miércoles, 1 de abril de 2026

DÍA 2. San José, patrono y modelo de las almas interiores

 


Preparación para la consagración a san José

el próximo 1 de mayo de 2026 con la obra:

“GLORIAS Y VIRTUDES DE SAN JOSÉ” del R. P. HUGUET

 

DÍA 2

San José, patrono y modelo de las almas interiores

 

Tomad a San José como a vuestro dueño y señor, como al más íntimo de vuestros amigos y al más poderoso de vuestros protectores, pues fue entre todos los hombres el fidelísimo cooperador de la obra de Dios.

Gerson

 

Por una maravillosa disposición de la divina providencia, San José, cuya vida fue tan oscura y escondida a los ojos de los hombres, puede servir de perfecto modelo a todos los cristianos de vida interior, que en cualquier condición quieren servir fielmente a Jesucristo, y marchar en su seguimiento en el camino de la perfección. Podemos decir de San José lo que San Ambrosio dijo de la Santísima Virgen: Talis fuit Maria, ut ejus vita omnium sit disciplina. La vida interior consiste esencialmente en el recogimiento del espíritu, en la vigilancia de todos los afectos del corazón, y en una constante unión con Dios; es la feliz disposición de un alma que, alejada de las cosas externas y sensibles, se ocupa continuamente en los grandes misterios de la fe, y está siempre dispuesta a perfeccionarse en la piedad.

Tal fue la vida de San José, y tales las disposiciones habituales de su alma. Estudiémoslas diligentemente en la oración, a fin de uniformar nuestra conducta con la suya, y nuestros sentimientos, con los suyos. Oh, sí penetráramos perfectamente en el corazón de este gran Santo, y viéramos cómo arde en el amor de Dios, no repararíamos ya tanto en lo que agrada o desagrada a nuestro amor propio. Hacednos conocer, Dios mío, ese interior admirable; introducidnos en esa escuela de piedad, de recogimiento, de oración, a fin de que, disgustados de las cosas exteriores, abandonemos los falaces gustos de la vanidad mundana que nos alejan de Vos, alejan de Vos nuestro corazón, y nos privan de las riquezas inefables de vuestro Reino interior.

 

Guiados por Vos mismo, oh Señor, entraremos en el corazón del más amado e íntimo de vuestros amigos. ¡Qué calma perfecta en todas sus pasiones! ¡Qué silencio en las potencias todas de su alma! ¡Qué torrente de puras delicias inundan su corazón! … Su vida es una continua oración: sin ningún esfuerzo se eleva a la contemplación de los más sublimes misterios, siempre unido a Vos, con el pensamiento de vuestra presencia y por el más vivo sentimiento de amor. Él os ve, os conoce, os ama, y todo aquello que a Vos no se refiera, desaparece a sus ojos.

Con estas santas disposiciones, ¡cómo debió de aprovechar San José de la ventaja que tenía de conversar familiarmente con Jesús y con María, y de encontrarse junto a la fuente de la gracia! ¡Y qué maravillosos fueron en su alma, los efectos de la presencia visible de Dios!...

Por eso la Iglesia consideró siempre a este gran Santo como el patrono y el modelo de las almas interiores, porque sus ejemplos son los más eficaces para conducirlas a la perfección evangélica.

La devoción a San José, bien entendida y bien practicada, es uno de los medios más poderosos para hacer rápidos progresos en la verdadera y sólida piedad. Persuadidos de que la mejor manera de honrar a los santos es imitando sus virtudes, seremos humildes, castos, dulces, recogidos, fieles al silencio y a la oración, como San José. Se advertirá en nuestra conducta la misma conformidad con la voluntad de Dios, el mismo desapego de los bienes de la tierra, el mismo amor al trabajo y a la penitencia; se verá en nuestras costumbres la misma sencillez, el mismo candor, la misma pureza. Aprenderemos de este gran Santo a amar tiernamente a Jesús, a no obrar sino por El, a ser perfectos seguidores de la fe de la Iglesia, de esa Iglesia santa de la que la humilde casa de San José fue, por así decirlo, cuna y primer santuario.

