DÍA TRIGÉSIMO PRIMERO
Nuestro corazón debe participar de alguna manera de la alegría del Señor en esta tierra como el de San José para disponerlo de esta manera a los gozos eternos del santo paraíso.
ORACIÓN
PARA COMENZAR LA MEDITACIÓN CADA DÍA
Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Poniéndonos en la presencia de Dios, (breve silencio)
pidiendo el auxilio de la Virgen María (breve silencio)
y del Ángel Custodio, (breve silencio)
acudamos a la presencia del Glorioso San José y supliquemos:
Dios te salve, José, lleno de la gracia divina,
entre tus brazos descansó El Salvador
y ante tus ojos creció.
Bendito eres entre todos los hombres,
y bendito es Jesús,
el hijo divino de tu Virginal Esposa.
San José, padre adoptivo de Jesús,
ayúdanos en nuestras necesidades familiares,
de salud y de trabajo,
hasta el fin de nuestros días,
y socórrenos en la hora de nuestra muerte. Amén”.
DÍA TRIGÉSIMO PRIMERO
Nuestro corazón debe participar de alguna manera de la alegría del Señor en esta tierra como el de San José para disponerlo de esta manera a los gozos eternos del santo paraíso.
La vida que llevó San José en esta tierra fue una vida de delicias y alegrías celestiales, una vida verdaderamente bienaventurada, como lo expresa la Iglesia, y semejante a la de los bienaventurados en el paraíso. ¿Y, nosotros, al menos seremos felices en la otra? ¡Qué desgracia sería para nosotros si después de haber sufrido tanto en esta vida, tuviéramos que sufrir también en la eternidad! Jesucristo exhortó a sus Apóstoles, y con ellos a todos los fieles, a buscar parte de felicidad en esta vida, comenzando ahora a gozar de la que esperamos obtener, una vez terminada nuestra carrera mortal. San Bernardo afirma que quien no es de algún modo bienaventurado antes de morir, nunca lo será después de la muerte; y por eso ahora debemos vivir en una especie de paraíso terrenal, para poder ser recibidos en el reino de los cielos. De todos los israelitas que salieron de Egipto, sólo Josué y Caleb entraron en la ansiada tierra prometida. ¿Y por qué? Porque la habían visitado, probado sus frutos y animaron a otros a conquistarla. Esto es una figura, pero aquí está la verdad. Si nuestra alma no se eleva con frecuencia al cielo para conversar con los bienaventurados, si no comenzamos ahora a vivir como ellos viven, procurando en nosotros con la ayuda de la gracia el ardor de la caridad y los gozos del espíritu, nunca poseeremos en la eternidad, hacia la cual caminamos, las luces, el amor y las delicias de los santos. Nuestra vida, dice el Apóstol, está escondida en Dios con Jesucristo; y al decir esto quiere hablar de aquella vida que es bendecida por la anticipación de aquella vida desconocida para la gente mundana, cuyas acciones siempre santas se mantienen ocultas a los sentidos externos, de aquella vida cuyo más pequeño consuelo vale más que todos los placeres de los idólatras del mundo. Esta vida está oculta, dice el Apóstol, y sólo Dios es testigo de ella, y como Él es su apoyo y premio, así también nosotros debemos estar persuadidos de que, si no poseemos esta vida en la tierra, en vano esperamos la vida eterna y bienaventurada del cielo. Nuestras almas, aunque encerradas en cuerpos mortales, son sin embargo incapaces de contentarse con un bien creado: y es cierto que Dios está dispuesto, por su parte, a satisfacer todos nuestros justos deseos también en este mundo y a darse a conocer, amar y gozar en la medida que nuestra capacidad lo permita.
JACULATORIA
Oh San José, esperanza segura de vida
para todos los cristianos,
ruega por nosotros.
