jueves, 26 de febrero de 2026

DE LO QUE SUCEDIÓ A CRISTO CON SAN PEDRO EN EL LAVATORIO DE LOS PIES.

 


Viernes de la I semana de Cuaresma.

DE LO QUE SUCEDIÓ A CRISTO CON SAN PEDRO EN EL LAVATORIO DE LOS PIES.

 

MEDITACIONES

SOBRE

LA PASIÓN

por el P. Alonso de Andrade,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

 

 

Al comenzar

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

"Mírame, oh, bueno y dulcísimo Jesús:

en tu presencia me postro de rodillas,

y con el mayor fervor de mi alma te pido y suplico que imprimas en mi corazón, dulcísimo Jesús,

vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad,

verdadero dolor de mis pecados

y propósito firmísimo de enmendarme;

mientras con gran afecto y dolor

considero y contemplo en mi alma tus cinco llagas,

teniendo ante mis ojos aquello

que ya el profeta David ponía en tus labios

acerca de ti:

'Me taladran las manos y los pies,

puedo contar todos mis huesos' (Sal 21, 17-18)".

 

Esta oración tiene indulgencia parcial siempre que se rece después de la comunión ante una imagen de Cristo Crucificado. En los mismos términos, los viernes de cuaresma, se puede lucrar indulgencia plenaria con las condiciones habituales de confesión, comunión y oración por el Papa.

 

Viernes de la I semana de Cuaresma.

DE LO QUE SUCEDIÓ A CRISTO CON SAN PEDRO EN EL LAVATORIO DE LOS PIES.

 

PUNTO PRIMERO. Llegó Cristo a lavar los pies a Pedro, el cual admirado dijo: Señor, ¿vos a mí me laváis los pies? No lo permitiré eternamente. Pondera todas estas palabras nacidas de la viva fé y conocimiento que tenía san Pedro de la persona del Salvador: Domine, Señor, que lo sois del cielo y de la tierra, a quien rinden vasallaje ángeles y hombres, y obedecen todas las criaturas: , vos, que sois Hijo de Dios vivo, Verbo del Padre, tan noble, tan sabio, tan poderoso y en todo igual a él: mihi, a mí, que soy un vil gusano, un muladar y una sentina de vicios: lavas, oficio tan bajo y tan humilde, que cuando os dignáredes de mirarme, fuera grandísima merced, cuanto más lavarme lleno de tantas manchas del cieno de tantos pecados: pedes, los pies, que es la parte más baja y más vil del cuerpo, arrodillado a mis plantas, poniéndolas en vuestras manos, tocando y limpiando la asquerosidad de mi inmundicia: no lo permitiré eternamente en cuanto a mí tocare. Toma estas palabras de san Pedro, y considerando las mercedes que Dios nos hace cada día, dilas al Señor, rastreando por ellas quién es él y quién eres tú, y cuán indigno de recibirlas; y humíllate hasta los abismos en su presencia.

PUNTO II. Considera lo que dijo el Salvador a san Pedro: si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Lo cual se entiende del agua de la gracia, con que lava las almas por medio de los santos sacramentos del bautismo y penitencia. Aprende a no resistirte con Cristo, ni con los prelados y maestros que están en su lugar, negando con resolución lo que ordenan, sino a obedecerles, respondiendo con humildad y obediencia y con todo rendimiento, como le debes tener en todas las cosas a Dios, porque no pierdas su gracia, y juntamente aprende a lavar las manchas de tu alma con la penitencia y contrición para tener parte con Dios.

PUNTO III. Considera las palabras que respondió san Pedro al Salvador. Señor, si eso es, no solo los pies sino de pies a cabeza me lavad; en que mostró cuán arraigado estaba en el amor de Cristo, y cuánto deseaba estar siempre a su lado, y vivir y morir con él, pues le ofrece no solamente los pies, sino las manos y la cabeza también. ¡Oh si supieses, alma mía, ofrecer a Dios los pies, las manos y la cabeza, para que te purifique toda, esto es, los deseos, las obras y los pensamientos, el entendimiento, la voluntad y las manos, que son las acciones exteriores! Vuélvete a Dios, y pídele que te purifique con el agua de la gracia la cabeza, para que tus pensamientos sean siempre santos y tu intención recta, buscando y pretendiendo en todo y por todo su mayor gloria y servicio; tu voluntad, para que no ames ni quieras más que a él; y las manos, para que todas tus obras sean santas y de su servicio sin mancha de imperfección.

PUNTO IV. Considera las palabras que replicó Cristo a san Pedro: el que está lavado no necesita sino de lavarse los pies, y vosotros estáis lavados, aunque no todos. Lo cual dijo por Judas, que le había de entregar. Pondera muy despacio cuán eficaz era aquel lavatorio para purificar a cualquier alma de pecados por graves que fuesen, pues le daba el mismo Cristo por sus manos, y con todo eso se quedaba alguno con las manchas con que entró en él. ¡Oh lamentable dureza! ¡Oh cuántos reciben el lavatorio de la penitencia, y se quedan en pecado por su malicia! Mira no seas tú de ellos, y tan infeliz que entre muchos limpios te quedes manchado. Rumia aquella sentencia: el que está lavado, esto es por el bautismo, como enseña san Agustín, no necesita sino de lavarse los pies, que son los afectos, la voluntad y el polvo de las imperfecciones, que como dice san Bernardo, se pegan de la tierra a los pies que andan por ella, y estas imperfecciones y pecados veniales es importante también purificar para tener parte con Cristo en el cielo, a donde no se admite mota de imperfección. ¡Oh Señor, y quién será digno de tener parte con vos, si vos mismo no le laváis y purificáis! Lavadme, Señor, de todos mis pecados y de cualquiera pinta de imperfección, para que sea digno de tener parte con vos.

 

 

Al finalizar

 

INVOCACIONES A JESÚS EN SU PASIÓN

San Buenaventura

 

Dulcísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, Dios y Hombre verdadero, Redentor de mi alma: por el amor con que sufriste ser vendido de Judas, preso y atado por mi salvación: ¡Ten misericordia de mí!

Benignísimo Jesús mío: por el amor con que padeciste por mi alma tantos desprecios, irrisiones, negaciones y tormentos en la casa de Caifás: ¡Ten misericordia de mí!

Pacientísimo Jesús mío: por el amor con que por mi padeciste tantos falsos testimonios, afrentas injurias y acusaciones falsas en la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Mansísimo Jesús de mi alma: por los desprecios, escarnios y burlas de la casa de Herodes; por los azotes, corona de espinas y mofas sangrientas y condenación a muerte de la casa de Pilatos: ¡Ten misericordia de mí!

Piadosísimo Jesús de mi alma: por todo lo que por mí padeciste en tu adorable Pasión, desde la casa de Pilatos hasta el monte Calvario, donde toleraste por mi amor el ser crucificado para que yo me salvase: ¡Ten misericordia de mí, ten misericordia de mí, ten misericordia de mí! Amén.

 

También puede terminarse recitando el viacrucis.