sábado, 6 de junio de 2026

De la cena grande.

 

II domingo después de Pentecostés.

De la cena grande.

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DESPUÉS

DE PENTECOSTÉS

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

II domingo después de Pentecostés.

De la cena grande.

 

El Evangelio nos representa a los ojos una grande cena que hizo un padre de familias, y habiéndose escusado los que estaban convidados, hizo llamar a los pobres, ciegos, cojos y mancos para que la gozasen, y privó de ella a los que no quisieron venir.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que como dice san Agustín, este padre de familias es el mismo Cristo, el cual ordenó la cena grande del Santísimo Sacramento para sustento de las almas, y convidó a muchos; porque la franquea liberalísimamente a todos cuantos quieren venir a ella y gozar de su convite. Pondera el amor que muestra a los hombres en prepararles esta cena y celestial convite; la liberalidad que ostenta, no cerrando la puerta a alguno, antes clamando y convidando a todos, venid y comed, amigos. Mira el cuidado y providencia que tiene de los suyos, pues cuando ellos están más descuidados, les está preparando festines y convites; y saca de todo esto grandes afectos de amor con quien así te ama, y de confianza con quien anda tan prevenido y solicito en tu bien; de agradecimiento a quien tan liberal es contigo, y de piedad para con tus prójimos, siendo liberal con ellos a ejemplo de Cristo.

 

PUNTO II. Considera lo que dice el Salvador, que hizo una grande cena, y no preparó más que un plato y en este un solo bocado; pero tal que vale por todos los manjares del cielo y de la tierra. Contempla la grandeza y valor de este bocado, y la excelencia y sustancia de este manjar, el cual no es menos que el cuerpo y sangre del mismo Señor que le da, y así le llama verdadero manjar, porque lo es y los demás no; pues ninguno sustenta al alma y conserva la verdadera vida, que es la espiritual, sino este: admírate de la sabiduría del Altísimo y de las trazas de su infinita caridad, que tales las dio para hacer bien al hombre: mira cuánto te da en un bocado, y cómo te debes preparar para ser digno de recibirle, y en los empeños que te pone de corresponder con servicios a quien tal merced te hace; exclama con admiración de la sabiduría y amor de Dios, arrójate a sus pies, dándole mil gracias por él y ofreciéndote a su santo servicio.

 

PUNTO III. Considera la ingratitud y desconocimiento de los hombres, que convidándolos el Señor, no a la cruz y penitencia como otras veces, ni a los trabajos que trae la observancia de su ley, sino a un suave y dulce convite, se escusan de venir a él, como se escusaron de venir a esta cena los del Evangelio, dejando este celestial manjar por los desabridos y sin sustancia del mundo; llora su ceguedad en el acatamiento del Señor, pídele dos cosas; la primera que te tenga de su mano y no te permita caer en ella; la segunda que tenga piedad de ellos, y les envíe tales predicadores y maestros, que con la luz de su doctrina los alumbren y desengañen, y los traigan a su mesa y por ella a su servicio.

 

PUNTO IV. Considera cómo llamó el padre de familias a los pobres en lugar de los ricos, y llenó sus mesas de convidados que lograron su cena, entrando muchos en lugar de cada uno de los que se escusaron: a donde has de ponderar, cómo siempre se cumplen las trazas y decretos de Dios, y que para cada uno que le falta, le sobran muchos que suplan su lugar; y corresponde tú a la vocación de Dios y cumple su voluntad, porque no entre otro en tu lugar que reciba tu corona; mira cuánto pierdes si le pierdes, y qué poca necesidad tiene Dios de ti, pues le sobran millares mejores que tú a quienes poner en tu lugar, y darles el premio que tiene preparado para ti.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones