DE LA MUERTE DEL PECADOR
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Circumdabunt te inimice tui vallo
Tus enemigos te circunvalarán (Luc. XIX, 43)
Cierto
día, viendo Jesucristo de lejos la ciudad de Jerusalén, ciudad donde
los judíos habían de quitarle la vida bien presto, derramó lágrimas
sobre ella: Videns civitatem, flevit super illam. Consideró el castigo que la esperaba y la predijo: Circumdabunt te inimice tui vallo.
¡Desgraciada ciudad! has de verte rodeada un día de
enemigos que te devastarán, y no te dejarán piedra sobre piedra de todos
estos soberbios torreones que te defienden, y de los magníficos
edificios que te sirven de ornamento.
Figurada está en esa infeliz ciudad, oyentes míos, el alma del
pecador, que a la hora de la muerte se verá rodeada de enemigos de toda
especie. Estos enemigos serán:
-
Los remordimientos de la conciencia.
-
Los demonios que la asaltarán.
-
Los temores de la muerte eterna.
Punto 1
Al pecador a la hora de la muerte le afligirán los remordimientos de conciencia.
Los desgraciados pecadores que viven en el pecado morirán de muerte
violenta, como dice Job (XXXVI, 14): Morietur in tempestate anima eorum.
Con ella les amenazó Dios anticipadamente por Jeremías con estas
palabras: Tempestas erumpens super caput impiorum veniet: La tempestad, rompiendo la nube, descargará sobre la cabeza de los impíos. (Jer.
XXIII, 19). Al principio de la enfermedad, no se aflige, ni teme mucho
el pecador, porque entonces deudos, amigos y médicos, todos unánimemente
le dicen, que aquello no será nada, y con tales declaraciones, el
enfermo se lisonjea y espera. Pero cuando la enfermedad se agrava, y
empiezan a manifestarse los síntomas malignos, que anuncian que la
muerte se aproxima, entonces es cuando comienza el torbellino con que
amenaza Dios a los pecadores: Cum interitus quasi tempestas ingruerit: La muerte se os arrojará encima como un torbellino.
(Prov. I, 27). Este torbellino se formará contra el enfermo, tanto de
los dolores de la enfermedad, como del temor que le causará tener que
partir de éste mundo, y abandonarlo todo: pero especialmente, de los
remordimientos de la conciencia, la cual le traerá a la memoria su vida
mala pasada: Venient in cogitatione peccatorum suorum timidi, et
traducent illos ex adverso iniquitates ipsorum. (Sap. IV, 20). Entonces
se presentarán a su imaginación todos los pecados que cometió durante su
vida, y se espantará de contemplarlos.
Sus culpas se levantarán contra él para acusarle,y le convencerán de que tiene merecido el Infierno.
Los enfermos que se hallan en tan deplorable estado, se confiesan; pero, como dice San Agustín (Serm. 37, de Temp.): La penitencia que hace el enfermo, es enferma: Penitentia,
quœ infirmo petitur, infirma est. Y San Jerónimo escribe: que de cien
mi pecadores que siguen viviendo en pecado hasta la hora de la muerte,
apenas se salvará uno: Vix de centum millibus, quorum mala vita fuit,
meretur in morte á Deo indulgentiam unus. (S. Hier. in Epist. de mort.
Eus). San Vicente Ferrer añade: que es mayor milagro que se salve uno de esos pecadores que resucitar un muerto.
Conocerán los desgraciados cuán mal obraron; querrán detestar sus
pecados, pero no podrán. Antíoco llegó a conocer la malicia de sus
pecados cuando dijo: “Ahora se me presentan a la memoria los males que causé en Jerusalén” (I.
Mach. VI, 12). Sí; entonces se acordó de los pecados, pero no se
atrevió a detestarlos, y murió desesperado y oprimido de una gran
tristeza diciendo: Et ecce pereo tristitia magna: “Ved aquí que muero de profunda melancolía”.
Lo mismo aconteció a Saúl a la hora de la muerte, como dice San
Fulgencio: conoció sus pecados, temió el castigo que merecía por ellos,
pero no los detestó. No aborreció los pecados que había cometido, pero
temió el castigo que no quería sufrir.
¡Oh, cuan difícil es que un pecador, que ha vivido tantos años en el
pecado, se convierta sinceramente a la hora de la muerte, teniendo la
mente oscurecida con la tinieblas y el corazón endurecido! Tiene el
corazón duro, dice Job, como piedra, y apretado como yunque de herrero.
