domingo, 1 de marzo de 2026

Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo

 


 

Lunes de la II semana de Cuaresma

Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo

 

MEDITACIONES DIARIAS

DE LOS MISTERIOS

DE NUESTRA SANTA FE,

 DE LA VIDA

 DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR

PARA EL TIEMPO DE 

TIEMPO DE SEPTUAGÉSIMA,

CUARESMA

Y TIEMPO DE PASIÓN

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Señor mío y Dios mío: creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

MEDITACION

Lunes de la II semana de Cuaresma

Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy.

Jn 8, 21-29

El Evangelio contiene un razonamiento que tuvo Cristo con los judíos, a quienes dijo que no le podían seguir, porque estaban en pecados, en los cuales morirían  y finalmente que cuando le levantasen de la tierra le conocerían, pues su ceguedad no les daba lugar para que le conociesen entonces.

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice Orígenes, en estas palabras que dijo Cristo a sus enemigos: Yo me voy, les amenazó el mayor castigo que les pudo dar, que fue apartarse de ellos y dejarlos en pena de su dureza, porque habiéndoles predicado tantas veces, no le creyeron. Tiembla de que te dé a ti semejante castigo, mira tu vida, considera cuántas veces te ha predicado, unas por sí mismo hablándote interiormente, y otras por medio de sus predicadores, y cuán duro está tu corazón y que no parece le acabas de creer, y teme no se vaya y te deje como a estos por ingrato y desconocido; clama y detenle, pidiéndole que no te castigue tan rigurosamente; dile con David: no te apartes con ira de tu siervo, no me dejéis Señor, antes me aniquilad que os apartéis de mí.

PUNTO II. Considera lo que dice luego Cristo: que morirían en su pecado, porque así como en poniéndose el sol, todo queda en tinieblas, así retirándose Dios queda el alma en las tinieblas de la culpa, y en el ocaso de la muerte; malo es vivir en pecado, pero la suma desdicha es morir en él; esta pena da el Señor a los que no le reciben cuando viene a ellos ¡Oh alma mía, considera qué pena es esta que no tienen comparación con ella todas cuantas hay criadas! y pide al Señor que no te castigue con tal pena dejándote morir en tu pecado; mira cuál es el que te detiene y sal de esa cadena antes que llegue la muerte y te halle preso en ella.

PUNTO III. Considera lo que el Salvador añade: a donde yo voy, no podéis venir vosotros, no porque les faltase potestad para venir, si quisieran convertirse, sino porque como dice san Agustín, Cristo caminaba a la gloria, a donde ellos no podían ir en pecado, en el cual permanecían por su obstinada voluntad ¡Oh alma mía! Mira no caiga sobre ti esta sentencia: sal de la culpa, si quisieres seguir a Cristo y entrar con Él en su gloria, mira cuánto te importa; pídele que te admita en su gracia, y que te lleve consigo a donde estés siempre con Él.

PUNTO IV. Concluye Cristo diciendo: que le conocerían cuando le levantasen de la tierra, lo cual, como explica san Agustín, dijo por los que habían de creer en él en su Pasión, viéndole morir con tan grande paciencia y conformidad con la voluntad de su Padre, que le dio a conocer por Hijo de Dios a los hombres; dale mil gracias por la luz que nos dio, puesto como antorcha resplandeciente en el candelero de la Cruz; contempla las virtudes que ostentó en ella, por las cuales declaró al mundo que era Hijo de Dios; mira los muchos que por ella se convirtieron, y vuelve los ojos a ti mismo, y mira si das tú testimonio de que eres hijo de Dios por gracia, con la paciencia, humildad, mansedumbre, caridad y conformidad con la voluntad de Dios en todo lo que te sucede. Mira otro sí, si rinden tu corazón a su amor y obediencia tanto número de virtudes como ostentó en aquella cruz por ti, y procura de aquí adelante mirarte en este espejo y corregir tu vida y rendirte a su voluntad, para ser digno discípulo suyo y contado entre los hijos de Dios.

 

Al terminar

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e ins­pi­ra­ciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor, Ángel de mi guarda: interceded por mí.

