DÍA CUARTO.
AMOR DE JESÚS A SU PADRE.
MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
O
PRINCIPALES VIRTUDES
DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,
CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES
A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA
DEL DIVINO SALVADOR.
Traducido libremente
de la obra del
P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,
fundador del Apostolado de la Oración
EJERCICIO PRÁCTICO
PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.
Por la señal, etc.
Señor mío Jesucristo, etc.
ORACIÓN PARA EMPEZAR.
¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.
Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.
Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.
Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.
DÍA CUARTO.
(Cuarto año.)
AMOR DE JESÚS A SU PADRE.
Primer preludio. El Corazón de Jesús como una hoguera inmensa en medio de un mar de hielo.
Segundo. Pediré ese fuego, que trajo el Señor al mundo.
Punto primero. Amor fiel. — Segundo. Amor puro. — Tercero. Amor constante.
PUNTO PRIMERO.
Amor fiel. Lo primero que debía hacer el hombre al llegar al uso de la razón, es un acto de amor de Dios. Jesús, que tuvo uso de razón desde el primer instante de su vida, desde entonces empezó a amar, entonando el cantar de los ángeles del portal de Belén: Gloria a Dios en las alturas. Este fue su primer suspiro, su primera voz y el primer latido de su Corazón. Repitió las palabras del Salmista: “Yo te amaré, Señor, fortaleza mía, refugio mío" (Salmo XVII), y al morir, dirá: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu."
Al criar Dios al hombre, no le había pedido sino una cosa: “Hijo, dame tu corazón.” Y como el hombre se lo negó, se queja de este proceder amargamente cuando dice por boca del Profeta: “Crie y ensalcé a unos hijos que después me han despreciado" (Is., I). ¡Ingratos! “El buey conoce a su dueño, y el jumento conoce el establo de su amo; pero Israel no me conoció” (Is., I).
Pensaré ahora en lo que era la tierra cuando se encarnó Dios. ¡Qué tinieblas! ¡Qué errores! ¡Qué vicios! ¡Qué olvido del Creador! Y me consolaré al pensar que el Corazón de Jesús sabe amar, y basta por sí solo para recompensar a Dios del olvido de los hombres. Bendito seas, Corazón santo, bendito seas. Ama a Dios por mí, suple mis faltas, suple mi frialdad. Tarde te conocí, digo con San Agustín, tarde te amé, Dios mío. ¡Tristes años que he pasado en desgracia tuya! Quiero empezar a amarte, y empiezo desde ahora.
PUNTO SEGUNDO.
Amor puro. El Corazón de Jesús me enseña, no sólo a amar sin dilación, sino a amar con toda pureza. Para amar bien a un Dios, se necesitaba un Dios; pues nada son los ardores de los Serafines y de todos los Santos juntos, cuando se trata de amar a la infinita Bondad. Mas he aquí el corazón nuevo, que había Dios prometido darnos. Ardiendo en vivas llamas exhala hasta el alto cielo un fuego que allí prendió, y devuelve a Dios el amor, que nació de Dios.
Amarás al Señor con todo tu corazón, dice la divina ley. Más ¿quién la cumplirá? ¿Quién dará al Sumo Bien ese amor, que tantos títulos se merece? No nos engañe el amor propio. Confesemos que nuestro corazón es muy pequeño, muy mezquino, muy poco digno de Su Majestad; muy gastado y corroído está por la carcoma del vicio. ¡Si al menos se lo diéramos del todo! Y ¿dónde se hallará un alma generosa que se lo dé del todo? ¿Quién ama a Dios por sí mismo, despreciando lo que no es Dios y despreciándose a sí mismo sobre todo? ¿Quién no busca sus gustos y su satisfacción personal en lo poco que hace por Dios? ¿Quién es fiel a todas horas y momentos, lo mismo en la luz que en las tinieblas, y en lo próspero como en lo adverso?
Difícil es hallar quien sirva al Señor de balde. Hay que irlo a buscar al fin del mundo, dice el Kempis.
Por lo que a mí toca, confieso, Señor, que no he llegado a esa altura. Soy un siervo asalariado que no piensa más que en la paga. Vergüenza me da de decirlo, pero es la verdad.
PUNTO TERCERO.
Amor constante. Tal fue el del Corazón de Jesús desde el primer instante de su vida hasta el fin de ella, sin distracción ni interrupción y sin amortiguarse jamás. Todavía sigue amando en el Sacramento, y amará hasta el fin del mundo, y por toda la eternidad. Colocado en medio de aquel horno de divinas llamas que es la caridad increada, es decir, el mismo Dios, arderá siempre en divinos ardores.
¡Qué motivo tan grande de humillarme! Si en un momento de fervor salta una llamarada de este pecho ingrato, ¡qué pronto se apaga! Si me animo a dar alguna cosa al que todo me lo dio, ¡qué pronto se la quito! ¿Quieres hallar, alma tibia, un eficaz remedio a tu inconstancia, un estímulo a tu tibieza? Busca al Corazón de Jesús, e incorpórate a él, y aprenderás allí lo que es amor puro y perfecto, fuerte y constante. Una vez que hayas hecho tuyo lo que es suyo, podrás por esta vía dar a la Majestad divina el amor que se merece.
Ten en la memoria y no olvides que el amor ha de ser pronto, puro y constante, es decir, que has de amar sin dilación, sin reserva y sin cesar.
ORACIÓN FINAL.
Acto de consagración y desagravio
al Sagrado Corazón de Jesús.
¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte. Amén.
***
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.
Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.
Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.
***
¡Comparte con tus familiares y amigos!