jueves, 11 de junio de 2026

Nociones sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. P. Grautrelet

 


Nociones sobre la devoción

al Sagrado Corazón de Jesús.

Del

MES DEL  SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

ARTICULO I.

Fundamentos de esta devoción.

 

Nadie puede poner en duda que la perfección cristiana consiste en imitar a Jesucristo, pues en este Señor está el principio de la vida sobrenatural de sus miembros, siendo como es la raíz que comunica la sabia a todas las ramas, según estas palabras del Evangelio; “Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos.” (San Juan, XV).

Este Salvador divino es la fuente de las gracias que recibimos, la regla que en todo debemos seguir, el medio de adquirir todo bien sobrenatural, y el fin inmediato del cristiano, que sólo por Él puede llegar a Dios. Por lo tanto, todo cristiano está obligado a unirse a Cristo como a su cabeza, a imitarle como a su modelo, a apoyarse en Él como en el cimiento que le sostiene, y a dirigirse a Él como a su fin. Este es el estudio de su vida, y el principio, la carrera y el término de la perfección cristiana.

          Jesucristo, como dice San Agustín, no debe considerarse nunca separado de los hombres, con quienes se unió en la Encarnación. “Un solo hombre con su   cabeza y su cuerpo es Jesucristo. El Salvador del cuerpo y los miembros del cuerpo son dos en una carne y una voz y una pasión, y cuando pasare la iniquidad, gozaron de un mismo descanso.” (San Ag., In. Ps. LXI.) Luego si, según San Agustín, según San Pablo, somos un cuerpo con Cristo, y nos son comunes con Él la voz de la oración, la pasión que sufrimos y los goces que esperamos, ¿no será también común el corazón? “Si, dice San Bernardo, vuestro corazón es el mío.” (Sermón III de Pas.) De todos los hombres es el Corazón de Jesús, pues si está lleno de gracia y abrazado en amor, no lo está para sí solo, sino para llenarnos de su gracia y abrazarnos de su amor.

          Es el Corazón de Jesús una hoguera que enciende a toda alma que ama a Dios, un suplemento de nuestra flaqueza que levanta nuestras obras, virtudes, oraciones y merecimientos a infinita altura, un órgano dado a la naturaleza humana para cumplir con perfección el precepto de la caridad. Es la vida del alma pues le da gracia, fuerza, amor y fecundidad de buenas obras; es modelo que alumbra al que lo copia, para que vea en el las virtudes llevadas al sumo grado de perfección; es rey de los corazones a quien toca la dirección de sus afectos. Como el sol determina el movimiento de los astros que componen nuestro sistema      planetario, así este Sol de las almas rige el de los corazones y los lleva consigo en su carrera divina.

           Tal es el oficio de este Corazón Sagrado; por lo cual podemos decir que, si el Salvador es el hombre por excelencia, también su Corazón es el Corazón por excelencia santo y digno de Dios, por quien y en quien los demás pueden ser gratos a la divina Majestad. Desde este punto de vista hemos de mirar la devoción de que se trata, para que tengamos de ella una justa idea, y conozcamos su objeto, su fin, su espíritu y su práctica verdaderamente sólida.

 

ARTICULO II.

Objeto de esta devoción.

 

Es el Corazón de Jesús, corazón material y de carne, órgano principal de la vida física, que en el hombre es también órgano de la vida moral y de los afectos del alma. No lo consideramos como separado del cuerpo, al cual comunica la vida por medio de la sangre. Mucho menos lo separamos del alma que lo anima, y de la cual es un fiel instrumento en el ejercicio del amor. Tampoco lo             separamos de la divinidad, porque es el Corazón de un Hombre-Dios, un Corazón vivo, sensible, participando de los afectos del alma, amando con el amor de la Persona divina a la que está unido, símbolo, órgano e instrumento del amor de Dios. Mas para que mejor se entienda la razón y fundamento de esta devoción, su naturaleza, excelencia y fin, entraremos en algunas explicaciones.

 

1.° ¿Qué es el corazón en el hombre? ¿Cuáles sus operaciones en relación con el cuerpo y con el alma?

