sábado, 6 de junio de 2026

DÍA 7. HUMILDAD DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 


 DÍA SÉPTIMO.

HUMILDAD DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

MES
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

O

 

PRINCIPALES VIRTUDES

DE ESTE ADORABLE CORAZÓN,

CONSIDERADAS EN TREINTA Y TRES MEDITACIONES CORRESPONDIENTES

A LOS TREINTA Y TRES AÑOS DE LA VIDA

DEL DIVINO SALVADOR.

 

Traducido libremente

de la obra del

P. Francisco J. Gautrelet, de la Compañía de Jesús,

fundador del Apostolado de la Oración

 

 

EJERCICIO PRÁCTICO

PARA TODOS LOS DÍAS DEL MES.

 

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

 

ORACIÓN PARA EMPEZAR.

 

¡Oh Jesús!, amable Salvador mío, que os habéis hecho hombre y quisisteis pasar treinta y tres años en este mundo miserable para mostrarnos el camino del Cielo; concededme la gracia de venerar este año de vuestra vida que voy a contemplar, y de poner en práctica las virtudes de que en él me dais tantos ejemplos. Enseñadme la imitación fiel de vuestro divino Corazón.

Y pues sois mi dueño y mi modelo, mi redentor y mi padre, ilustrad mi entendimiento, purificad mi corazón, fortificad mi voluntad, gobernad, dirigid, santificad mis acciones, enseñadme a hacer buen uso de las facultades de mi alma y de los sentidos de mi cuerpo.

Haced que os tenga siempre en mi pensamiento, que mi boca pronuncie a menudo vuestro santo nombre, que mi corazón os ame sin cesar, que no busque yo sino vuestra gloria en todo, y no trabaje ni viva sino para vos. Esta gracia os la pido también para todos mis prójimos. Bien pocos son los que os aman de veras. ¡Qué dolor ver tantas almas agobiadas de penas y trabajos, y más aún de culpas y pecados! Acordaos de esos infelices, a quienes todavía queréis llamar hermanos y tened piedad de ellos. Acabad vuestra obra, amable Redentor, dulce esperanza mía, por los méritos de vuestra santa vida, dolorosa Pasión, preciosa muerte y gloriosa resurrección. Os la pido por el dulcísimo nombre que lleváis, por ese Corazón que tanto nos ha amado, y que os habéis dignado darnos para que sea nuestro refugio, nuestro asilo, nuestra fortaleza y esperanza en estos aciagos días. Os lo pido por la intercesión de vuestra Santísima Madre, que también lo es nuestra.

Con esta intención os ofrezco mis obras y trabajos del presente día en unión de lo que por mí hicisteis y padecisteis en la tierra, y, sobre todo, en unión con el sacrificio adorable de la Misa, en cualquier parte de la tierra que se celebre. Oíd, Señor, a vuestros hijos, y tened piedad de nosotros. Amén.

 

 DÍA SÉPTIMO.

(Séptimo año.)

HUMILDAD DEL CORAZÓN DE JESÚS.

 

Primer preludio. Ver al Niño-Dios despreciado en una nación infiel.

Segundo. Pedir al Señor, que se ve anonadado en la Eucaristía, la gracia de una verdadera humildad.

Punto primero. Naturaleza de la humildad. — Segundo. Modelo. — Tercero. Frutos.

 

PUNTO PRIMERO.

 

 ¿En qué consiste la humildad? En conocerse uno a sí mismo tal cual es, estimarse en su justo precio y amarse según lo que merece. Parece que no necesitábamos lecciones de humildad siendo lo que somos, y, sin embargo, las necesitamos tanto, que el mismo Señor ha querido enseñárnosla diciendo: “¡Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón!” Sin esta virtud no podemos agradar a Jesucristo, porque “arroja fuera de su corazón a los soberbios” como dijo la Madre de Dios en el Magníficat; que es el cántico en que revela María los profundos senos de su humildad.

¿Y cómo debemos practicar esta virtud? Del modo más natural, pues el hombre verdaderamente humilde conoce sus miserias, y no se maravilla de verse tan miserable; conoce sus defectos, y no se espanta de verse tan imperfecto, ni se abate, ni se desanima.

