DÍA 15
EL HUMILDE, SIENDO NADA PARA SÍ,
LO VE TODO EN DIOS
TREINTENA
DE LA
HUMILDAD
Adaptación del Tratado
de la Humildad
de san Juan Bautista
de la Concepción,
reformador de la Orden de la Santísima
Trinidad
DÍA 15
EL HUMILDE, SIENDO NADA PARA SÍ,
LO VE TODO EN DIOS
San
Francisco, diciendo que Dios es suyo, afirma también que el humilde es quien se
asemeja a Dios. Si Dios es todas las cosas y Dios es del humilde, el humilde es
todas las cosas en Dios, siendo para sí nada.
¡Oh,
sabiduría inmensa la del humilde, que no ve de cerca y ve de lejos tanto que en
Dios ve y mira todas las cosas!
Dios
enseña a Job su grandeza y poder, mostrándole que solo él puede dominar al
Leviatán y someter las fuerzas que ningún hombre, príncipe, monarca, ángel o
serafín podría dominar. También el profeta Ezequiel habla del faraón y del
cocodrilo que dice: «Mío es el Nilo, yo soy quien lo ha hecho». Estas palabras
pueden aplicarse al demonio, por sus razones arrogantes y soberbias: «Yo me
hice a mí mismo».
Pero
Dios frena su locura y demuestra que solo él tiene verdadero poder. Cristo lo
hizo cuando, levantado en la cruz y estando más humillado, venció al príncipe
de este mundo: «Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este
mundo va a ser echado fuera».
San
Francisco, en su humildad, aprendió esta verdad: «Dios mío y todas las cosas».
Si Dios todo lo puede, el humilde, siendo Dios suyo, puede participar de ese
poder según la virtud que Dios le comunica. Por eso san Francisco podía vencer
al demonio y librar las almas de sus engaños. Los soberbios y poderosos quedan
sujetos ante la fuerza que Dios comunica al humilde.
San
Francisco, sin escuelas ni universidades, aprendió lo que los doctores explican
con muchas palabras: que Dios todo lo contiene y abraza en sí mismo. Es como
una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna.
Dios es firme, estable, interminable e infinito; todo lo comprende y abraza, y
ninguna perfección creada deja de estar contenida en él.
Por
eso no hemos de decir simplemente: «Dios es esto» o «Dios no es aquello», sino
que Dios es tan grande que todo lo es por eminencia, como causa universal y
principio de todo.
Así,
el verdadero humilde, que no tiene ojos para mirar en sí algo que le haga
grande, lo ve todo en Dios. No mira su propia grandeza, sino la grandeza de
Dios. Tiene los ojos como el lince y tan larga vista que nada se le escapa de
aquello que Dios quiere comunicarle según su capacidad y su gracia.
Ve
y conoce la infinita misericordia, el poder y la justicia de Dios. Ve cómo
todas las cosas, grandes y pequeñas, tienen a Su Majestad por principio y fin.
Hasta la criatura más pequeña tiene en Dios su origen y su término.
El
humilde, por tanto, es corto de vista para sí mismo y de larga vista para Dios.
Cuanto menos encuentra en sí, más descubre en Dios; cuanto más se considera
nada, más conoce la grandeza de aquel que lo es todo.
Y
así se entiende la grandeza de aquella breve sentencia de san Francisco: «¡Dios
mío y todas las cosas!»
En
ella se encierra la sabiduría del humilde: él no se ve a sí mismo, pero ve a
Dios; no encuentra grandeza en sí, pero encuentra en Dios todas las cosas.
JACULATORIA: ¡Dios mío y
todas las cosas!
LETANÍAS DE LA
HUMILDAD
Venerable
Cardenal Merry del Val
Jesús
manso y humilde de corazón, óyeme.
Del
deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.
Del
deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser humillado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.
Del
temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.
Que
otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de
desearlo.
Que
otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la
gracia de desearlo.
Que
otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.
Que
los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.
Jesús, dame la gracia de desearlo.
Oración:
Oh
Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para
ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la
gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como
corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta
gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.
***
Sagrado
Corazón de Jesús, en Vos confío.
Inmaculado
Corazón de María, sed la salvación mía.
Glorioso
Patriarca san José, ruega por nosotros.
Santos
Ángeles custodios, rogad por nosotros.
San
Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.
Todos
los santos de Dios, rogad por nosotros.
Ave
María Purísima, sin pecado concebida.