Tan unidos están en el hombre el cuerpo y el alma, que se confunden en la unidad de persona; pero, como son sustancias distintas, tienen propiedades diversas, y tan diversas, que, si no estuvieran unidos en una persona el espíritu y el cuerpo, serían opuestas y contrarias en un todo sus operaciones. Ahora, en virtud de esta unión, a las operaciones del alma corresponden otras análogas en el cuerpo, y viceversa. Como el hombre se compone de estas dos sustancias, no hay hombre donde no se hallan las dos; ni acción de hombre donde las dos no tomen parte. La superioridad, sin embargo, está en el alma, cuya más alta potencia es la voluntad, que rige y gobierna las demás facultades, sin exceptuar el entendimiento; pues si bien depende de él en ciertas cosas, en otras le domina por completo. En todo lo demás es dueña absoluta; y, teniendo a sus órdenes al cuerpo y los sentidos, da a sus actos el carácter de libertad y moralidad que los eleva a la condición de actos humanos, y los hace dignos de premio o de castigo. Esta facultad, en un ser compuesto de cuerpo y alma, no se ejerce sin alguna dependencia de los órganos. El Señor, que formó al hombre de dos sustancias distintas, le dio un órgano corporal, que comunicase más de cerca con la voluntad que todos los demás, y le facilitase su acción sobre el cuerpo, y este es el corazón. Hallase esta entraña en relación directa con la voluntad; y como es el punto de partida de las operaciones del cuerpo, ocupa el primer lugar entre los miembros interiores, y es como un primer motor que recibe inmediatamente las órdenes del alma y las comunica a los demás. Así puede decirse que el corazón representa al hombre entero, pues por él comienza la vida y se perpetúa, y en él se halla la expresión de la vida moral y el centro del amor sensitivo que nace del amor espiritual. Por eso se atribuyen al corazón las virtudes y los vicios, como que en él anidan las pasiones, y se depositan el amor y el odio, los deseos y temores, el gozo y la tristeza, la       paciencia y la ira. Por eso se dice: Es un corazón mezquino, es hombre de corazón, no tiene corazón, y otras expresiones semejantes. Es tal la unión de este órgano con el amor y la voluntad, que se confunden con el mismo nombre, y se dice dar a Dios el corazón, por amar a Dios de verás. El mismo Dios usa este lenguaje cuando dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón." (Mateo, XXII.)

Como es natural al fuego dar calor, así es natural al corazón el amar, dice Santo Tomás.

Como la vida del corazón es amor, es imposible que viva sin amar, y por eso se le ordena en virtud del primer mandamiento, que, así como produce la vida natural, coopere también a la producción de la vida sobrenatural, y, como es el principio de las sensaciones, haga sensible el precepto del amor.

 

2.° ¿Qué es el Corazón en Jesucristo?

Cuánto hemos dicho del corazón del hombre, conviene al de Cristo, que también es hombre. Su Corazón, animado por el alma, comunica la vida al cuerpo por medio de la sangre. Pero Cristo además es Dios: luego su Corazón es el Corazón de Dios. En Cristo no hay más que una persona, y esa es la Persona del Verbo, que dirige todas las operaciones de la Humanidad, por lo cual se le atribuyen todas las acciones del Hombre-Dios, que son acciones divinas. Pues como el cuerpo y el alma de Cristo pertenecen al Verbo y se terminan en su Persona, no hay en Cristo más que un principio de las acciones que le convienen como Dios y como hombre: y a este principio se atribuye lo que es propio de las dos naturalezas, pudiéndose decir de la Persona divina lo que conviene a la naturaleza divina y a la humana. Ahora bien: el corazón representa al hombre, porque representa al alma, que le da vida, y al cuerpo, de quien es el órgano principal. Luego el Corazón de Cristo representa a Cristo. Unido como está a la Persona del Verbo en virtud de la unión hipostática, recibe de ella una vida sobrenatural y divina, es el Corazón de Dios, y sus actos y padecimientos son propios de una Persona divina.

De aquí sacaremos la excelencia de esta devoción, porque tiene por objeto un Corazón dignísimo de ser adorado y amado; pues el amor en que se abrasa, es el amor que Dios nos tiene: el dolor que le cansan nuestros pecados es dolor de un Dios; la mansedumbre, paciencia, humildad y obediencia que admiramos en Él, son virtudes de un Dios; las humillaciones y ultrajes que sufre, los sufre una     Persona divina; la honra y los desagravios que le ofrecemos, se los hacemos también a esta divina Persona. Igualmente podemos decir que el culto que se tributa al Salvador equivale al que se da a su corazón, en el cual honramos su amor, su bondad y su misericordia, que en Él están simbolizadas.

La religión encierra el amor que tiene Dios al hombre, y el que el hombre debe tener a Dios. Ambas cosas abraza y explica la devoción de que tratamos.

¿Podía representarse la primera de una manera más propia que bajo el símbolo de un corazón, que arde en el mismo amor que Dios nos tiene? La segunda es consecuencia de la primera, pues al darnos Jesús su Corazón, nos pide el nuestro. Cuanto se dé, no dando el corazón, es no dar nada, y dando el corazón, todo está dado. Necesario es, pues, dar el corazón; y para recabar de nosotros lo que tanto nos cuesta, no podía el Señor apelar a más poderoso medio que el de esta devoción. En ella se nos ofrece el mayor motivo de amar a Dios, que es lo mucho que nos ama, y el modelo del verdadero amor, que se traduce por las obras. En ella tenemos el compendio de la religión y de las leyes que nos impone.

Su objeto es el culto del Corazón de Jesús, como amante a quien debemos amor, y como paciente a quien debemos reparación.