San José debe servir de modelo, en modo particular, a las personas religiosas, que tienen la suerte de estar consagradas a Dios: separadas del mundo, gozan como él de la paz y del silencio. A ellas corresponde destacarse con una piedad más tierna, más particular hacia este Santo, a quien deben venerar como a padre y modelo, por cuanto su propia vocación las hace más semejantes a él. Y en verdad que toda la vida de San José fue una vida humilde, pobre, escondida, que trascurrió por entero en el recogimiento y en la oración; y nos ofrece el ejemplo de la pureza más inviolable, de la obediencia más perfecta, del espíritu de pobreza que debe animarlas, de la amorosa afección y unión de los corazones que debe reinar entre los miembros de una misma familia.

Todas las acciones de San José, todos sus trabajos, están consagrados a Jesús y a María, y su muerte puede considerarse como la más santa y afortunada. Por lo cual, ¿a quién podrá convenir mejor este perfecto modelo de vida interior, sino a las almas religiosas, quienes como él deben vivir en la humildad, en el desprendimiento de las criaturas, en la soledad y en la unión con Dios? ¿Quién, pues, debe ser más devoto de este Santo, cuyo corazón ardía en tanta caridad, sino las personas que tienen la felicidad de servir a Jesucristo en la persona de los niños y de los pobres?

¿Quién habrá que pueda infundirnos una mayor seguridad en la protección de este santo patrono de la buena muerte, sino las personas cuya vida fue una continua muerte a sí mismas y a las vanidades de este mundo?

Las personas consagradas a la educación de la juventud, también deben adoptar a San José como Patrono de una misión de tanta trascendencia, pues el que ha ejercido la tutela del Hijo de Dios puede alcanzarles la gracia toda particular que les facilite el cuidado de la juventud, y esta a su vez tendrá en Jesús el modelo perfecto de la docilidad, el amor y el respeto debidos a los maestros.

El piadoso señor Ollier proponía a sus discípulos el Santo Patriarca como perfecto modelo de la vida sacerdotal. «Sí —repetía—, son los sacerdotes quienes particularmente deben imitar a San José en lo que respecta a los hijos que engendran para Dios. Este Santo dirigía y gobernaba al Niño Jesús con el espíritu de su Padre celestial, con su dulzura, con su sabiduría, con su prudencia, y nosotros debemos proceder así con todos los miembros de Jesucristo confiados a nuestros cuidados, y a quienes debemos tratar con la misma veneración con que San José trataba al Niño Jesús» (Vida del padre Ollier).

El respeto con que San José gobernaba al Hijo de Dios, que había querido sujetarse a él, enseña a todos los ministros de Dios con qué reverencia y con qué temor deben celebrar el tremendo sacrificio, por el cual el divino Salvador se pone en sus manos para ser ofrecido a su Padre celestial. Sí, nosotros más que nadie; nosotros, que tocamos el Cuerpo de Jesucristo, ¡cuánto debemos amar a este Santo, que fue el primero entre todos los hombres que recibió en sus brazos al Salvador, y ofreció a Dios las primicias de esa Sangre preciosa, que el Verbo encarnado vertió en la Circuncisión!…

Debemos mirar a Jesús sobre nuestros altares con la misma fe y con la misma piedad con que San José le miraba en el pesebre.

San José tiene útiles lecciones y admirables ejemplos para los que se dedican al apostolado. Es su perfecto modelo en las penosas fatigas de su profesión; en los viajes y peregrinaciones; en los cuidados que dispensaba a la Sagrada Familia; en las instrucciones, el aliento y los consuelos que con tanto celo prodigaba al prójimo en Egipto y en Nazaret.

