martes, 15 de septiembre de 2026

DÍA 16. EL HUMILDE ES RICO Y PODEROSO CON DIOS. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 16

EL HUMILDE ES RICO Y PODEROSO CON DIOS

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 16

EL HUMILDE ES RICO Y PODEROSO CON DIOS

El humilde es rico y poderoso con Dios, porque lo conoce, entiende su condición y sabe cómo tratarle y llevarle. Como quien «le tomó el pulso, le conoció su condición», el verdaderamente humilde sabe quién es Dios, y Dios sabe cuál es el corazón verdaderamente humilde. Por eso, conocimiento de Dios, rendimiento de corazón y tener a Dios a su mandado van juntos. Los ojos de Dios están de cerca mirando a los humildes y sus oídos escuchan su clamor; de modo que Dios se hace, en cierta manera, «siervo y criado del humilde» para hacer lo que quisiere. Así sucedió con Josué y Ezequías, cuando Dios atendió al justo y humilde y llegó incluso a detener la máquina de los cielos y volverlos atrás.

Esto es lo que significa que san Francisco diga: «Dios mío y todas las cosas». Aunque Dios sea todas las cosas y el humilde sea a sus ojos nada, puede decir a boca llena que Dios es suyo. El superior suele decir del inferior «es mío», pero el inferior no suele decir del superior que es suyo. Sin embargo, Dios, por su bondad, quiso en alguna manera hacerse superior del humilde y estarle sujeto. Cristo mismo, siendo Dios grande y poderoso, «vivía sujeto a ellos», sujeto a la Virgen y a José.

Más aún: siendo Dios tan grande y poderoso, un pensamiento de un corazón humilde puede prenderlo y echarle cordeles, haciendo que baje de esas alturas y quede preso y sujeto al corazón humilde. Esto se manifiesta especialmente en la Virgen María: siendo tan humilde y desechada en sus ojos, «volaste tan alto que hiciste punta y atrapaste al mismo Dios». Dios miró la humildad de su sierva, quedó de ella cautivo y prisionero, y ella lo hizo suyo, hasta tenerlo por hijo y dárnoslo como hermano. Por eso María dice: «porque él miró con bondad la pequeñez de tu servidora» y «el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas».

El humilde alcanza todo esto porque se entiende con Dios, lo conoce y sabe llevarle sujeto y rendido el corazón a su mandato y querer.

Muy lejos están de Dios los soberbios, porque no saben su trato y condición, no saben sufrir y llevar a Dios y siempre andan encontrados, pobres y menesterosos de lo que desean. Si Dios es todas las cosas y ellos, por su soberbia, no tienen a Dios, están pobres y carecen de todo bien.

 

JACULATORIA: Unidos a la Virgen digamos: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.” (Lucas 1, 38)

 

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.