miércoles, 9 de septiembre de 2026

10. LA HONRA Y EL CARGO, EL VERDADERO MIEDO DEL HUMILDE. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 10

LA HONRA Y EL CARGO, EL VERDADERO MIEDO DEL HUMILDE

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 10

LA HONRA Y EL CARGO, EL VERDADERO MIEDO DEL HUMILDE

Las honras y alabanzas no son premios para la humildad, ni la majestad y grandeza son el fuego que la vivifica, sino “el gusano que la roe, la polilla que la come, el gorgojo que la consume y el aire que la desbarata”. Por eso causa admiración el miedo, asombro y temor con que el verdadero humilde se emplea en oficios y mandos, pues sabe que en ellos hay “abrojos y espinas que punzan el alma”. Así sucedió con san Gregorio, que, elegido pontífice, derramaba lágrimas al verse cargado con un oficio tan grande. Y Dios mandó a Moisés, al darle el oficio de caudillo de su pueblo, que se descalzase para que pisase con mucho respeto.

El justo deja los oficios con facilidad porque tiene desapego para con ellos. Cumplido su servicio, los deja sin pena ni dolor. El pecador, en cambio, no los posee con “corazón desnudo y pies descalzos”, sino que los viste y calza de interés. Pone en ellos su alma y toda su vida, de manera que, cuando le quitan la honra o el oficio, parece que le arrancan la vida y el alma.

Así, los soberbios “se ofuscaron en sus razonamientos” y quedaron “vanos, desvanecidos y huecos”. Toda su vida, honra y salud se desaguan en sus pensamientos y pretensiones. Buscan nombre y fama y, para ello, han de estar “huecos como campanas, vacíos como trompetas”. El justo, por el contrario, aunque alcance o pierda los oficios, permanece libre y desocupado de cuidados ajenos, entero en su persona y sin sentir que ha perdido nada.

El buen nadador sabe compensar las olas, bracear el agua, subir y bajar a su tiempo y salir sin tragar una sola gota. El mal nadador se deja llevar por la corriente, traga agua y se expone a todos los peligros. Así son los oficios: muchos se dejan llevar por ellos y acaban “ahogados” en el alma, cuando podían haber pasado por un puente seguro.

El verdadero humilde, como discreto nadador, pasa por el oficio sin pretender cosa alguna: bracea el agua, desvía las olas y, al final, “sale libre y desnudo como entró en él”. San Cristóbal tomaba a la gente sobre sus hombros y la pasaba a lugar seguro. Así deben ser los buenos prelados: grandes no en el cuerpo, sino “en el espíritu, en la sabiduría, en la prudencia y en el consejo”, guiando a las almas y librándolas de los peligros de este mundo.

 

JACULATORIA: Tú ves las penas y los trabajos, tú miras y los tomas en tus manos. A ti se encomienda el pobre, tú socorres al huérfano..

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.