Es decir: el pecador, durante su vida, en vez de ablandarse a las
gracias y a las divinas inspiraciones, se endureció más, como se
endurece el yunque a los golpes del martillo. En pena, pues, de esta
dureza, estará más duro a la hora de la muerte. Y se lee en el
Eclesiástico, que el corazón duro lo pasará mal al fin de su vida; y que
quien ama el peligro perecerá en él. Efectivamente; habiendo amado el
pecado hasta la muerte, amó al mismo tiempo el peligro de su
condenación; y por eso justamente permitirá Dios, que perezca en aquel
peligro que quiso vivir hasta la muerte.
Escribe San Agustín: que el pecador que deja el pecado cuando se
ve abandonado de él, difícilmente lo detestará como debe a la hora de la
muerte; porque entonces lo detestará, no por odio al pecado, sino
obligado de la necesidad. Pero ¿cómo podrá odiar de corazón aquel
pecado que amó hasta la muerte? Deberá, además, amar aquel enemigo que
hasta entonces aborreció: deberá olvidar aquella persona que
hasta entonces amó. ¡Oh, que montañas serán estas tan difíciles de
superar! Fácil es que le suceda entonces lo que acaeció a algunos
ciudadanos, que tenían reservadas muchas fieras con el fin de quitarles
las cadenas y soltarlas contra sus enemigos; más luego que las soltaron,
en lugar de lanzarse sobre sus enemigos, los devoraron a ellos mismos.
Cuando el pecador quiera desterrar de sí sus iniquidades, ellas acabarán
de arruinarle, o con la complacencia de los objetos que hasta entonces
amó, o con la desesperación del perdón, cuando contemple su enormidad y
multitud. Asegura el real Profeta, que el hombre injusto no espere sino
un fin desdichado. Dice San Bernardo, que el pecador a la hora de la
muerte se verá encadenado con sus mismos pecados, que le dirán: Opera
tua sumus, non te deseremus. “Somos obras tuyas, y no queremos dejarte;
te acompañaremos al juicio, y después te haremos compañía eterna en el
Infierno”.
Punto 2
El pecador será afligido por los demonios que le asaltarán
Dice San Juan en el Apocalipsis (XII, 12), que el demonio a la hora
de la muerte acomete con mayor ira y furor al pecador, con el fin de
aprovechar el poco tiempo que sabe le queda para que no se le escape
aquella alma: Descendit diabolus ad vos habens iram magnam sciens quod modicum tempus habet.
El Concilio de Trento dice: que Jesucristo nos dejó el sacramento de la
Extremaunción como una firme defensa contra las tentaciones con que el
demonio nos ataca a la hora de la muerte, y añade que nunca combate el
enemigo con tanta violencia para hacernos perder la confianza en la
Divina Misericordia, como al fin de nuestra vida. (Sess. 14 cap. 9, in
Doctr. de Sacr. Ex. Unct.).
¡Oh cuán terribles son los asaltos y
las asechanzas del demonio al fin de la vida contra el alma de los
pobres moribundos, aun de aquellos que han vivido santamente!
El rey San Eleázaro, después que se vió libre de una grave
enfermedad, exclamó: las tentaciones que el demonio presenta a la hora
de la muerte, no se pueden comprender, sin experimentarlas. En la vida
de San Andrés Avelino se lee, que tuvo a la hora de su agonía un combate
tan fiero con el Infierno, que hizo temblar a todos los Religiosos que
se hallaban presentes, pues vieron que por la agitación se le hinchó el
semblante y se le puso negro; que le temblaba el cuerpo, y brotaba de
sus ojos un río de lágrimas. Todos lloraban de compasión y estaban
aturdidos, viendo que el Santo moría de este modo pero después se
consolaron al ver, que presentándole una imagen de María Santísima, se
serenó enteramente, y exhaló alegre su alma bendita.
Pues si acontece a los Santos, ¿que acontecerá a los desdichados
pecadores que vivieron en pecado hasta la hora de la muerte? Entonces el
Demonio no viene a tentarlos de mil modos para perderlos eternamente,
sino que también llama a sus compañeros para que le ayuden. Cuando
alguno va a morir, se llena su casa de Demonios que se unen en su daño.
