miércoles, 10 de junio de 2026

LA MODESTIA Y EL PUDOR

 


LA MODESTIA

 Y EL PUDOR

Nuestro mundo moderno se caracteriza por la multiculturalidad y el cambio vertiginoso de las modas que afecta a todas las realidades de nuestra vida desde los hábitos de la comida, formas de vestir, formas de divertirse…  Tristemente, estos cambios y estas modas –que aparentemente se presentan como desarrollo y progreso- no siempre son buenas para la educación y crecimiento personal, para nuestra propia vida espiritual y, en definitiva, para agradar a Dios. Muchas modas del mundo actual son contrarias a la moral cristiana e incluso a la misma ley natural, convirtiéndonos en enemigos de nuestra propia alma y nuestro propio cuerpo.

La actitud simplista de muchos es acatar las modas por ignorancia, por superficialidad, por debilidad, por falsa condescendencia; y lo que sería peor y culpable ante Dios, asumirlas por identificarse con ellas y querer promoverlas.

“No os dejéis seducir por doctrinas varias y extrañas” (Hb 13, 89). Esto que dice el apóstol, bien lo podemos aplicar a las modas; porque las modas no surgen en la mayoría de los casos de forma espontánea: hay un pensamiento detrás, una inspiración, un plan, un fin que se quiere alcanzar.  Como cristianos no podemos dejarnos seducir por modas extrañas, por “afán de novedades.” Y esto, no es ir en contra del progreso justo y bueno, sino de aquellas costumbres que pueden hacernos muchos daño a nosotros y a las generaciones más jóvenes.

Ya en los años 50, el Papa Pio XII decía: “Lo que Dios os pide es que recordéis siempre que la moda no es ni puede ser la regla de vuestra conducta; que sobre los dictados de la moda y de sus exigencias tenéis otras leyes más altas e imperiosas, principios superiores o inmutables que en ningún caso pueden sacrificarse en aras del placer o del capricho…”

El Catecismo de la Iglesia Católica, al hablarnos acerca del 9º mandamiento de la Ley de Dios que prohíbe los pensamientos y deseos impuros y nos exige la pureza de corazón, dedica varios números a hablar de la modestia y el pudor.

El pudor es la virtud que nace de la pureza de corazón y ayuda a la vivencia de la castidad que “ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas.”

El pudor preserva la intimidad de la persona manteniendo velado lo que no debe ser mostrado, pues nuestro cuerpo es sagrado, santificado por la presencia del Espíritu Santo, y, como exhorta san Pablo, no debemos entregar nuestro cuerpo a la impureza. 

El pudor es modestia que inspira la elección de la vestimenta rechazando los exhibicionismos del cuerpo humano y la provocación; y que hoy afecta al hombre y a la mujer del mismo modo.

“La doctrina cristiana concede una gran nobleza y siente un gran respeto por el cuerpo humano que consideran templo del Espíritu Santo, pero establecen a la vez la necesidad de la custodia del pudor, pues de otra suerte los estímulos muy poderosos de la sensualidad y de las pasiones desordenadas de la carne le inducirán a la deshonestidad y la corrupción”, escribía el cardenal Pla y Deniel en carta pastoral.

No hay contradicción entre el pudor y la modestia y los criterios de belleza, elegancia y decoro... El pudor y la modestia nos llevan a un cuidado justo del cuerpo, faltando también a esta virtud cuando somos descuidados o sucios...

Algunas claves prácticas para vivir el pudor y la modestia serían las siguientes:

¾ Saber distinguir las diferentes circunstancias (lugares, eventos, personas) en las que desarrollo mi vida y que cada una de ellas requiere un “protocolo” de educación y saber estar. Saber estar y presentarnos como es debido en cada circunstancia es respeto, educación y amor hacia el otro.

¾ Nuestra manera de actuar, hablar, vestir no puede gobernarse por el criterio de comodidad, apetencia, “sentirme bien conmigo mismo” o “ser yo mismo”, o incluso de la temperatura.  No deja de ser egoísmo solapado de autenticidad y falta de madurez.

¾ Hemos de pensar primero en los otros, con los que nos relacionamos antes que en mis propios intereses y gustos. Las palabras, los gestos, los modos, la forma de vestir no puede ser ocasión de ofensa, ni de escándalo, ni de pecado. El cristiano ha de desear vivir discretamente, sin querer llamar la atención ni ser el centro de las miradas.

¾ En el comportamiento exterior, los movimientos, al hablar, al comer o beber, al estar en grupo guarda los principios de educación y urbanidad, que se elevan por la vivencia de la humildad y templanza cristiana.

¾ Con respeto a la forma de comportarse en el templo, la Iglesia, se ha de guardar una compostura propia al sentarse y al estar en pie, como de rodillas, si dejar el cuerpo caer a su antojo con posturas impropias que no favorezcan la oración. Con respeto a la ropa en el templo, se ha de evitar las ropas ajustadas, siempre los hombros cubiertos hasta medio brazo, los pantalones y faldas han de ser siempre por debajo de las rodillas; los hombres en la iglesia han de estar siempre con la cabeza descubierta, y –por tradición apostólica enseñada por San Pablo- las mujeres ha de cubrir su cabello con un fino velo. Fijémonos que la Iglesia cubre aquello que considera de valor y sagrado: el sagrario, el cáliz, el copón, el altar… así pide a la mujer que cubra su cabello, para librarlo de miradas indiscretas y "profanaciones" ... aunque sea solo de pensamiento.   

¾           Tengamos siempre ante nosotros el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, la Virgen María, San José y los demás santos. La pregunta cómo actuaría Jesús, la Virgen, los santos en esta circunstancia o qué harían o incluso como se vestirían puede ser una buena ayuda en nuestro discernimiento, sabiendo que no todo nos conviene ni todo es bueno. Que por nuestras buenas obras seamos motivo de edificación para todos en todas partes.

 

JACULATORIAS

Y ORACIÓN PARA PEDIR LA PUREZA

 

Jesús, humilde, manso y puro de corazón,

haz mi corazón semejante al tuyo.

 

Por tu Limpia Concepción, ¡oh Soberana Princesa!,

una muy grande pureza te pido de corazón.

 

San José, modelo de pureza y castidad,

intercede por la pureza de nuestros corazones y pensamientos.

 

Custodio y padre de vírgenes, san José,

a cuya fiel custodia fueron encomendadas

la misma inocencia, Cristo Jesús,

y la Virgen de las vírgenes María.

Por estas dos queridísimas prendas, Jesús y María,

te ruego y te suplico me alcances que,

preservado de toda impureza,

sirva siempre con alma limpia,

corazón puro

y cuerpo casto

a Jesús y a María. Amén.