San José es perfectísimo modelo para los que abrazaron el estado de virginidad, y lo es también para aquellos que, respondiendo a la voluntad de Dios, se disponen al matrimonio o ya están en este estado. ¡Con qué santas disposiciones el castísimo José recibió a María por esposa!… No buscaba otra cosa sino uniformarse perfectamente a la voluntad de Dios y gloriarse de la compañía de tan augusta Virgen, para practicar con mayor mérito y perfeccionar en cierto modo la bella virtud de la pureza, virtud que, como María, había tenido la gracia de amar y estimar por sobre cualquier otra cosa de este mundo.

Santa Cecilia; San Eduardo, rey de Inglaterra; San Eleazar, conde Arián; Boleslao, rey de Polonia; Alfonso II, rey de Castilla, y muchos otros siervos de Dios, imitando el admirable ejemplo de San José, vivieron en el matrimonio como verdaderos ángeles.

Si, por último, consideráis a San José, no sólo como a esposo castísimo de la más pura de las vírgenes, sino también como a padre nutricio de Jesús, ¿no es también un excelente modelo de educador? Y ¿no es una lección para los padres cristianos, acerca del cuidado que deben tener con los hijos que Dios les ha dado, la amorosa solicitud con que San José cuidó de la infancia de Jesús?... Aun cuando era de la real estirpe de David, se vio obligado a ganarse el pan con el trabajo de sus manos, dando con ello ejemplo de la paciencia y de la sumisión a la voluntad de Dios con que los padres deben vivir en su pobreza.

En una palabra, los cristianos de toda condición hallan en todas las acciones de San José, las normas de conducta adaptadas a su propio estado: su vida es algo así como una enseñanza general propuesta por la Iglesia a todos los fieles que la componen.

Así como los pueblos azotados por el hambre acudían al rey de Egipto para obtener trigo, y este los enviaba a José, que era el depositario y dispensador de todas las riquezas del reino, diciéndoles:

 «Id a José: Ite ad Joseph», del mismo modo, Dios nos muestra al nuevo José, que El escogió de entre todos los hombres para confiarle la persona adorable de su Hijo, y todos los tesoros de gracia que encierra. Por lo que decimos, en consecuencia, a todos los cristianos:

¿Queréis obtener de Dios todas las gracias que necesitáis? Acudid con fe a la poderosa intercesión del predilecto del Rey de los reyes: Ite ad Joseph.

¿Os halláis en medio de graves tribulaciones? ¿Os apena algún temor? Ite ad Joseph.

 ¿Sentís alguna angustia? ¿Sois molestados por pasiones violentas? Ite ad Joseph.

¿Habéis perdido la paz del alma? ¿Sentís desgano en el servicio de Dios o aridez de espíritu? Ite ad Joseph.

¿Teméis las ilusiones del espíritu infernal? ¿Tenéis necesidad de consejo en vuestras dudas, y de luz para conocer la voluntad de Dios? Id a José, que fue el único capaz de explicar las misteriosas visiones de los sueños de Faraón: Ite ad Joseph.

Los demás santos son invocados en ciertas necesidades particulares, pues parece que Dios hubiera querido repartir entre todos su poder para socorrernos; pero San José recibió un poder general ilimitado para todas las necesidades del alma y del cuerpo.

La augusta Madre de Dios tiene, no hay duda, el primer lugar junto a su divino Hijo, y es a su misericordia a la que debemos dirigirnos con la más grande confianza en todas nuestras necesidades: la devoción a San José no se opone a la que debemos a su Santísima Esposa; antes bien, las dos devociones se completan.

Y no podemos, en nuestros ejercicios de piedad, separar a estos dos esposos, cuya unión fue formada por Dios, que así quiso dárnoslos como modelos y protectores: Quos Deus conjunxit, homo non separet (Marcos 10, 9).

 

MÁXIMAS DE VIDA INTERIOR

Los santos tienen un poder especial para obtener a quienes los invocan, las virtudes en las que ellos se destacaron de una manera particular (San Luis Gonzaga).

