sábado, 27 de junio de 2026

DÍA 28. DOLORES Y GOZOS DEL CORAZÓN DE JESUS.

 


 DÍA VEINTIOCHO.

DOLORES Y GOZOS DEL CORAZÓN DE JESUS.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

 DÍA VEINTIOCHO.

(Año veintiocho.)

DOLORES Y GOZOS DEL CORAZÓN DE JESUS.

 

Primer preludio. El Corazón de Jesús con sus tres insignias.

Segundo. Pedir la gracia de acompañarle en pena y gloria.

Punto primero. Dolores. — Segundo. Goces.

 

PUNTO PRIMERO.

 

Dolores del Corazón de Jesús. Como toda su vida fue Salvador, toda ella la pasó en el dolor. No se limitaron sus dolores a la Pasión, pues desde la Encarnación empezó su martirio, que no cesó sino al morir, por lo que Isaías le llama varón de dolores. No sólo padeció privaciones, molestias propias de la indigencia y de una condición humilde y laboriosa, sino que tomó sobre sí todas las penas, porque tomó todos los pecados. Quiso pagar todas las deudas, porque había salido fiador de todos los pecadores. Y como el centro del dolor y del amor es el corazón, en ese Corazón adorable se concentraron todos los dolores. “Verdaderamente ha tomado sobre sí nuestras miserias, y ha cargado con la pena que debíamos pagar", dice Isaías. (Is., LIII.) Como su vida toda fue un largo martirio, cumplió perfectamente la ley de la expiación, y quiso así santificar nuestras penas. De suerte que por una parte curó las llagas del pecado, y por otra comunicó a los males que son cas­tigo del pecado el mérito que los hace meritorios y agradables a Dios.

Del Corazón paciente dé Jesús vienen las gracias que santifican los trabajos. De Él, ha nacido el heroísmo de los mártires y en su escuela han aprendido el arte de sacrificarse los Apóstoles, confesores, vírgenes y demás santos, que de Él han recibido juntamente la fortaleza, el amor y la paciencia. Jesús quiere también endulzar con sus trabajos los nuestros, pues con su ejemplo nos enseña la necesidad de padecer, y con la gracia que padeciendo nos mereció, ayuda nuestra flaqueza, y ennoblece, y en cierto modo diviniza nuestras penas, comunicándoles el mérito de las suyas.

A todo enfermo, afligido, tentado, triste e infeliz se le puede decir:  Ven, mira y ten confianza; no te niegues a sufrir a la vista de este Corazón llagado, y como Él sufre por tu amor, sufre tú por amor suyo.

 

PUNTO SEGUNDO.

 

Goces del Corazón de Jesús. La cruz nos mete miedo, y la vista de un Dios que padece nos aterra. Pero consideremos ahora los consuelos que endulzan las penas del Señor, que son tantos y tan poderosos, que llega a hallar una felicidad en el padecer. Tres cosas le sirven de lenitivo. La primera es el pensar en la gloria que resulta a Dios de su sacrificio. En efecto: por muy grandes y enormes que sean los pecados de los hombres, es más lo que honran a Dios los sacrificios de Cristo que cuanto le deshonran los crímenes de todo el Universo. Los que ofenden a Dios son hombres, quien le aplaca es Dios. Dios honra, el hombre deshonra. ¿Qué pesará más en la balanza? ¿La honra o la deshonra? Ciertamente que nada puede compararse con un Dios que honra, que ama, que desagravia, pues todos estos actos son de infinito valor. ¿No sería esto un gran consuelo para Jesús?

La segunda consideración que consuela a Jesús es el fruto que sacarán los hombres de sus trabajos y penas, y esto le fue de mucho alivio en el penar continuo de un tan prolongado martirio. Al fin los hombres eran hermanos suyos, y por ellos se había encarnado, y de su Pasión se había de aprovechar un muy crecido número, que gozará eternamente en el cielo el fruto de ella. ¿Cuánto debía gozar aquel Corazón amante de los hombres pensando en la multitud de pecadores, que por su Pasión y muerte se habían de librar de aquellos tormentos eternos que les estaban reservados, y habían de entrar triunfantes en el Cielo?

La tercera cosa que consuela al Salvador es la vista de la gloria, que tiene asegurada. “Si diere la vida por los pecadores, dice el Espíritu Santo, verá una dilatada posteridad." (Is., LIII).

Y añade, hablando por el Profeta, que se verá harto de gloria y felicidad, y distribuirá los despojos de sus enemigos por las humillaciones que ha pasado y la muerte que ha sufrido, puesto en el número de los criminales y malhechores.

Y tú que te espantas de la cruz y temes los trabajos, ¿has considerado bien los maravillosos frutos que de ellos nacen para Dios, para las almas y para ti?

Nada tiene que ver cuanto aquí se puede pasar con la gloria que nos está reservada, según enseña San Pablo.

Si amas a Dios, si amas a tus hermanos, si te amas a ti mismo, no has de temer unos trabajos que pueden dar tanta gloria a Dios, que pueden servir de tanta ayuda a las almas y proporcionarte tanto bien a ti mismo. Si amas, no sufrirás mucho, porque “Adonde hay amor no hay pena, y si hay penas se ama la pena", dice San Agustín. El Corazón de Jesús, que te enseña la necesidad de padecer, te enseñará el modo de padecer con mérito. Examina qué es lo que más te cuesta. Ve qué sacrificio te pide Dios, y recibe la cruz de su mano paternal.

 

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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