martes, 9 de junio de 2026

DÍA 10. EL CORAZÓN DE JESÚS CARGADO CON LOS PECADOS DEL MUNDO.

 


DÍA DÉCIMO.

EL CORAZÓN DE JESÚS CARGADO

CON LOS PECADOS DEL MUNDO.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

 DÍA DÉCIMO.

(Décimo año.)

EL CORAZÓN DE JESÚS CARGADO

CON LOS PECADOS DEL MUNDO.

 

Primer preludio. Ver a Jesús aceptando la responsabilidad de nuestras culpas.

Segundo. Pedir sus sentimientos de humildad y de dolor.

Punto primero. Confusión que padeció Jesús. — Segundo. Dolor que sintió.

 

PUNTO PRIMERO.

 

Confusión de Jesús. Uno de los principales efectos de la Encarnación del Hijo de Dios fue tomar nuestras miserias al mismo tiempo que nos comunicaba su riqueza. Como se hizo hombre para salvarnos del pecado, y por eso se llamó Jesús, tomó sobre sí la carga que nos quitaba, y, al tomarla, experimentó toda la confusión y vergüenza que debe sentir un justo tenido por criminal. No fue la mayor humillación de Cristo el abatimiento a que le redujo el tomar carne humana, sino la responsabilidad que aceptó de todos los pecados del mundo haciéndose reo de todos ellos, por lo cual dijo en el salmo: “Vos conocéis, Señor, mis delitos.” (Salm. LXVIIl.) “Todo el día tengo delante de mis ojos mi ignominia. La vergüenza me cubre el rostro de confusión.” (Salm. XL1II.) ¿Quién podrá explicar el tormento que padeció el Salvador, siendo la Santidad misma, al verse cubierto, como con un manto, de tantas abominaciones y sacrilegios, de tantas blasfemias y torpezas, viéndose reo de todos los pecados del mundo y como identificado con ellos?

¡Oh alma cristiana! ¡Jesús se avergüenza de tus crímenes, y tú no te avergüenzas de ellos! Los hombres se ruborizan de su nacimiento humilde, de ser pobres, de tener cor­tos talentos, de algunos defectos naturales que no pueden remediar, pero no de sus pecados. Se avergüenzan de confesarlos, sí, pero no de cometerlos. Se avergüenzan de todo, menos de lo único que debía causarles rubor, que es el pecado. ¡Qué ciegos son, y qué injustos en la apreciación del verdadero mal! No abochornarse de las llagas del alma que dan asco a Dios, de la corrupción del corazón que le provoca a vómito, de los instintos depravados que tiranizan al esclavo de las pasiones y lo envilecen y rebajan hasta la condición de las bestias, ¿puede darse mayor miseria? ¿Puede darse mayor demencia que tener empacho de presentarse mal vestido o con manchas en la ropa, y no tenerlo de llevar el alma llena de inmundicias y abominaciones?

 

PUNTO SEGUNDO.

 

A la humillación que padece Cristo cargado con nuestras culpas, se añade el dolor que le causan en el Corazón, pues las mira como suyas, desde que ha tornado el oficio de Redentor. He aquí cómo se explica por el Profeta: “He caído en un abismo de miseria, y me veo reducido a la extremidad, acabado por la tristeza." (Salm. XXXVII.) Y si le preguntamos la causa, nos dirá: “Porque mis iniquidades se han levantado por encima de mi cabeza, y como en peso insoportable me aprietan el Corazón.” (Salm. id.) Y si todavía queremos saber qué iniquidades son esas, nos responde Isaías: “Puso Dios sobre Él las iniquidades de todos nosotros.” (Is., LIII.)

Para entender mejor los dolores que padeció el Señor en su Corazón, conviene saber que su infinita santidad le inspiraba un odio infinito al pecado, al cual, sin embargo, estaba como unido por fuerza; que, habiendo salido fiador por sus hermanos, había tomado sobre sí todos los pecados del mundo de todos los tiempos y lugares; que, amando infinitamente a su Padre, experimentaba un dolor igual a su amor; y, por fin, que este dolor fue continuo mientras le duró la vida, pudiendo decir como David: “Mi pecado está siempre delante de mí.”

¡Oh Salvador mío! Entre esas culpas que os hacen gemir, ¿no encontraré yo las mías? Estoy cierto que sí. Si tanto lloráis los excesos de los idólatras, ¿cuánto más lloraréis los que comete el pueblo cristiano, y las almas favorecidas, y yo en particular? ¡Cuántos y cuan grandes son! Vos los lloráis, y yo no. Vos padecéis indecibles angustias, y yo me quedo indiferente y frío. ¿Hasta cuándo durará esta mi tibieza y dureza de corazón?

Desde la cuna hasta el Calvario, habéis tenido presentes mis pecados; los habéis odiado y los habéis expiado. Y yo apenas he hallado un momento para arrepentirme y pediros perdón de ellos. Dadme, Señor, una verdadera contrición con que me acerque debidamente al sacramento de la Penitencia.

Evita lo que pueda desagradar a Dios, aunque sean faltas ligeras, y excítate a una fervorosa compunción de lo pasado.

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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