lunes, 24 de marzo de 2025

25 DE MARZO. LA ANUNCIACIÓN

 


25 DE MARZO

LA ANUNCIACIÓN

ABRAMOS el Santo Evangelio y meditemos —meditemos, sí— la escena sublime y encantadora de la Anunciación, «la página más gloriosa que se ha escrito sobre la Santísima Virgen», en frase del célebre mariólogo español Padre Bover.

En Nazaret —ciudad de las flores— florece María entre las hijas de Israel, como el lirio entre las rosas. Florece llena de gracia. Es la criatura más hermosa y perfecta salida de las manos de Dios. Más que el alba de la mañana, más que el lucero esclarecido, más que la luna, más que el sol: Tota pulchra es, María...

Hora del Ángelus. Del primer Ángelus. La humilde Virgencita nazarena —camino de flores por donde ha de venir. el Redentor al mundo— vela en su oratorio. ¿En qué piensa? Oíd a San Vicente Ferrer: Medita el oráculo de Isaías: «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y su nombre será Emmanuel»; o el verso del Salmista: «Oye, hija, y mira, e inclina tu oído: el Rey se ha enamorado de tu belleza». Pero ni su humildad, ni su modestia le permiten pensar que puede ser Ella la elegida del Señor; pensar que sobre su frente purísima flota aquella magnífica promesa del paraíso: Ipsa cónteret caput tuum: Ella quebrantará tu cabeza.

De súbito, divino mensajero entra en la casita de Nazaret. Gabriel —el ángel de los grandes mensajes— ha penetrado en la estancia de la Doncella. Radiante de belleza, con jubiloso alborozo interior, reverente, la cabeza adelantada en fina cortesía, el inesperado y desconocido mensajero dice, con voz que suena a cántico de serafines:

— Dios te salve, Llena de gracia; el Señor es contigo...

Nada más sencillo y al mismo tiempo más poético y elevado que esta salutación dirigida a la virginal esposa de José. Plenitud de gracia, amistad divina, preeminencia humana: tres títulos de incomparable grandeza con que el enviado de Dios compendia la altura a que ha llegado María en el orden sobrenatural. ¡Qué preámbulo para anunciar el Gran Misterio!

La Virgen se estremece como la azucena que siente por primera vez la dicha de la brisa. Es demasiado modesta y candorosa para no turbarse. Sin atreverse a alzar los ojos — ¡ojos de luz para la luz nacidos! — medita en su corazón: «¿De dónde a mí este honor? ¿Qué significa este saludo?». Y sus mejillas se tiñen de casto rubor, rosas de humildad y de pureza.

El Arcángel aquieta su inocente alarma con palabras de paz:

—No temas, María, pues has hallado gracia delante de Dios.

El alma de la Doncella se inunda de inefable dulzura. ¿Cómo explicar la grandeza de este diálogo, del cual están pendientes el cielo y la tierra?

Gabriel prosigue su mensaje:

— Concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y se llamará Hijo del Altísimo. El Señor le dará el trono de David, su padre, y reinará eternamente sobre la casa de Jacob.

He aquí la maravillosa revelación de la Maternidad divina. María repasa in mente las palabras de los Números: «La vara de Jesé ha florecido; la Virgen ha engendrado al Dios-Hombre: el Señor nos ha vuelto la paz, reconciliando en Sí lo ínfimo con lo sumo». Sí, van a realizarse las esperanzas de Israel, y Ella va a ser la Madre del Enviado. Todo esto es grande, magnífico; pero incomprensible. Tiene un compromiso inquebrantable con su santo esposo José... Es purísima... ¡Qué elevación! Ante el encumbramiento más augusto, sólo un sentimiento embarga el alma purísima de María: «¿Cómo será esto, si yo no conozco varón? ¿Cómo será, si desde niña voy tejiendo con violetas de humildad y lirios de pureza un cendal que envuelve en sus pliegues perfumados todos mis pensamientos? ¿Cómo será, si al nacer puse entre mí y el mundo una línea de blancas azucenas, que jamás pienso traspasar? ¿Ignoras que por mi indignidad sacrifiqué la potencia de ser madre del Mesías, sueño dorado de las otras mujeres hebreas?»…

Gabriel se apresura a calmar las finas susceptibilidades del alma bella y delicada de María, revelándole el secreto del casto Misterio:

—El Espíritu Santo descenderá sobre ti. y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra: por lo cual, el Santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios. Mira, Isabel, tu prima, ha concebido un hijo en su vejez; y la que se llamaba estéril cuenta ya el sexto mes, porque para Dios nada es imposible.

Calla el Cielo, atento a la respuesta de María. Entonces la humildad corona los prodigios que empezara la pureza, y de los labios de la Llena de gracia, brota el rendido fiat, sublime, heroico, poderoso y fecundo, como brotó el fiat lux de la boca del Omnipotente:

—He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Y en el mismo instante — dice el evangelista San Juan con desconcertante sencillez— «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».

«El Verbo se hizo carne —comenta San Ambrosio— para que la carne llegase a ser Dios». Este es el anuncio más consolador y grandioso comunicado a los hombres. Dios viene a salvarnos, y viene por María.

Después, la Virgencita humilde inclinó su hermosa cabeza, «como la flor fecundada, coronada e irisada de luz por el Espíritu Santo». Era Madre de Dios...