en los de mi santificación. Y ya que no me es dable morar con vos en la soledad y apartamiento del mundo, permitidme al menos hacer de mi corazón un santuario de virtudes y de mi alma una morada del Dios vivo, para disfrutar allí de las dulzuras que están reservadas a los felices moradores de la soledad y a los fieles servidores del Señor. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Hacer una fervorosa comunión espiritual, pidiendo a Jesús, por la intercesión de María, que nos conceda un intenso amor a Dios.
2. Abstenerse, por amor a María, de toda palabra de murmuración o de crítica.
3. Hacer un cuarto de hora de lectura espiritual.