jueves, 18 de junio de 2026

DÍA 19. DESEOS DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 


DÍA DIECIUEVE

VIDA DE DESEOS DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

DÍA DIECIUEVE

(Año diecinueve)

VIDA DE DESEOS DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

Primer preludio. Ver a Jesús orando en Nazaret.

Segundo. Pedir su espíritu de oración.

Punto primero. Jesús desea la gloria del Padre. — Segundo. Jesús desea la salud del hombre. — Tercero. Jesús desea padecer la Pasión.

 

PUNTO PRIMERO.

 

Jesús desea la gloria del Padre. El deseo es como la voz del amor, y como Jesús nunca cesó de amar, tampoco cesó de desear. Antes de enseñarnos el Padrenuestro, había dicho mil veces con el mayor anhelo: santificado sea tu nombre, venga a nos tu reino, hágase tu voluntad. Jesús es el verdadero hombre de deseos, pues le conviene mejor que a los Profetas este dictado, como a quien conocía y amaba a Dios mejor que ellos, y sabía cuan grave mal es el olvido de su divina Majestad. Por esto, desde el primer instante de la Encarnación no hizo sino desear, suspirar y orar, como lo sigue haciendo en la Eucaristía, para que se establezca en el mundo el reino de Dios. Estos deseos los comunica a los Santos. Todos ellos, mientras han vivido en la tierra, han sentido los mismos ardores, porque se han acercado al horno encendido en el Corazón de Jesús, y ha prendido en ellos la llama de la divina caridad. ¿Sientes tú, alma mía, el mismo fuego que consumía a los Santos? ¿Es tu vida una vida de oración y deseos? ¿Deseas la gloria de Dios y sientes sus ofensas?

Muchas ansias y congojas siento, Señor; pero por bien bajos motivos, porque mi corazón está asido a la tierra. Preocúpame el cuidado de la honra, la estima de los hombres, el interés de cosas del mundo y otras bagatelas que no merecen nombrarse, porque eso es lo que amo, y donde tiene uno su tesoro, allí pone el corazón.

No será así de aquí en adelante, Dios mío; porque desde ahora quiero aspirar a los verdaderos bienes, y mi regla ha de ser el Corazón de Jesús.

 

PUNTO SEGUNDO.

 

Jesús desea la salud de los hombres. ¿Quién podrá explicar e1 ansia con qué la deseó en su vida mortal? Nunca perdió de vista los males de la humanidad ni sus inmensas necesidades; y como amaba a las criaturas con amor infinito, no podía mirar con indiferencia sus quebrantos. De Jesús puede decirse con toda verdad lo que se dijo del Profeta Jeremías: que era el amador de sus hermanos y del pueblo de Israel, que oraba mucho por el pueblo y por la ciudad santa.

Y viniendo a mí en particular, consideraré cuánto desea mi santificación, y cómo desde el sagrario deja oír aquella voz: ¡Sed tengo!, que me muestra lo mucho que la desea. ¿No has oído esa voz, alma mía? Y si la has oído, ¿no ha resonado su eco en tu corazón? ¿Podrás responderle diciendo sinceramente lo del Salmo LXII: “Mi alma y mi cuerpo han tenido sed de ti”?

Sí, Dios mío: mi alma os desea, y no puede desear nada fuera de Vos. Tres cosas me maravillan y confunden. La primera, que me améis, cuando yo no merezco sino desprecio y aborrecimiento; la segunda, que queráis ser amado de mí, cuando yo no puedo contribuir a vuestra dicha; la tercera, que, siendo tanta vuestra bondad, pueda yo ser tan frío, que no os ame con todo mi corazón como debo amaros.

PUNTO TERCERO.

 

Jesús desea padecer. Sabiendo que era necesaria su Pasión y muerte para la salud del hombre, deseaba el Salvador padecer y sacrificarse hasta el punto de decir que debía ser bautizado con su sangre, y que se le angustiaba el corazón con el ansia de derramarla. La víspera de la Pasión decía al entrar en el cenáculo: “Con grande deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer." ¿De dónde venía esta ansia de padecer, sino del amor, que le hacía devorar los trabajos como manjares exquisitos? De la pasión estaba pendiente la rehabilitación de la honra divina; con ella sola podía desarmarse la justicia de Dios; a ese precio se nos había de abrir el Cielo, y esto bastaba para que la más repugnante a la naturaleza lo anhelase como una dicha.

Ten entendido que no alcanzarás la perfección cristiana ni trabajarás con fruto en bien del prójimo, sino por medio de la mortificación y abnegación de ti mismo. Dura es esta lección y difícil de entender. Se quiere el fin, y no se quieren los medios; se quiere el triunfo, y se huye del combate; se desea la santidad, y no se rompe con el pecado; esto es engañarse uno miserablemente a sí mismo. ¿Eres hombre de deseos como Jesús? ¿Eres hombre de oración? Lo serás, si amas a Dios de veras, si buscas la salud del prójimo, si aspiras a la perfección. Donde hay amor, hay deseo; más la piedra de toque de los deseos verdaderos es la práctica. Hay deseos que matan, según dice el libro de los Proverbios, y éstos son los que no llegan a la obra. Alaba a Dios, si te los ha dado tales, que con ellos empiezas a llenarte de méritos y virtudes, y a saciar tu alma y a alcanzar la bienaventuranza de los que tienen hambre y sed de justicia.

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

¡Comparte con tus familiares y amigos!