Todos estos perseguidores le estrecharán por todas partes durante las
angustias de su muerte. (Thren. I,3). Uno de ellos le dirá: No tengas
miedo, porque no morirás de esta enfermedad. Otro: ¿Con que has
permanecido tantos años sordo a la voz de Dios, y ha de querer el Señor
salvarte ahora? Esotro: ¿Pero como puedes reparar ahora aquellos fraudes
y daños que causaste, aquellas reputaciones que quitaste? Otro, al fin
añadirá: ¿Que esperanza te queda ya? ¿No ves que las confesiones que
hiciste fueron todas malas, sin dolor, ni propósito de enmendarte? ¿Cómo
puedes revalidarlas ahora, teniendo un corazón tan endurecido y
obstinado? ¿No conoces que ya estás condenado? Y entre estas angustias y
ataques, el pobre moribundo estará turbado y desesperado, y pasará a la
eternidad lleno de turbación. Turbabuntur populi et pertransibunt (Job.
XXXIX, 20). Para hacer un viaje largo y difícil es preciso prepararse
de antemano con todas aquellas cosas que pueden sernos útiles o
necesarias. Para el viaje a la eternidad, que debemos hacer entre
enemigos duros y tenaces, como son los demonios, que no han de cesar de
combatirnos hasta nuestro último aliento, no son necesarias las obras
buenas, como lo es el agua los que viajan por los áridos arenales de la
Libia.
¿Que será, pues, de los pecadores en aquel último viaje
de la eternidad, cuando se vean sin provisión de buenas obras, y
cercados por todas partes de enemigos, que sólo pensarán en
precipitarlos en el abismo del Infierno?
Punto 3
Le afligirán los tormentos de la muerte eterna
¡Ay de aquél enfermo, que cae en la última enfermedad, hallándose en pecado mortal! “El que vive en pecado hasta la muerte, vendrá a morir en su pecado”. In pecatto vestro moriemini.
(Joann. VIII,21) Es cierto, que en cualquier tiempo que se convierta el
pecador, promete Dios perdonarle; pero a ningún pecador le ha prometido
que lo hará que se convierta a la hora de la muerte. Isaías nos dice,
que busquemos al Señor mientras podamos encontrarle. De donde se
infiere, que habrá un tiempo para algunos pecadores, en el cual buscarán
a Dios y no podrán hallarle (Joann. VII, 34). Se confesarán los
desventurados a la hora de la muerte, prometerán, llorarán, buscarán
piedad en Dios, pero sin saber lo que se hacen. A éstos les sucede lo
mismo que sucedería a uno, que se viese bajo los pies de su enemigo que
le tuviera puesto el puñal a la garganta en actitud de matarle: el
infeliz lloraría entonces, le pediría perdón, prometería servirle como
esclavo toda su vida; ¿pero acaso le daría crédito el enemigo? No; antes
creería que aquellas eran palabras fingidas para poder librarse de sus
manos, y que después, si le perdonaba, le aborrecería todavía más que
antes. Del mismo modo, viendo Dios que todo arrepentimiento y promesas
del pecador moribundo no salen del corazón, sino que son obra del miedo
que tiene a la condenación eterna que ve tan próxima, no le concede el
perdón; porque el temor que no va acompañado del amor de Dios no puede
justificar al pecador, como dice el santo Evangelio: Qui non diligit menent in morte.
El sacerdote que asiste al moribundo, hace la recomendación del alma,
y suplica al Señor diciendo: Reconoced, ¡oh Señor! a esta criatura
vuestra. Pero Dios le responde:
Conozco que es criatura mía; pero
él no me ha honrado como a su Criador, sino que me ha tratado como a
enemigo. Sigue suplicando el sacerdote, y dice: No os acordéis de
sus antiguas iniquidades. Y Dios responde: Yo le perdonaría sus culpas
pasadas, cometidas en sus años juveniles; pero él ha seguido
despreciándome hasta la hora de la muerte.
Me volvieron la espalda y no la
cara, y ahora, en el tiempo de su aflicción ¿quieren que los libre del
castigo? Que llamen a sus dioses, esto es, a aquellas creaturas,
aquellas riquezas, aquellos amigos a quiénes amaron más que a mi:
pídanles que vengan ahora a librarles del Infierno que les espera. A mi
solamente me toca el presente castigar las ofensas que me hicieron.
