01 DE ABRIL
SAN HUGO
OBISPO Y CONFESOR (1053-1132)
ADA más a propósito para preludiar la biografía de San Hugo —sol fulgens in templo Dei: sol radiante en la casa de Dios— que estas bellas palabras del Libro I de los Macabeos: «Ha conservado a su nación en la justicia y en la fe y ha diligenciado el decoro y la gloria de su pueblo».
Historiemos, lector, su vida.
Nace en Castronuevo —cerca de Valencia del Delfinado— el año 1053. Su padre se llama Odilón y es un alto jefe del ejército, valiente y fiel, a fuer de buen cristiano. El hogar es para el niño Hugo la primera escuela de santidad. Y tiene tan felices disposiciones para esta ciencia divina, que hace en ella sorprendentes progresos y la pasea en triunfo por las principales Universidades de Europa. Indudablemente es su primera asignatura, su fuerte, si vale la expresión...
Aunque de familia distinguida y muy apuesto galán, Hugo es naturalmente tímido, retraído, y tal su modestia, que por algún tiempo consigue ocultar sus talentos extraordinarios; si bien, esta humildad sólo sirve para demostrar con más ventaja su valía. Y no tarda en sufrir un revés al ser elegido Canónigo de Valencia, cargo que acepta no por fines lucrativos, sino porque le brinda excelente ocasión de vivir cerca del altar, centro de sus mayores consuelos.
Poco tiempo admira el Cabildo esta vida santa, que es oración, sacrificio, penitencia y misericordia; luz para los infieles y reforma para los cristianos. Hugo, obispo de Die, últimamente Cardenal Legado, lo hace su mano derecha en la lucha contra la simonía, y poco más tarde —en 1080— un Sínodo reunido en Aviñón le pone al frente de la diócesis de Grenoble. El Canónigo insta, suplica, llora, pretexta falta de virtud, de talento y de fuerzas: se resiste a echar sobre sí el yugo del episcopado: Pero el papa Gregorio VII confirma el nombramiento, y él mismo lo consagra de su mano, no sin acallar antes los escrúpulos del Santo y asegurarle que las sugestiones del espíritu malo las permite Dios para acrisolar las almas de los que. ama con amor de predilección.
La obediencia había triunfado sobre la humildad, mas ésta seguía protestando: «Mucho me temo —dice al Pontífice antes de partir de Roma— que el Señor permita estas penas interiores para castigar mi presunción al aceptar. el episcopado de Grenoble».
Ya está Hugo al frente de su diócesis. El cuadro que tiene ante sus ojos no puede ser más descorazonador, ni más ardua la tarea, ni el camino más lleno de espinas. «La simonía y la usura —afirma Butler— señoreaban los corazones y reinaban sin oposición, bajo piadosos disfraces; muchas tierras del patrimonio eclesiástico habían sido usurpadas por los legos, y el Obispo se hallaba sin rentas para aliviar a los pobres y subvenir a sus propias necesidades». Nadie más experimentado, más maduro en la vida, más justo para gobernar y con ojos más limpios para ver y comprender este estado de cosas que Hugo, el hombre de vida inmaculada.
Aunque apenado ante tanta miseria moral, se impone desde luego la reforma de costumbres con ánimo varonil. Ante todo, cifra su confianza en Dios: ayuna, ora y gime ante el divino acatamiento. Después, en incesantes correrías apostólicas, cruza la diócesis en todas direcciones, predicando el arrepentimiento y el perdón; pasa las jornadas instruyendo al pueblo ignorante y grosero o rectificando las conciencias de la clase elevada, y pone sumo empeño en aumentar el número de centros de enseñanza religiosa y en fomentar —y hasta costear— las vocaciones sacerdotales, que han de ser la levadura para la reforma del clero.
Cuál es el cura, tal es el pueblo, dice el refrán. Por eso los trabajos y fatigas del celoso Pastor no fueron estériles: le bastaron dos años para conseguir que la gran diócesis de Grenoble rebosara de piedad; para llevar a feliz término una transformación total; para ablandar los corazones más endurecidos, santificar los pueblos, desvanecer las intrigas y quebrantar las conjuras del mal.
Pero, he aquí que, un día, Hugo declina el gobierno de su sede y va a sepultarse en el monasterio de Domus Dei. Allí —siempre humilde— se ciñe durante un año a la vida monástica, como monje ignoto. ¡Él, que es espejo de Prelados, suma de virtudes, cifra de santidad!
Con humildad suma, le recuerda San Bruno los deberes que reclaman su presencia en Grenoble: «Id a las ovejas que el Señor os ha encomendado —le dice—, porque han menester de vuestros servicios; pagadles lo que les debéis». El santo Obispo se resiste a abandonar la Cartuja.
Interviene el Papa, y de nuevo la obediencia le obliga a empuñar el báculo pastoral en medio de las aclamaciones de su pueblo. Sin embargo, ya no podrá pasarse sin visitar a menudo la Abadía donde gustara las delicias de la contemplación tranquila y deleitable.
El sol que fue luz de las almas declina visiblemente hacia su ocaso con la esperanza de un triunfo total...
Los últimos años de su preciosa vida padeció una penosísima enfermedad y las más indecibles penas morales. Murió santamente en Grenoble, el día primero de abril de 1132. Más de cinco días permanecieron insepultos sus preciosos restos, para dar pábulo a la devoción popular. Luego fue enterrado en la iglesia de Santa María de Grenoble como santa semilla de milagros.