Meditando las virtudes de los Santos Padres, que resplandecieron por su verdadera perfección, veremos que es poco o nada lo que hacemos nosotros (Imitación).

Los santos vivían ajenos al mundo; pero estaban unidos a Dios, y eran sus íntimos amigos (Imitación).

 

AFECTOS

Nunca se saciará mi espíritu, oh bienaventurado Santo, contemplando los tesoros de gracias y virtudes que encierra vuestra hermosa alma. Modelo admirable de pureza, de obediencia, de recogimiento y de fervor, habéis recibido una gracia especial para atraer las almas a Dios.

Dignaos iluminar, purificar y santificar la mía; dignaos introducirla en ese santuario de vida interior, cuyo ardiente deseo me habéis inspirado. Me llego a Vos como el pueblo acosado por el hambre acudía a José. Vos veis las dudas y la pobreza a que las pasiones redujeron mi pobre alma: libradme, pues, de la tibieza y de la languidez que me son tan perjudiciales; obtenedme el espíritu de oración, la pureza de corazón, la recta intención en cada una de mis acciones, y el amor a Jesús y a María. Todo lo espero de vuestra bondad, oh dispensador de los tesoros celestiales; me abandono enteramente en vuestras manos, sed mi guía. Así sea.

 

PRÁCTICA

Meditar alguna vez sabre las prerrogativas y virtudes de San José.

San Francisco de Paula, fundador. — 2 de abril.

 


San Francisco de Paula, fundador. — 2 de abril.

(+ 1508)

El humildísimo y gloriosísimo fundador de la sagrada religión de los Mínimos, san Francisco de Paula, nació en una villa de Calabria, llamada Paula, de padres pobres, y fue hijo de oraciones, por lo cual cuando llegó el niño a los trece años le consagraron a Dios en la religión de san Francisco de Asís. A los catorce años hizo su peregrinación a Asís y a Roma, y volviendo a su patria, se retiró a una heredad de sus padres, y luego a una gruta que halló cerca del mar, donde imitó la vida austerísima de los solitarios de Tebaida. A los diez y nueve años edificó un monasterio en cuya fábrica, hasta los nobles mancebos y damas principales le ayudaban, llevando por devoción al santo espuertas de arena. Allí hizo brotar una fuente de agua, de la cual tenían necesidad los operarios; allí metióse en un horno de cal y cerró las grietas de él sin recibir lesión del fuego; allí detuvo un gran peñasco que amenazaba desplomarse sobre el convento; allí le trajeron un nombre para que el santo le curase la pierna, y el santo mandó al enfermo que no se podía menear, que cargase con un andamio, como lo hizo. Es imposible decir los grandes milagros que obró en el resto de su vida, porque no parecía sino que le había hecho Dios, señor de todas las criaturas y que todas ellas le obedecían, el fuego, el aire, el mar, la tierra, la muerte, los hombres y los demonios. Profetizó la toma de Constantinopla; mandó en nombre de Dios al Rey de Nápoles tomar las armas contra los Turcos y echarlos de Calabria; y aseguró al rey católico don Fernando la gloriosa conquista de Granada. Suplicó al rey de Francia, Luis XI, al Papa Sixto IV que ver, pensando alcanzar de su mano la salud. Fue el santo por obediencia y dijo al rey: «Vuestra Majestad me ha llamado para que le alargue la vida, y el Señor me ha traído para disponerle a una santa muerte». Y así cada día pasaba el rey dos o tres horas en sabrosas pláticas con el santo, hasta que tuvo la dicha de morir en sus brazos. Nunca quiso el humildísimo san Francisco de Paula ordenarse de sacerdote y a sus religiosos llamó con el nombre de Mínimos. Finalmente, habiendo dejado el admirable Patriarca escritas tres reglas, una para sus frailes, otra para las monjas y otra para los que se llaman Terceros, siendo ya de noventa y un años se hizo llevar a la Iglesia, y con los pies descalzos y una soga al cuello, recibió el santísimo Viático, y el día siguiente en viernes, a las tres de la tarde, levantadas las manos y ojos al cielo, expiró como Jesucristo, diciendo: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu». Estuvo el cuerpo once días expuesto a la veneración de los fieles, en tero, fresco y despidiendo de sí un olor celestial y suavísimo.

