lunes, 14 de septiembre de 2026

DÍA 15. EL HUMILDE, SIENDO NADA PARA SÍ, LO VE TODO EN DIOS. TREINTENA DE LA HUMILDAD

 


DÍA 15

EL HUMILDE, SIENDO NADA PARA SÍ,

LO VE TODO EN DIOS

 

TREINTENA
DE LA

HUMILDAD

Adaptación del Tratado de la Humildad

de san Juan Bautista de la Concepción,

 reformador de la Orden de la Santísima Trinidad

 

DÍA 15

EL HUMILDE, SIENDO NADA PARA SÍ,

LO VE TODO EN DIOS

San Francisco, diciendo que Dios es suyo, afirma también que el humilde es quien se asemeja a Dios. Si Dios es todas las cosas y Dios es del humilde, el humilde es todas las cosas en Dios, siendo para sí nada.

¡Oh, sabiduría inmensa la del humilde, que no ve de cerca y ve de lejos tanto que en Dios ve y mira todas las cosas!

Dios enseña a Job su grandeza y poder, mostrándole que solo él puede dominar al Leviatán y someter las fuerzas que ningún hombre, príncipe, monarca, ángel o serafín podría dominar. También el profeta Ezequiel habla del faraón y del cocodrilo que dice: «Mío es el Nilo, yo soy quien lo ha hecho». Estas palabras pueden aplicarse al demonio, por sus razones arrogantes y soberbias: «Yo me hice a mí mismo».

Pero Dios frena su locura y demuestra que solo él tiene verdadero poder. Cristo lo hizo cuando, levantado en la cruz y estando más humillado, venció al príncipe de este mundo: «Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera».

San Francisco, en su humildad, aprendió esta verdad: «Dios mío y todas las cosas». Si Dios todo lo puede, el humilde, siendo Dios suyo, puede participar de ese poder según la virtud que Dios le comunica. Por eso san Francisco podía vencer al demonio y librar las almas de sus engaños. Los soberbios y poderosos quedan sujetos ante la fuerza que Dios comunica al humilde.

San Francisco, sin escuelas ni universidades, aprendió lo que los doctores explican con muchas palabras: que Dios todo lo contiene y abraza en sí mismo. Es como una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. Dios es firme, estable, interminable e infinito; todo lo comprende y abraza, y ninguna perfección creada deja de estar contenida en él.

Por eso no hemos de decir simplemente: «Dios es esto» o «Dios no es aquello», sino que Dios es tan grande que todo lo es por eminencia, como causa universal y principio de todo.

Así, el verdadero humilde, que no tiene ojos para mirar en sí algo que le haga grande, lo ve todo en Dios. No mira su propia grandeza, sino la grandeza de Dios. Tiene los ojos como el lince y tan larga vista que nada se le escapa de aquello que Dios quiere comunicarle según su capacidad y su gracia.

Ve y conoce la infinita misericordia, el poder y la justicia de Dios. Ve cómo todas las cosas, grandes y pequeñas, tienen a Su Majestad por principio y fin. Hasta la criatura más pequeña tiene en Dios su origen y su término.

El humilde, por tanto, es corto de vista para sí mismo y de larga vista para Dios. Cuanto menos encuentra en sí, más descubre en Dios; cuanto más se considera nada, más conoce la grandeza de aquel que lo es todo.

Y así se entiende la grandeza de aquella breve sentencia de san Francisco: «¡Dios mío y todas las cosas!»

En ella se encierra la sabiduría del humilde: él no se ve a sí mismo, pero ve a Dios; no encuentra grandeza en sí, pero encuentra en Dios todas las cosas.

 

JACULATORIA: ¡Dios mío y todas las cosas!

 

LETANÍAS DE LA HUMILDAD

Venerable Cardenal Merry del Val

 

Jesús manso y humilde de corazón, óyeme.

 

Del deseo de ser lisonjeado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser alabado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser honrado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser preferido a otros, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser consultado, líbrame, Jesús.

Del deseo de ser aceptado, líbrame, Jesús.

 

Del temor de ser humillado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser despreciado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser reprendido, líbrame, Jesús.

Del temor de ser calumniado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser olvidado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser puesto en ridículo, líbrame, Jesús.

Del temor de ser injuriado, líbrame, Jesús.

Del temor de ser juzgado con malicia, líbrame, Jesús.

 

Que otros sean más estimados que yo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean alabados y de mí no se haga caso. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que otros sean preferidos a mí en todo. Jesús, dame la gracia de desearlo.

Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda. Jesús, dame la gracia de desearlo.

 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Amén.

***

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

Inmaculado Corazón de María, sed la salvación mía.

Glorioso Patriarca san José, ruega por nosotros.

Santos Ángeles custodios, rogad por nosotros.

San Juan Bautista de la Concepción, ruega por nosotros.

Todos los santos de Dios, rogad por nosotros.

Ave María Purísima, sin pecado concebida.