Ellos despreciaron mis amenazas hechas a los pecadores contumaces, y no
hicieron caso a ninguna de ellas. Por tanto, mi deber es, castigar los
crímenes que cometieron. Llegó el tiempo de mi venganza, y es justo que
se ejecute.
Esto puntualmente sucedió a cierto vecino de Madrid, que llevaba mala
vida, como cuenta el P. Carlos Bovío; pero, movido de la muerte
desastrada de un compañero suyo, se confesó, y hasta determinó entrar en
una religión observante; habiendo empero descuidado poner en práctica
su resolución, volvió a su mala vida pasada. Redució a la miseria,
anduvo vagando por el mundo, y llegó a Lima en la América, donde
habiendo caído enfermo, envió a llamar un confesor, y prometióle de
nuevo mudar de vida y entrar en una religión. Más luego que sanó, volvió
a su mala vida, y la venganza divina cayó sobre él. Un día aquel
confesor que era misionero, al pasar por un monte, oyó una voz que
parecía aullido de fiera; se acercó al sitio donde salía, y vió un
moribundo medio podrido, que era el desesperado que aullaba, y comenzó a
consolarle con suaves palabras; pero aquel desgraciado, abriendo los
ojos, le reconoció y le dijo: ¿Eres tú? sin duda has venido a ser
espectador de la Justicia divina. Sepas, pues que soy aquel enfermo a
quien confesaste en el hospital de Lima: te prometí mudar de vida, mas
no lo hice, y ahora muero desesperado. Y luego el desventurado exhaló el
alma.
Concluyamos oyentes míos, esta plática. Decidme, si uno se hallase en
pecado, y le sobreviniera una enfermedad que le hiciese perder los
sentidos, ¿que compasión no os causaría verle morir tan tristemente, sin
sacramentos, y sin dar señales de arrepentimiento? ¿Y no es loco aquel,
que teniendo tiempo para reconciliarse con Dios, sigue en el pecado, o
torna a pecar, poniéndose en peligro de morir repentinamente? El Señor
nos dice, que el Hijo de Dios vendrá a juzgarno a la hora que menos
pensemos. Una muerte imprevista puede sucedernos a cualquiera de
nosotros, como ha sucedido a tantos otros hombres. Y es necesario tener
presente, que todas las muertes que tienen los hombres de mala vida son
imprevistas, aunque la enfermedad de algún plazo de tiempo; porque los
días que dura la enfermedad, son días de tinieblas, días de confusión,
en los cuales es difícil, y aún moralmente imposible, ajustar una
conciencia manchada con una larga serie de vicios y de pecados. Decidme,
hermanos míos; si os hallaseis ahora en peligro inminente de
morir, desahuciados de los médicos, y luchando ya con las agonías de la
muerte, ¿con cuanta ansia desearíais que se os concediera un mes de
tiempo, o una semana, para ajustar vuestras cuentas con Dios? Dios,
pues, os concede este tiempo, os llama, y os hace conocer el peligro en
que estáis de condenaros.
Ocupaos, por tanto, del negocio de vuestra salvación. ¿Que es lo que
esperáis? ¿Acaso que Dios os envíe al Infierno? Obrad bien mientras
tenéis tiempo, mientras vivís sobre la tierra, porque si os sorprenden
las tinieblas de la muerte, nada podréis hacer ya para asegurar vuestra
salvación. Mañana me enmendaré, dice el pecador enfurecido. Y ¿quién te
asegura que llegarás a mañana? Lo que esa respuesta significa es, que
amas más al vicio que a Dios, y que desprecias las divinas inspiraciones
que el Señor te envía para separarte del borde del abismo en que te
hallas. Sepas, pues, que cuando quieras desviarte de él, el Señor te
abandonará por lo mismo que tu le desprecias al presente; porque escrito
está, que el que ama el peligro perecerá en él: Qui amant periculu in illo peribit.
¡Ea, pues, cristianos! Dad la espalda al pecado hoy mismo, sin esperar a
mañana; volveos a Jesucristo, que os llama a su redil con silbos
amorosos, y os espera con los brazos abiertos para abrazaros.
Hacedlo así por las entrañas de Jesucristo, y yo en su nombre os
aseguro, que este Padre amoroso de los pecadores os perdonará vuestras
culpas, y os dará la vida eterna.