DIA 18
CONSAGRADO A HONRAR
EL SÉPTIMO DOLOR DE MARIA
MES DE MAYO
DE
MARÍA INMACULADA
POR EL PRESBÍTERO
Don Rodolfo Vergara Antúnez
DIA 18
CONSAGRADO A HONRAR
EL SÉPTIMO DOLOR DE MARIA
Consideración
Temerosos los discípulos de que el sagrado cuerpo del Salvador sufriera nuevos ultrajes, si permanecía por más tiempo en la cruz, solicitaron de Pilatos autorización para bajarlo del suplicio y darle honrosa sepultura. Pilatos consintió sin dificultad en ello; Jesús fue desenclavado de la cruz por manos de sus discípulos.
En este instante redóblanse las penas de María. El mundo iba a devolver a sus brazos maternales los fríos despojos de su adorado Hijo; pero ¡ay! ¡en qué estado le devuelven los hombres a aquel que con tanto gozo concibiera en sus entrañas! afeado, denegrido, ensangrentado. Era el más hermoso entre los hijos de los hombres; mas ahora apenas conserva la figura de hombre. ¡Recibe, ¡oh Madre! el triste presente que te da el mundo en pago de los beneficios que ha recibido de tu mano..!
María alza ansiosamente sus brazos para recibir al Hijo que hacía tanto tiempo que anhelaba estrechar contra su pecho. Toma en sus manos los clavos ensangrentados, los mira, los besa y los deja silenciosamente al pie de la cruz. Coloca sobre sus rodillas el cuerpo despedazado de Jesús; lo estrecha amorosamente en sus brazos; le quita las espinas de su cabeza, como si quisiera de este modo aliviar los pasados dolores de su hijo ya difunto; contempla, llena de espanto, las profundas heridas que las espinas, los clavos y la lanza habían abierto en su frente, manos y costado.
Mézclanse sus rubios cabellos con los ensangrentados de Jesús; empapa con sus lágrimas el exánime cadáver e imprime en él ósculos llenos de amor y de ternura. «Hijo mío, exclama, ¿qué ola ha sido ésta que te ha arrebatado violentamente del seno de tu madre? ¿Qué mal has hecho a los hombres que te han puesto en tan lamentable estado?–Responde, Hijo mío, responde por piedad».–Pero ¡ay! muda está esa lengua que habló tantas maravillas; cárdenos esos labios que pronunciaron tantas palabras de vida, de amor y consuelo; oscurecidos los ojos que con una sola mirada calmaban las tempestades; heridas las manos que dieron vista a los ciegos, oído a los sordos y vida a los muertos. «¿Qué haré yo sin ti? ¿Quién tendrá piedad de una madre desamparada? ¡Oh Belén! ¡Oh Nazaret! apartaos de mi memoria, los goces que en días lejanos disfruté en vuestro seno se han convertido en espinas punzadoras…»
De esta suerte se lamentaría la dolorida Madre teniendo en sus brazos el cuerpo de Jesús. ¡Pobre madre! Aún le quedaba que apurar otro no menos amargo trago. Los discípulos arrancan de los brazos de María el cuerpo de su Hijo para conducirlo al sepulcro; y ella tiene el dolor de seguir hasta la tumba esos restos queridos, y después de acariciarlos por última vez ve colocar sobre ellos una pesada losa. No hay nada más cruel para el corazón de una Madre que ver entregar a la tierra el fruto de sus entrañas. ¡Oh, cuánto hubiera dado María por tener el consuelo de ser sepultada con Jesús en el sepulcro!
En el corazón atribulado de María se levantaba un pensamiento que hacía aún más penoso su martirio. Ella veía, a través de los siglos venideros, que los padecimientos y la muerte de Jesús habían de ser ineficaces para un gran número, y que a pesar de los azotes, las espinas y la cruz, multitud de pecadores se habían de condenar. Veía que la pasión de su Hijo no estaba aún terminada y que en la serie de los siglos sus heridas habían de ser mil y mil veces nuevamente abiertas.
–No contristemos con nuestra ingratitud y con nuestros pecados el lacerado corazón de María, que bastante ha padecido ya por nosotros. Ella nos dice amorosamente desde el cielo: Pecadores, volved al corazón herido de mi Jesús.
–Venid; contemplad las llagas que en él han abierto vuestros pecados; no renovéis esas llagas, mirad que renováis también mis dolores y que así demostráis sentimientos más crueles que los de los verdugos. Ellos no lo conocían; pero Vosotros sabéis que es vuestro Dios, vuestro Redentor. Ellos obedecían a las órdenes de jueces inicuos, vosotros obedecéis a vuestras pasiones y a vuestros desordenados deseos. Ellos, en fin, no habían recibido ningún beneficio de Jesús, pero vosotros habéis sido rescatados con su sangre.