AFECTOS
Oh grande, augusto, incomparable San José, si contemplo la multitud de los bienaventurados que componen la corte celestial, percibo que no hay otro que tú más favorecido y más poderoso ante el trono de Dios, porque sólo tú fuiste elegido y nombrado en los decretos eternos de la divina Providencia para ser cabeza de la sagrada familia, porque sólo tú fuiste unido inseparablemente por la gracia a la adorable persona del Hijo de Dios y a su santísima Madre. Oh gran Patriarca, tú eres el primero de todos los predilectos de Dios, tú posees su corazón, tienes libre acceso a Él, eres su mejor y más querido amigo, que se ha dejado conducir y guiar por ti a lo largo de tantos años, como tú has querido. Le dijiste: Haz tal y tal cosa, y él lo hizo; ve allí, y fue; tú trabajaste y él trabajó; descansaste y descansó. ¡Qué materia de admiración fue ésta para los ángeles del cielo cuando vieron a un Dios que obedecía la voz de un hombre!
El Hijo de Dios, decía Santa Teresa, nunca te negó nada, oh José, mientras estuvo aquí en la tierra bajo tu sujeción, y ¿cómo podrá negarte ahora lo que le pides, ahora, digo, que reina gloriosamente en los cielos y está sentado a la diestra de su divino Padre? ¿Te ama menos ahora que en la tierra? Ah, estamos persuadidos de que Dios, en consideración a tus méritos, nunca te negará una gracia que pidas en favor de los que te honran, y por eso en ti, oh José, que eres merecidamente llamado la esperanza segura de vida para los cristianos, ponemos toda nuestra confianza.
“Seremos dichosos si podemos merecer tener parte en tu santa intercesión, ya que nada te será negado, ni por tu Hijo ni por tu Esposa. Nos alcanzarás, si tenemos confianza en Ti, un santo aumento en toda clase de virtudes, pero especialmente en aquellas que Tú poseías en el más alto grado, y son la santa pureza de cuerpo y de espíritu, la amabilísima virtud de la humildad, la constancia, la vigilancia, la perseverancia; virtudes que nos harán victoriosos sobre nuestros enemigos en esta vida, y nos obtendrán llegar a gozar en la otra vida de los premios eternos que están preparados para quienes imitan los ejemplos que Tú nos dejaste en la tierra.”
LETANÍAS A SAN JOSÉ
Indulgencia de 5 años, cada vez que se recitan. Indulgencia plenaria si diariamente se recitan devotamente durante un mes. Pio XI, 25 de marzo de 1935
Señor, ten misericordia de nosotros
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Señor, ten misericordia de nosotros.
Cristo óyenos.
Cristo escúchanos.
Dios Padre celestial,
ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo.
Dios Espíritu Santo.
Santa Trinidad, un solo Dios.
Santa María,
ruega por nosotros.
San José,
ruega por nosotros.
Ilustre descendiente de David.
Luz de los Patriarcas.
Esposo de la Madre de Dios.
Casto guardián de la Virgen.
Padre nutricio del Hijo de Dios.
Celoso defensor de Cristo.
Jefe de la Sagrada Familia.
José, justísimo.
José, castísimo.
José, prudentísimo.
José, valentísimo.
José, fidelísimo.
Espejo de paciencia.
Amante de la pobreza.
Modelo de trabajadores.
Gloria de la vida doméstica.
Custodio de Vírgenes.
Sostén de las familias.
Consuelo de los desgraciados.
Esperanza de los enfermos.
Patrón de los moribundos.
Terror de los demonios.
Protector de la Santa Iglesia.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo:
perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo:
escúchanos, Señor,
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo:
ten misericordia de nosotros.
V.- Le estableció señor de su casa.
R.- Y jefe de toda su hacienda.
Oremos: Oh Dios, que en tu inefable providencia, te dignaste elegir a San José por Esposo de tu Santísima Madre: concédenos, te rogamos, que merezcamos tener por intercesor en el cielo al que veneramos como protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén
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