viernes, 8 de julio de 2022

8 de julio. Santa Isabel de Portugal, reina, viuda

 


8 de julio. Santa Isabel de Portugal, reina, viuda

Isabel, de la familia real de Aragón, nació en el año 1271. Presagiando su futura santidad, sus padres prescindieron, contra la costumbre, de imponerle en el bautismo los nombres de la madre y de la abuela, para darle el de su tía abuela, Santa Isabel, duquesa de Turingia. Nada más nacer, se vio que sería la dichosa pacificadora de reinos y reyes, pues la alegría causada reconcilió a su padre y a su abuelo, a la sazón enemistados. Admirado su padre ante las disposiciones que revelaba al crecer, decía que su hija aventajaba en la virtud a todas las mujeres juntas de la casa real. Despreciando la ostentación en el vestir, renunciando a los placeres, frecuentando ayunos, y con continuas oraciones y obras de caridad, llevaba una vida santa, que el rey, lleno de veneración, solía atribuir a los méritos de su hija el éxito de sus negocios y de su reino. Extendida la reputación de Isabel, varios príncipes pidieron su mano. Sus padres la concedieron a Dionisio, rey de Portugal, y el matrimonio fue según los ritos de la santa Iglesia.

En la vida conyugal, puso tanta diligencia en cultivar sus virtudes como en educar a sus hijos, y si procuró agradar a su esposo, más procuró todavía agradar a Dios. Vivía la mitad del año con sólo pan y agua. Los médicos le prescribieron beber vino en una enfermedad, y negándose, se trocó el vino en agua. Una pobre mujer, a quien besó una úlcera horrible, sanó repentinamente. En una ocasión, en que quería ocultar al rey las monedas que iba a distribuir a los pobres, se cambiaron en rosas, en pleno invierno. Dio la vista a una joven, ciega de nacimiento; curó, con la señal de la cruz a muchos afectados de graves enfermedades, e hizo muchos milagros. Mandó construir, y dotó con gran munificencia, multitud de monasterios, hospitales e iglesias. Desplegó gran celo para aplacar las discordias de los reyes, y fue incansable en socorrer las miserias públicas y privadas de la humanidad.

La que había sido modelo de doncellas, y luego de esposas, lo fue también de las viudas en la soledad a la muerte del rey Dionisio. Vistiendo de inmediato el hábito de Santa Clara, asistió a los funerales del rey, y se dirigió luego a Compostela, para ofrecer, en sufragio del alma de su esposo, numerosos presentes: telas de seda, plata, oro y piedras preciosas. A su regreso, destinó a santos y piadosos empleos todo cuanto más caro y precioso le quedaba; así, terminó el monasterio regio de Coimbra, que había fundado para vírgenes. Todas sus ocupaciones consistían en alimentar a los pobres, proteger a las viudas, defender a los huérfanos y aliviar a los desgraciados; no vivía para sí, sino para Dios y para el bien de su prójimo. Con el fin de reconciliar a dos reyes, su hijo y su yerno, se trasladó a Estrenoz, plaza muy famosa; allí enfermó a consecuencia de las fatigas del viaje; y habiendo recibido la visita de la Virgen Madre de Dios, murió santamente, el 4 de julio de 1336. Después de su muerte, púsose de manifiesto la santidad de Isabel por los muchos milagros, y por el suave perfume que desprendía su cuerpo, que se mantuvo incorrupto por espacio de cerca de tres siglos; y su fama se fue perpetuando, en alas del sobrenombre: “La reina santa”, con que se la conocía. Por último, en el año de gracia 1625, año jubilar, con aplauso de todo el orbe cristiano, y en medio de un inmenso concurso de fieles, el Papa Urbano VIII la inscribió en el número de los Santos.

 

Oremos.

Clementísimo Dios, que entre otras egregias cualidades, adornaste a la bienaventurada reina Isabel con el don de aplacar el furor bélico, concédenos por su intercesión que después de la paz, que humildemente te pedimos para esta vida, consigamos los goces eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. R. Amén.