Ejemplo
María, Salud de los enfermos
En 1872 había en una comunidad de Nuestra Señora de los Dolores de la ciudad de Cholón una religiosa que padecía, desde siete años, una parálisis que la colocó al borde del sepulcro. Rebelde a todos los recursos de la ciencia, los médicos habían declarado que no les quedaba nada que hacer. La enferma era muy devota de María, y a Ella clamó en el extremo de su aflicción. Una noche se le apareció en sueño la superiora del Convento, que había muerto hacía algunos meses, y le dijo que quedaría curada de su enfermedad si hacía una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de l’Epine, situado a una jornada del Convento.
La enferma pidió con vivas instancias que se la condujera a este santuario animada de la más segura esperanza de que allí obtuviera su curación. Pero el mal, que cada día tomaba mayores creces, hacía poco menos que imposible la traslación a un lugar tan distante, pues tenía todo un lado del cuerpo sin acción ni movimiento. Pero fue preciso acceder a los reiterados ruegos de la paciente y transportarla con indecible trabajo en un vehículo, acompañada y sostenida de varias personas. Durante el trayecto su estado se agravó considerablemente y se redoblaron sus padecimientos hasta el punto de inspirar muy serios temores por su vida. Pero, al fin, venciendo innumerables dificultades, llegó al santuario y fue acomodada como mejor se pudo en la capilla de la Santísima Virgen.
El capellán de la comunidad subió al altar para celebrar el santo sacrificio de la misa, después de haber rezado con los circunstantes una parte del Rosario y cantado el Salve Regina. Poco antes de terminar la misa, sintió la enferma una conmoción violenta en toda la parte enferma de su cuerpo, y poniéndose de rodillas por sí sola, exhaló un grito de júbilo, diciendo. ¡Estoy sana! En seguida se levantó sin ningún auxilio extraño y fue a arrodillarse a la tarima del altar para dar gracias a su soberana bienhechora. Al verla, todos los circunstantes quedaron estupefactos, y derramando lágrimas de ternura y admiración, exclamaban: ¡Milagro, milagro! El cura, testigo presencial de aquel prodigio, entonó el Te Deum y levantó un acta que firmaron todos los que lo habían presenciado.
La que acababa
de tener la dicha de ser objeto de un favor tan especial de la Santísima Virgen
fue sacada en triunfo de la Iglesia. Nadie se cansaba de mirarla, como si no
pudiesen dar crédito a sus propios ojos. No fue menos patética la escena al
llegar al monasterio. Todos prorrumpieron en entusiastas aclamaciones, cuando
vieron bajar del carruaje con la firmeza y precipitación de la que nunca ha
estado enferma, a la que pocas horas antes habían visto partir arrastrándose
trabajosamente, como un cuerpo a quien la vida abandona de prisa.Se dirige en
seguida a casa del médico, que pocos días antes la había abandonado,
desesperando de su curación. Jamás hombre alguno se halló más perplejo; y
rindiéndose a la evidencia declaró que aquella curación instantánea y completa
no era obra natural.
¿Con cuánta razón la Iglesia saluda a María con el título de
Salud de los enfermos? Ella, que tiene siempre remedios divinos para curar las dolencias del alma, los tiene también para poner término a los males del cuerpo que aquejan a sus devotos cuando la invocan con confianza filial.
Jaculatoria
Haz que en mi
alma estén de fijo
Para que siempre llore,
Las llagas del Crucifijo.
Oración
¡Oh María! Permíteme que yo pueda acompañarte siempre en tu amarga soledad; yo no quiero dejarte sola, quiero unir mis lágrimas a las tuyas para llorar la muerte de mi Redentor. ¡Ah! Madre atribulada, tú no lloras sólo por la muerte de tu Hijo, que lloras también por mí; porque yo he muerto muchas veces por el pecado y muchas veces he contristado tu corazón de madre con mis ofensas; mil veces he renovado los tormentos de la pasión con mis ingratitudes y he pisoteado la sangre vertida por mí en la cruz. Pero tú que eres misericordiosa y compasiva, tú que perdonaste a los verdugos que crucificaron a Jesús, tú que amas a los pecadores con entrañas de madre, alcánzame la gracia de ser en adelante el compañero de tus dolores y de tu soledad, por mi fidelidad y amor a Jesús y por la compasión de sus padecimientos. Haz nacer en mi corazón un horror sincero al pecado que fue la causa de tus dolores y de los de Jesús; que viva siempre arrepentido de todas las culpas con que he manchado mi vida pasada, para que, llorándolas amargamente en la tierra, merezca gozar un día de la eterna bienaventuranza. Amén.
3 avemarías
Prácticas espirituales
1. Hacer una lectura espiritual que nos recuerde los padecimientos de Jesús y los dolores de María.
2. Rezar una tercera parte del rosario para honrar esos mismos padecimientos y dolores.
3. Mortificar el sentido del gusto, privándose de comer cosas de puro apetito.