 

Ofrecimiento diario de obras

Ven Espíritu Santo

inflama nuestros corazones

en las ansias redentoras del Corazón de Cristo

para que ofrezcamos de veras

nuestras personas y obras

en unión con Él

por la redención del mundo

 

Señor mío y Dios mío Jesucristo

Por el Corazón Inmaculado de María

me consagro a tu Corazón

y me ofrezco contigo al Padre

en tu Santo Sacrificio del altar

con mi oración y mi trabajo

sufrimientos y alegrías de hoy

en reparación de nuestros pecados

y para que venga a nosotros tu Reino.

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones,

Por nuestro Obispo y sus intenciones,

Por nuestro Párroco y sus intenciones.

DE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE INTERVINIERON EN LA ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR

 


Lunes de la II semana de Cuaresma.

DE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE INTERVINIERON EN LA ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR.

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Lunes de la II semana de Cuaresma.

DE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE INTERVINIERON EN LA ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR.

 

PUNTO PRIMERO. Considera que, como dice Metaphraste (1), Cristo nuestro Señor envió con san Pedro la sagrada Comunión a la Santísima Vírgen María su Madre, y a las devotas mujeres que la acompañaban, todas las cuales estaban en otra pieza retirada de la casa, porque gozase aquella noche del singular favor que hacía a sus discípulos, de que no era justo privar a su benditísima Madre. Contempla con qué ternura y devoción, y con qué linaje de agradecimiento recibiría aquella beatísima Señora el don preciosísimo que le enviaba su Santísimo Hijo; qué lágrimas dulcísimas correrían por sus ojos, viendo ya establecida la ley evangélica que vino a promulgar el Salvador del mundo, y gozando ya de las fuentes caudalosas de los santos sacramentos, y en especial de aquel divinísimo en que le daba al Autor de la gracia, y volvía a recibir en su seno sacramentado al mismo Hijo que nació de sus entrañas; no hay lengua que lo pueda declarar, solo Dios y quien lo pasó puede decirlo. ¡Oh Virgen Purísima! gózome de vuestro gozo, y pido a todas las criaturas que se gocen con vos: sea mil veces enhorabuena, y acordaos de nos cuando recibís tan singular merced, hacednos dignos de recibirle nosotros.

PUNTO II. Considera lo que dice san Buenaventura (2); conviene a saber, que esta casa en que celebró Cristo la última cena quedó consagrada en iglesia y habitación de los apóstoles y discípulos del Señor, y el dueño que la dio gratamente fue san Marcial, a quien Cristo retornó tal gracia en pago de su hospedaje, que llegó a ser santo canonizado en su iglesia. Medita con atención cuánto le importó a este santo recibir a Cristo en su casa, qué glorioso empleo hizo de ella qué retornos de gracia recibió de la mano del Señor, qué gloria goza al presente por esta limosna que le hizo, y mira cuánto te importa hacer otro tanto á tí, cuando se ofreciere ocasión de recibir a Cristo en sus pobres en tu casa, y darles los bienes temporales porque te dé los eternos.

PUNTO III. Considera a san Juan Evangelista recostado en aquella mesa sobre el pecho de Cristo, aprendiendo los misterios soberanos que después declaró al mundo. Contempla el amor que Cristo le muestra, la confianza con que san Juan descansa sobre su pecho; y cómo en los otros discípulos no hubo envidia de este favor, teniéndole todos por digno de él por su grande santidad, y aprende a fiarte del Señor, a descansar con él en todas tus fatigas: dale gracias por los favores que hace a los suyos, y aliéntate a servirle con perfección, para que merezcas ser uno de sus escogidos.

PUNTO IV. Considera cómo en acabando la cena, dió gracias a su Eterno Padre con toda su santa compañía; solo Judas salió de la mesa con el bocado en la boca, sin detenerse a dar gracias, como dice san Cirilo, que fue causa de su perdición: escarmienta en su desgracia y no sigas sus pisadas; mira cuánto te importa detenerte a dar las debidas gracias a Dios, cuando comulgares, por las mercedes que te ha hecho, y en los demás beneficios que recibieres.

(1) Metaphr. apud Barrad. tit. 4, lib. 1, c. 17. (2) S. Bonavent. de med. Christi. c. 73.

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.