Tampoco lleva a mal que los demás le conozcan y le tengan por lo que es; pues no quiere la estima de los hombres, sabiendo que no la merece. Lleva en paciencia, y aun sufre con gusto, que se le desprecie y no se haga caso de él. No se escandaliza de las faltas que ve en el prójimo, ni se gloría de estar libre de ellas, porque sabe muy bien que, si Dios no le tuviera de su mano, cometería otras mayores. Vuelve a Dios la gloria de todo lo bueno que haya en sí. Le gusta obedecer a otros y sujetar su juicio al parecer de los demás. Abraza los oficios bajos y humildes, y no se cree bueno para más. Se goza de llevar la librea de Cristo, tomando parte en sus humillaciones y desprecios.

Examínate sobre estos puntos tan importantes, y ve cuánto te falta para llegar a ser humilde.

          ¡Oh Señor, qué lejos estoy de la perfección!, ¡qué lejos de vuestro espíritu! No me conozco a mí mismo, puesto que no me desprecio. Conózcate a ti, conózcame a mí, os diré con San Agustín.

 

PUNTO SEGUNDO.

 

          El Corazón de Jesús, modelo de humildad. Merece Jesús toda gloria, porque es Dios, porque es santo, porque es inocente; pero como también es hombre, y además ha tomado la forma de pecador, tiene que ser humilde por estos dos títulos. Conocía el Salvador, mejor que nosotros, la bajeza de la criatura, aunque sea inocente, y la fealdad del pecado. Por haberse hecho criatura, y por haber tomado la responsabilidad de todas nuestras culpas, se vio tan humillado, que llegó a decir por el Salmista que se le cubría la cara de vergüenza. (Salm. LXVIÍI.) Andaba siempre humillado delante de su Padre celestial y a sus propios ojos, y no menos en su trato con los hombres, pues decía que no había venido a ser servido, sino a servir. Este prodigioso abatimiento lo explica San Pablo diciendo que se anonadó. Vivió, trabajó y padeció por la gloria del Padre y la salud de los hombres, diciendo que su gloria no era nada. Todo lo sacrificó a este doble fin.

¿Quieres conocer más aun la humildad de Jesucristo? Míralo en la estrechez del Sagrario, donde se abate y anonada cuanto es posible imaginar. ¿Qué se ha hecho de su gloria y poderío? ¿Adónde ha ido a parar la majestad imponente del Sinaí? En Belén y Nazaret, en Egipto y en el Calvario, sólo se ocultaba la divinidad; pero aquí todo desaparece, aun la forma de hombre.

¿Y puedes todavía ser soberbio? ¿Adónde bajaré, Señor, para estar más bajo que vos?

 

PUNTO TERCERO.

 

Frutos de la humildad. Vamos a considerar los que sacó Jesús de sus humillaciones. Empezó por nacer en un establo; y aquel lugar tan vil se convirtió en un cielo donde cantaban millares de ángeles a porfía: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres! ¿Qué más rico fruto de los abatimientos de Cristo, que la honra de Dios y nuestra salud? Cristo por su humildad repara el honor que quitó a Dios el orgullo de Adán. Un hombre ultrajó a Dios, y el ultraje lo recompensa un Dios.

Aquí aprenderás que si quieres honrar a tu Creador, debes humillarte; y si quieres ayudar a la salvación de las almas, debes humillarte también, y así darás gloria a Dios y paz a los hombres. ¿Quieres crecer en virtud y en gracia? “Humíllate en todas las cosas, dice el Espíritu Santo, y hallarás la gracia.” (Ecles., III.) La humildad será la llave con que se te abrirá el Corazón de Jesús, y derramará la gracia sobre ti. Dios resiste al soberbio y da gracia al humilde. “Mi alma aborrece al pobre soberbio,” dice Dios. (Ecles., XXV.) Si eres pobre de virtud y buenas obras, no seas soberbio por lo menos.

          Pide humildad al humildísimo Jesús. En la comunión y en las visitas al Santísimo, después de recibir al que es la humildad misma, ¿podré conservar humos de soberbia, hablar palabras despreciativas, rebajar a los demás? ¿De qué te engríes, polvo y ceniza?

En honra de las humillaciones de Cristo, acepta con gusto el ser ignorado y tenido en nada.

 

 

ORACIÓN FINAL.

Acto de consagración y desagravio

al Sagrado Corazón de Jesús.

 

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar, en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán al abrigo de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos, y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya en mis ojos lágrimas. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así    como tú, ¡oh Corazón divino!, has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre, no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan, te amaré por los que te olvidan; te amaré por los que te odian, y rogaré, y gemiré y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.  Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Corazón Sacratísimo de Jesús, ten misericordia de nosotros.

Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

***

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