lunes, 2 de marzo de 2026

DEL SERMÓN QUE CRISTO HIZO A SUS APÓSTOLES DESPUÉS DE LA ÚLTIMA CENA

 


Martes de la II semana de Cuaresma.

DEL SERMÓN QUE CRISTO HIZO A SUS APÓSTOLES DESPUÉS DE LA ÚLTIMA CENA

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Martes de la II semana de Cuaresma.

DEL SERMÓN QUE CRISTO HIZO A SUS APÓSTOLES DESPUÉS DE LA ÚLTIMA CENA. (Joann. 13.)

 

El seráfico doctor san Buenaventura (1) pone en este lugar la meditación del sermón que hizo Cristo a los suyos antes de salir del Cenáculo, y por ser largo le reduce a cinco puntos, los cuales pondremos aquí como el santo doctor los señala para esta meditación.

PUNTO PRIMERO. Considera el cariño que les muestra a la partida, y cómo en este último razonamiento los consuela, diciendo que será breve su ausencia, y dentro de poco tiempo volverá a consolarlos, y que nunca los dejará huérfanos; oye estas palabras y consuélate gozándote de tener Padre tan amoroso, y pídele que cumpla contigo lo que ofrece a sus discípulos.

PUNTO II. Considera cómo en este sermón que les hizo a su partida les encomendó una y muchas veces que se amasen con el vínculo de la fraterna caridad, diciéndoles que en esto serían conocidos por sus discípulos, si se amaban cordialmente unos a otros; atiende a este mandato; mira cómo se amaron los apóstoles con entrañable caridad, y cómo debes tú amar a todos tus hermanos, y pídele al Señor gracia para cumplir lo que te manda.

PUNTO III. Lo tercero que les encomendó fue la guarda de sus santos mandamientos, diciéndoles: si me amáis guardad mis mandamientos, si los guardáredes permaneceréis en mi gracia. Considera cuánto te importa esta observancia, y no traspasar alguno de los preceptos divinos, y propón en tu corazón y dale al Señor palabra de morir mil muertes antes que quebrantarlos.

PUNTO IV. Considera cómo los armó y previno en este sermón para las tribulaciones que habían de padecer, profetizándoselas primero y poniéndoles delante el fruto que habían de coger de ellas, con la semejanza del que se coge del trigo que se siembra y pudre en la tierra; y diciéndoles que se animasen a padecer, que él estaría a su lado, que a esto había venido al mundo y que su tribulación sería breve y se trocaría luego en gozo eterno. Rumia estas verdades despacio, y saca de estos panales dulzura en tus amarguras, ánimo y valor para tus peleas.

PUNTO V. Lo quinto que medita san Buenaventura es que Cristo remató el sermón levantando los ojos al cielo y pidiendo a su Eterno Padre que guardase a sus apóstoles, encomendándole la cosa que tenía más en su corazón y no solo por ellos, sino por todos los que habían de creer en él, suplicándole que los tuviese debajo de su amparo y protección, y que fuesen sus compañeros, no en las penas sino en los gozos de su eterna gloria, en cuyo número entras tú también; allí te tuvo presente y rogó por ti á su Eterno Padre. Mira lo que te amó y cuál en las médulas de su corazón te tuvo escrito, y advierte lo que le pedía a su Padre por tí, y cómo le debes pagar y agradecer tan insigne beneficio, amándole y sirviéndole con todas las fuerzas de tu alma y de tu corazón.

(1) S. Bonav. med. 75.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.

3 de marzo SANTA CUNEGUNDA EMPERATRIZ Y VIRGEN #santoral #santos

Santa Cunegunda, emperatriz y virgen. — 3 de marzo.

Era santa Cunegunda princesa de muy alta sangre, hija de los condes palatinos del Rhin, y dotada de extremada hermosura y de todas las gracias que se estiman en las mujeres. Tomóla por esposa el emperador Enrique, príncipe no menos poderoso que honestísimo, en tanto grado, que se concertó con ella de guardar perpetua castidad y amarse como hermano y hermana y no como marido y mujer. ¡Gloria a Dios que a príncipes tan poderosos y magníficos dio aliento para aspirar a tan ilustre victoria en la flor de su edad, emulando la limpieza de los ángeles en medio de las grandezas de la corte, sin quemarse en tantos años estando tan cerca del fuego! Viviendo, pues, estos santos casados en tan gran pureza y conformidad, como eran no menos piadosos que castos, se dieron de todo punto a la devoción y a amplificar el culto de Dios y edificar muchas iglesias y monasterios con imperial magnificencia. Mas envidioso el demonio quiso sembrar discordia donde había tanta unión; y engendró en el ánimo del emperador algunas falsas sospechas de la emperatriz, pareciéndole que estaba aficionada a cierto hombre y no guardaba la fe prometida. Pero ella confirmó con un testimonio del cielo su castidad; porque en prueba de su inocencia, con los pies descalzos anduvo quince pasos sobre una barra de hierro ardiendo sin quemar se, y oyó una voz que le dijo: ¡Oh, virgen pura, no temas, que la Virgen María te librará! Con esto quedó la santa casada y doncella victoriosa, y el emperador, su marido, arrepentido y confuso, y de allí adelante vivió en paz y admirable honestidad con ella, hasta que el Señor le llevó a gozar de sí y acreditó su santidad con muchos milagros. Cunegunda dio entonces libelo de repudio al mundo y determinó pasar el resto de su vida en el monasterio de monjas de san Benito, que había edificado, en el cual, habiendo vivido quince años con rara edificación de las monjas y admiración de todo el mundo, entregó su alma inocentísima y santísima al Señor; y fueron tantos los que concurrieron a venerar su cadáver, que en tres días no se pudo enterrar, porque Dios lo glorificó con grandes y estupendas maravillas, con que acreditó la admirable santidad de su sierva.

Reflexión: Cuando la santa emperatriz tomó el hábito, la ceremonia de la investidura resultó bellísima y sublime. Habían acudido al templo del monasterio algunos obispos y prelados para consagrar aquella iglesia, y saliendo la santa emperatriz a la misa, con grande acompañamiento, y vestida conforme a la imperial majestad, ofreció una cruz del santo madero de nuestra redención, y acabado el Evangelio, se desnudó de sus ropas imperiales y se vistió con el hábito pobre que ella misma se había hecho por sus manos, y se hizo, cortar su hermosa cabellera que después se guardó por reliquia. Lloraban muchos de los circunstantes, unos porque perdían a tan gran princesa y amorosa señora, y otros de pura devoción, considerando el ejemplo que les daba la que menospreciaba el cetro y la corona y los arrojaba a los pies de Jesucristo. Anímate, pues, hijo mío, a hacer también algo por amor de aquel Señor que se lo merece todo, los bienes, la salud, la honra y la vida. Si no puedes hacer mucho en su obsequio y alabanza, haz lo poco que puedas, supliendo con el deseo lo que no puedes hacer con las obras.

Oración: Señor Dios, que quisiste que la bienaventurada emperatriz Cunegunda, se conservase intacta virgen antes y después del matrimonio, concédenos que sepamos dignamente estimar la virtud de la continencia, y podamos observarla cada uno conforme a su estado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

EVANGELIO DEL DÍA: Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy.


LUNES DE LA II SEMANA DE CUARESMA
Rito Romano 1962

Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy.

Continuación del Santo Evangelio según San Juan

Jn 8, 21-29

En aquel tiempo: dijo Jesús a los judíos: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros». Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?». Y él les dijo: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados». Ellos le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les contestó: «Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él». Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».

 

TEXTOS DE LA MISA - Lunes de la II semana

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