Reflexión: Mira cuan humilde fue san Francisco Paula y cuan soberbio eres tú. Y con todo, él era un ángel y tú eres un abominable pecador; él hacía grandes milagros y tú eres por ventura un portento de malicia; él humillaba su carne con ásperas penitencias y mandó que sus frailes se obligasen a perpetua abstinencia cuaresmal; y tú procuras regalar cuanto puedes tu carne pecadora; él ardía en el amor divino, y por esto quiso que la caridad que abrasaba su pecho fuese el símbolo de su orden sagrada; y tú que jamás has sabido amar a Dios, y que sólo sabes ofenderle, ¿osarás levantar los ojos al cielo?

Oración: ¡Oh, Dios!, que ensalzas a los humildes, y sublimaste a la gloria de los santos, al bienaventurado confesor Francisco, rogámoste nos concedas que por sus méritos y la imitación de sus virtudes alcancemos la dichosa recompensa prometida a los humildes. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

MIÉRCOLES SANTO: PASIÓN SEGÚN SAN LUCAS

MIÉRCOLES SANTO

Rito Romano 1962

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas

Lc 22, 39-71; 23, 1-53

Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Lc 22, 39-46

Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en tentación». Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación».

Lc 22, 47-53

Prendimiento

Todavía estaba hablando, cuando apareció una turba; iba a la cabeza el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?». Viendo los que estaban con él lo que iba a pasar, dijeron: «Señor, ¿herimos con la espada?». Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: «Dejadlo, basta». Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él: «¿Habéis salido con espadas y palos como en busca de un bandido? Estando a diario en el templo con vosotros, no me prendisteis. Pero esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas».

Lc 22, 54-62

Negaciones de Pedro

Después de prenderlo, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro estaba sentado entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo: «También este estaba con él». Pero él lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer». Poco después, lo vio otro y le dijo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro replicó: «Hombre, no lo soy». Y pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo: «Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo». Pedro dijo: «Hombre, no sé de qué me hablas». Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Lc 22, 63-71

Proceso religioso

Y los hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban diciendo: «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?». E, insultándolo, proferían contra él otras muchas cosas. Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín, y le dijeron: «Si tú eres el Mesías, dínoslo». Él les dijo: «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder. Pero, desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les dijo: «Vosotros lo decís, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

Lc 23, 1-5

Jesús ante Pilato

Y levantándose toda la asamblea, lo llevaron a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: «Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey». Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le responde: «Tú lo dices». Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». Pero ellos insistían con más fuerza, diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí».

Lc 23, 6-16

Jesús ante Herodes

Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo; y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacía muchas preguntas con abundante verborrea; pero él no le contestó nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos entre sí Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistados entre sí. Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que lo acusáis; pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».

Lc 23, 17-25

Jesús condenado a muerte

[«Por la fiesta tenía que soltarles a uno»] Ellos vociferaron en masa: «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás». Este había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús, pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Por tercera vez les dijo: «Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío. Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad.

Lc 23, 26-31

Jesús camino del Calvario

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?».

Lc 23, 32-43

Jesús, crucificado

Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Lc 23, 44-49

Muerte de Jesús

 

Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto.

Lc 23, 50-53

Sepultura

Había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo (este no había dado su asentimiento ni a la decisión ni a la actuación de ellos); era natural de Arimatea, ciudad de los judíos, y aguardaba el reino de Dios. Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía.

Textos de la misa Miércoles santo

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